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La Coctelera

ultrajant

6 Noviembre 2009

Performance

Soy el que os entretiene hasta que tome el escenario el gran protagonista de este espectáculo. Soy un telonero, dijéramos que un fracasado al que no saben si colocar al principio o al final.
Les he dicho que soy artista de principios, que si tengo que esperar al final, me tomo un cuarto de kilo de somníferos y se quedan sin artista underground.
El apoderado se ha dado cuenta de que mis vidriosas escleróticas prometen tanta locura, que tal vez sea bueno que salga yo el primero; el artista titular se está retrasando demasiado.
El titular es un cantante famoso, no sé quien coño es.
Respetado público:
Yo sé humillarme, id con cuidado. De la misma forma que me ofende vuestra vida, puedo ofenderos con la mía. Unos se aficionan a la música, otros al fútbol y yo os detesto de la forma más natural. He nacido para odiar todo aquello que me es impuesto. Y vosotros sois una imposición. Yo mismo soy una imposición.
A veces me odio.
Me odio sin reservas.
Yo sólo os quiero provocar. Aunque sea asco.
Una reverencia doblando la riñonada y la espalda bien recta, los brazos grácilmente extendidos y por el esfuerzo se me escapa una sonora ventosidad.
No os riais aún, queda mucho por lo que reírse de mí.
Danzaré con mallas ajustadas, con mis grasas contenidas por una sutil tela que dejará a la vista más miserias de las que desearíais ver.
Fuera el pantalón.
¿Es esto una performance? La obra es mi cuerpo, es una de las condiciones. Sí, siempre es bueno dar nombres exóticos a la miseria y la auto-mutilación.
¿Os dais cuenta de cómo me tengo que denigrar para que se os tuerza el gesto al mirarme? ¿A que es difícil apartar la mirada de una carne pálida envuelta en medias negras?
Y este vello que surge entre el tejido... Yo no me depilo, no busco un efecto estético.
Estoy sólo ante la masa, no necesito ni quiero estar guapo. Uno a uno, charlaría a gusto con vosotros; pero así en tropel, prefiero impactaros. Con una bala en el cerebro.
Si creéis que es gracioso, seguid riendo. Hoy día se ríe por todo y siempre ayuda a promocionarse en el mundo laboral.
Podría sonar música; pero os distraería de mi autodestrucción. Y me interesa que en esta performance, podáis sentir el ruido de mis enfisematosos pulmones al danzar con cierta energía descontrolada.
Estoy rabioso.
Furioso.
No tengo una sola razón para intentar ser un poco agradable.
Nadie muere en el momento adecuado.
Aunque pienso que es más importante nacer en un buen tiempo. Y en un buen lugar. A ser posible.
Si he de pagar un suplemento, lo pago; pero sáquenme de aquí, por lo que más quieran, sé que me voy a hacer daño.
Os reís; pero noto el nerviosismo, queréis disfrazar de risa algo que se precipita firme y peligrosamente hacia la debacle psíquica. Lo físico llegará. Lo tengo pensado, porque no se puede ensayar, sólo hay una vida.
¿Sabéis que la cabeza del verdadero telonero la tengo hay detrás, tras el telón? Si no lo hubiera decapitado, ahora os haría reír de verdad. Un orador chistoso de la banalidad; están de moda: miran sus calzoncillos sucios y hablan de la raya marrón hasta que las ovejas bostezan evidentemente aburridas. Monólogos...
Monos locos, sábanas ensangrentadas, una rosa decapitada.
No os riais, va en serio. La sangre fuera del cuerpo apesta enseguida, un voluntario que suba y notará que hay un ligero aroma a matadero municipal en el ambiente del escenario. La sangre también sabe a hierro oxidado. Siempre hay una importante fuga de sangre cuando la carótida se corta. Debería haber usado mascarilla, no consigo sacarme de la boca ese pegajoso sabor. Cuando entren en su camerino, se van a preguntar dónde cojones debe estar la cabeza.
No puede hacer daño destruirse uno mismo, es en definitiva una auto-crítica. Y si hiciera un poco de daño, no tendría importancia en comparación a lo que me irrita el culo la costura de la media. Mi bella es mucho más delgada que yo. No soy delgado, soy gordo, una vaca vestida de bailarina.
Puede ser gracioso; pero a mí no me lo parece. Estoy aquí por el puto dinero nuestro de cada día. Me pagan poco o nada por trabajar; y asaz a los que no trabajan; así que un servidor se frustra y decide que para ser apaleado, me azoto yo mismo que lo hago mejor y con más garantías sanitarias.
Con dos cojones.
Si se entera mi bella de que he cogido sus pantis...
Le diré que los he necesitado para atracar un banco.
¡Muuuuuu!
¿A que no es tan cómico el ridículo cuando roza la enfermedad mental? Cuando algo no puede tener un final feliz.
Tranquilos no voy a cagar en el escenario ni me voy a beber mis orines. Ese número ya lo he hecho demasiadas veces.
¿Os gustan mis rápidas fouettes? La brutalidad de una patada contra el suelo, el dolor de unas articulaciones no entrenadas. Grasa agitada, un cuerpo amorfo.
El giro veloz sobre la uña rota de mi dedo me centrifuga las mantecas.
¿A que sentís vergüenza ajena?
Los artistas somos extraños.
Os cogeríamos por los intestinos tras rajaros el vientre y os arrastraríamos al infierno: los bastidores de vuestra vida mal decorada. Oropel de oropel. Todo más falso que el dinero del Monopoly.
Salto con una pierna hacia adelante y la otra atrás luciendo una evidente y hermosa erección. No estoy excitado, no me excitáis nada.
Ocurre que mi pene es un ser con voluntad propia y no siempre me cuenta lo que piensa. Ni me avisa de lo que va a hacer. Hoy me ayuda a denigrarme. Siempre está para lo bueno y lo malo. Lo bueno es follar a mi bella. Lo malo, el resto.
Posición arabesque, en la que mi tripa cervecera, pálida y velluda, se come el elástico de las medias. Y luzco majestuoso como vuestro padre de pie en la playa, cuando una vez ha clavado la sombrilla en la arena, se siente orgulloso y mira con gallardía al horizonte antes de beberse la quinta cerveza de la mañana.
Bebed antes de volver a casa, puede que a la vuelta, os convirtáis en la parte orgánica del metal de vuestro carro. Estas cosas pasan. Mejor estar ebrio cuando la muerte se sube en nuestros hombros; hasta los médicos lo dicen: no hay porque pasar dolor. Los padres que beben cerveza en abundancia, suelen criar hijos con exoesqueletos metálicos y espuma de tapicería.
No os riais, es hereditario. Vosotros miraréis al horizonte, si no lo confundís con ese manto de mierda y medusas que el mar nos regala.
Posición attitude, aquí un brazo mira al cielo y el otro atrás, hacia donde mira mi culo. Es la posición homosexual de Supermán antes de emprender el vuelo, salvo por la pierna estirada lateralmente. Yo sólo hago performance, no salvo a ningún necesitado de mierda. Yo soy un necesitado y precisamente me estoy destruyendo.
¿Por qué iba a querer ser un héroe?
Y ahora un salto.
Gracias por los aplausos y las risas, hijos de puta.
Sé que al principio os hará gracia el crujido que habéis escuchado; pero no es una madera rota debido a mi exagerado peso. Es mi tobillo, ha crujido como una ramita y el dolor me sube por un nervio oculto en el interior del muslo o cuádriceps y me atenaza los cojones.
En definitiva, me he meado de puro dolor. ¿A que ya no tiene tanta gracia ver el huesecito ensangrentado que asoma por la media? Parece una especie de excrecencia, una deformidad. Un feto pegado a mí. Mi gemelo olvidado.
Gracias por los reticentes aplausos. Si estuviera entre vosotros haría lo mismo: cerrar el puño con fuerza y pensar que el truco está bien hecho.
Los pantis van a quedar hechos unos zorros. Como yo.
Demostrar valentía requiere mucha voluntad. Los deportes de riesgo no demuestran valor porque hay esperanza de que acaben bien.
Aquí, bailando en el escenario, frente a vosotros, querido público que espera la actuación del artista principal; no habrá final feliz. Por ello seguís mirando, venciendo la vergüenza de mi propia humillación. Evidentemente aliviados de no ser yo.
¡Hop! Salto. ¡Hop! Salto y tijera, y la media rasgada en la puntera derecha.
Debería haberme cortado las uñas.
Y las arterias.
Plié. Y con esta bajada de culo con los pies planos en el suelo, se ha descosido el panti por la costura y siento aire fresco en las nalgas.
Esto sí que es gracioso... Ya veo, ya. Pues apurad, porque puede que sea la última vez que os podáis reír durante los próximos cinco minutos.
Mi bella va a pensar que en lugar de robar un banco, he utilizado los pantis para envolver las heridas de un cerdo. ¿Y por qué iba a curar nadie las heridas de un cerdo, si lo que queremos es comerlo?
¡Hop! Quedo clavado en una grácil attitude de nuevo.
Y tengo que morderme la lengua para evitar un grito desgarrador. El tobillo se ha partido un poquito más y me duele la cabeza.
Ahora una serie de treinta y dos giros llamados fouettés, que es el número de repeticiones ideal para ser considerado una buena bailarina. El vómito no estaba previsto, ahora se amalgama el olor de la bilis con la sangre que se seca formando costras blandas en el cuello de la cabeza cortada.
Y la orina.
Hasta para morir tenemos poca dignidad y soltamos nuestras miserias a los cinco minutos de haber muerto. Ni la mierda quiere a los muertos.
Y dicen las malas lenguas, que los ahorcados, hasta eyaculan.
Hay que ser retorcido... Cuando le cortaba la carne del cuello y se desangraba en el camerino, no ha eyaculado
¡Atchissss! ¿Qué gracia tiene que alguien estornude? ¿Los mocos que me cuelgan? A mí me daría asco o repugnancia. Aversión.
Sabed que soy portador de la peste porcina.
No os asustéis, afortunadamente estoy demasiado lejos de vosotros para contaminar a nadie.
Un trote para que mis tejidos adiposos luzcan en un mundo de fibrados y mimados cuerpos. A mí me da igual, mi vida sexual no requiere demasiados rituales y follo con mi bella habitualmente. Incluso ella me exige más. Me hace sentir su esclavo sexual. Ella sí que sabe hacerme sentir hombre y útil.
Un tropezón y a punto estoy de caer de bruces al suelo.
Necesitáis una vulgaridad como el tropezón para reíros hasta llorar. Porque la cosa no pinta bien. En los velatorios, la peña acaba contando chistes y ríe como nunca lo había hecho. He visto tanta mierda... Mejor aún, la he entendido.
Y eso quita interés a la vida.
Vaya... ¿Oís la sirena de la policía? Es el final del espectáculo, alguien ha debido entrar en el camerino, tal vez porque bajo la puerta de ese pequeño habitáculo, se extendía una marea de sangre. Cinco litros de sangre es una cantidad considerable como para pasar desapercibida. Pongamos que un litro ha sido absorbido por la ropa del cómico. Quedan cuatro litros para que quien entre en el camerino, resbale y se dé de morros con el cadáver sin cabeza.
Otra carrerita y doy pequeños y ridículos saltitos. Me elevo lo que puedo y ofrezco mi mandíbula al suelo. Pequeño impulso para dar la voltereta sobre el cuello y ¡Zas! La performance está llegando a su final. Miro al techo, sólo puedo mover los ojos. No sé si respiro. Y no me duele el tobillo.
Me he partido el cuello, ahora soy como una serpiente rota. Podríais reír, es gracioso. Sí, ya sé que las performance son difíciles de entender.
Veréis: quería morir dejando huella, como he sido tan mediocre viviendo, que mi muerte sea recordada por todos vosotros. Soy simple como una pelota.
¡Ah, la vanidad!
No lo olvidaréis jamás. Yo no olvido las cosas que más me han impactado.
La policía corre hacia el escenario.
Dicen que a alguien que se le ha roto el cuello, se le ha de mover con sumo cuidado para que el último nervio que lo mantiene con vida no se parta y se muera.
Espero que no me defrauden, porque entonces sí que me iba a reír yo.
Mar adentro... (qué película más deprimente, coño).
El humor negro siempre es un buen recurso para quitarle gravedad a la muerte.
-En pie, queda detenido -me dice uno de los dos policías con la mano preparada sobre la pistola.
La gente aplaude, parece que les gusta el final...
-Una mierda, he de acabar mi número.
Su compañero saca las esposas de su cinturón y ambos se acercan a mí.
El final...
Con los pies me hacen rodar de lado y apenas siento un clic cuando la médula se romp...


Iconoclasta

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1 Noviembre 2009

Todos somos Carne de Dios

De una forma sorprendente y con una injusta suerte para los buenos escritores, he tenido la fortuna de participar con treinta relatos en el libro: Todos somos Carne de Dios. No es por alarde, es por agradecimiento a mis compañeros escritores y a Adela V. Alcalá, que de alguna forma ilógica, creyó en mí.

Todos somos... Carne de Dios (Mensaje publicado por La Muerte, Adela V. Alcalá, querida escritora y amiga) http://lachimeneaenponiente.ning.com/forum/topics/todos-somoscarne-de-dios

Prólogo

Carne de Dios es el resultado del esfuerzo conjunto de una comunidad de escritores que defendemos la Literatura por instinto y bajo insomnio. Todos reunidos bajo la tutela de Teonanácatl, una página de Internet que promueve y apoya el talento novel. Cuatro talentosos escritores, que la misma comunidad literaria eligió para que presenten sus trabajos editados, forman el cuerpo de este libro, cobijados en fuerte abrazo de solapa por Ignacio Díaz del Monte, escritor español de reconocida trayectoria literaria.

El título del libro ya de por sí conlleva a tantas lecturas ¿Carne de Dios porque el ser humano es su alimento? ¿Carne de Dios porque el ser humano es parte de él (en caso de existir)? En fin, tantas y tantas lecturas como lectores tenga. Y no conforme con ello, se ha reunido en él, un cuadro de estilos muy versátiles: Poesía surrealista, Relato breve, Cuento corto y Poesía de vanguardia, si acaso se vale etiquetar estilos. En mi intento de describir personas, personajes y personalidades, dejo aquí algo de lo que encontrarás de adentrarte más allá de este prólogo.

Los relatos de Iconoclasta, el azotador de teclas, no son aptos para las sensibilidades simples, éstas deben huir lo más lejos posible de su tinta corrosiva. Nuestro cáustico escritor, trata inútilmente de atrapar incautos definiendo sus relatos de manera sencilla: “Abiertamente sexuales y Violentos” en tanto que, renglón a renglón, historia tras historia, va derribando las Puertas Caspianas que inútilmente construimos para separar nuestro bárbaro de nuestro civilizado. El título de sus relatos, es sólo una gota ácida que advierte de su contenido: 200 miligramos de Valium; Curso básico de llanto; 666; Alarido. Como presentación, dejo a Esquizo, un relato breve, que tome la batuta del concierto mayor que está por venir: ...inmersión en una alucinación esquizofrénica, pongo a prueba los nervios de vosotros pobres mortales, un poco de dolor mental no puede hacer daño, incluso ejercita la resistencia y la valentía.

Soy anárquica, dí¬scola, voluble/ perezosa, soñadora, insurrecta. No creo en dioses ni milagros. Sé que no hay caminos/ solo a mí me corresponde. A veces me miro con espanto... en este fragmento, una Adriana Ulloa tratando, más que definirse, aprehender sus pasiones para ordenarlas, alinearlas y encontrarles el sentido de su manifestación; “No sé, a quien le importe” el título de esta poesía, nos revela francamente su intención. La poesía de la Ulloa no viene a parlar “La Vie en Rose”, viene a graffitiarle, a escribir encima de ella, a tachonarle en femenino. Si tú lector, vienes buscando en sus letras, una plácida isla caribeña de libélulas y alcatraces, aquí no la encontrarás, pero a cambio, nuestra escritora te ofrece una selva de versos identificables y un mar profundo para reflejarte en él. Pasa a conocerla y te aseguro que no la olvidarás.

El lector ávido de sobresaltos cuánticos, encontrará su espacio en los cuentos cortos de Soma, un escritor nacido para la Gloria, según sus propias palabras, huérfanas de modestia. En los cuentos que aquí presenta, tanto las acciones como los personajes, son descritos como una sucesión de luces intermitentes -como esas advertencias de accidente de auto en carretera- entre breves periodos de oscuridad que no logran perdernos sino despertar nuestro instinto de orientación. Podemos identificarnos o no con sus personajes, pero ciertamente los hemos vivido. Soma urde sus tramas con elegante locura y con gran manejo del lenguaje; como amplio conocedor de grandes autores de la literatura, logrando hacernos sentir que, si bien no podemos anticipar dónde ni cómo terminará la trama, si nos lleva ágilmente a puerto... endeble. Toma tu Cabernet y pasa a leerlo bajo tu propio riesgo.

Texto, contexto y pretexto deberían textualizar la poesía surrealista de Dina. Pero no es una autora fácil de desentrañar. El que sea estudiante de medicina debería darnos luz sobre el papel que obra la medicina en su creación, pero no es así, acaso es un recurso de terminología, apenas: Yo soy la culpa/ la tráquea violada por ofidios/ el insomnio de los padres a la diestra. Los destruyo/ como la rama de los fetos/ pendulados en el lago,... (Con plexo de Culpa) Feromonimos; Polifagia; Lisis; Necrofilia, son algunos de los títulos que eligió para exorcizar los demonios de sus circunstancias, para enfrentar la Libertad y sus rivales y para respirar en el todo asfixiante. Sin un asomo de pérdida su lectura.

Rebeca Valenzuela Soto.

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31 Octubre 2009

666 Presentación

 

Marchando con el rostro serio, cansado y con ganas de fatigarme aún más. Mucha tensión acumulada. Las calaveras resecas crujen bajo mis botas y parece que se quejan: "Estamos muertos, no nos pises más". Y no les hago caso; deben padecer cefalea. Además, supongo que toda esa fragilidad se debe a que no han tomado suficiente calcio en los últimos 90 años.

Afortunadamente no hay un solo rayo de sol, pero sudo copiosamente.

Es esta ira.

Y mis párpados están escaldados provocando que fuerce una torva mirada que asusta al viento.

No me asusta la muerte ni los muertos; y en caso de que las cosas se pongan feas me sobra valor para lanzarme a la yugular de la muerte. Cuando me lo propongo, dios llora. Y satanás me da palmadas en la espalda.

Flora Thompson escribió en El vuelo de la alondra: "El toro viejo viene hacia mí, con la cabeza gacha, yo no retrocedí... Fue él quien se retiró". Si yo hubiera sido el toro le habría seccionado la femoral en milésimas de segundo.

Aunque si me diera la gana podría ejercer la misericordia y no mirar a los humanos como los insectos que son; esas vidas preocupadas y agobiadas por intentar morir rico; en muchos casos sin disfrutar lo ganado. En algunos casos los tarados nacen ricos y disfrutan su sarnosa vida como los emperadores romanos: sodomización tras sodomización.

Marcho con el rostro un poco más alegre; le he pisado la cabeza a una rata y ha crujido, os hubiera dado grima de haber oído ese sonido, aún arrastro un trozo de carne sanguinoliento en la bota. No importa, nunca he sido delicado.

La mano en descomposición sube metros hacia el cielo cuando la elevo de una patada y a media altura le vuelvo a acertar con el pie y me salpica algún líquido venenoso por el tiempo, infeccioso. Me limpio con la camiseta y sigo andando. Hoy no ha sido un día precioso, no me he cansado lo suficiente pero; me han molestado más que de costumbre, me molestan con su existencia. Debo castigar, me da igual quien pague...; no, no me da igual, busco con saña al que ha de pagar. Por eso estoy aquí, para no matarlo rápido, me desahogo en este cementerio de parias. Tengo unos prontos muy malos, desproporcionados.

Dios me lo dijo una vez: "ese odio tuyo hace daño al mundo entero". Satanás el muy pérfido, me toma por idiota y me dice: "Deberías ser más agresivo" y se aleja un poco de mí cuando me dice esto. Y Satanás soy yo...

Desgraciados.

Lanzo un grito atroz y supongo que alguna venilla de la laringe se ha reventado, porque sale sangre. Y me gusta ser  tan macho. Cojo una tibia (debe ser de un crío a juzgar por el tamaño) y doy golpes fuertes y letales a todas las cabezas peladas que veo. Hay una con pelo y me concentro en ella, le acierto en la sien y sale rodando; en plena carrera una bola se desprende siguiendo un curso errático: el único ojo que le quedaba. ¿Será posible que el ojo aún pueda ver como ente individual?

Lo cojo y a pesar de lo mal que huele, me lo acerco para observar a través de la niña pero; sólo hay muerte ahí, no hay viejas esperanzas ni sueños de liberación. Lo hago estallar entre mis dedos con rabia. Como si fueran los ojos de ellos, de él, de ellas. De los que me deben respeto y sumisión porque soy mejor que ellos.

Amor, sí destilo amor por todos los poros de mi cuerpo. El amor es un sentimiento que nace directamente en mis cojones. Me rasco con ganas el tatuaje este de los huevos "666", el puerco de mi padre me tatuó nada más nacer dice mi madre. Mi madre es otra puerca, la odio.
Me gustaría tener padres para poderlos odiar, a veces divago con románticas ideas.

Pero ahora me siento tan atado al mundo, me siento tan prisionero e infectado por los humores de tanta gente, que necesito desahogarme, liberar toda esta presión es opresivo. Me ahogo.

Un cerezo... En estos momentos me hubiera dado igual que hubiera sido un niño de teta, saco el hacha de mi cintura y lo destrozo con golpes inhumanos, el árbol llora y se parte, el árbol gime y sangra; es extraño. Pero esto mejora y me siento muchísimo mejor.

Se acaba este camino de muerte y salgo a una verde pradera y me siento bien. Aún llevo en la otra mano la tibia. El hacha se ha roto y la he dejado haciendo compañía al árbol caído que bien hubiera podido ser un querubín de los cojones con sus alas manchadas de sangre. Me da igual.

El anciano me saluda, como hacen los caminantes, yo le impacto con la tibia en la frente y muere mirándome con extrañeza.

Ha sido un mal día. Pero nos volveremos a ver.

Iconoclasta

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27 Octubre 2009

Pozos de los deseos

Habito en los pozos, en lo profundo de ellos, en los pozos de antiguos castillos, pozos de brocal de piedra vieja y negra y de mohosas paredes. En pozos centenarios que durante años dieron vida.  Pozos en oasis, tan profundos que nadie puede ver el reflejo del cielo en el agua.

Los que ahora son los Pozos de los Deseos, contaminados con miles de monedas.

Deseos frustrados y hechos picadillo. Cada moneda que lanzan, la masco y la escupo con asco.

No sirven para nada todas esas monedas y me preocupo de que no se cumplan los deseos. Soy el que hace justicia en el planeta, alguien que no se deja vencer por la hipocresía y la cobardía. Al que no le importa nada el desengaño del amante, la salud del enfermo, ni la fortuna de los humildes.

Vivo en los pozos más profundos y oscuros, donde enamorados, optimistas desesperados y desahuciados lanzan el sucio metal por el que viven y mueren.

Un gesto tan vano como sus esperanzas. Carece de utilidad alguna esa mísera generosidad, ese gesto idiota.

La miseria se liga con más miseria y se acuñan más monedas que iluminan ojos mediocres.

Por muchas monedas que lancen, por muy ilusionados, por muchas esperanzas que pongan seguirán igual de pobres y enfermos y los enamorados no confiarán entre ellos.

El hombre se acerca, de puntillas asoma con temor la cabeza rebasando el brocal del pozo para atisbar en su interior, busca agua. Siente el terror de una caída en la oscuridad y aún así, el deseo de lanzar una moneda que conjure la buena suerte. Son cosas habituales, que se hacen día a día como si de un rito se tratara.

Asoma un brazo, y acto seguido un destello metálico me hace parpadear, la moneda choca en su caída contra el muro del pozo para hundirse con un ridículo ruido en el agua infecta. He sentido el silbido del metal en el aire, un deseo.

La conciencia colectiva de la humanidad podría hacer realidad esos deseos si el número suficiente de humanos así lo desea. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la humanidad es una plaga que diezma los recursos del planeta, una plaga que se ha escapado a toda ley natural. Yo soy el que mantiene el equilibrio en los pozos de los deseos, el que evita que los deseos se hagan realidad por algo tan idiota como lanzar una moneda a MI POZO.

La única razón por la que se les llama pozo de los deseos, es porque yo lo digo y lo escribo y la gente se lo cree. La humanidad es mucho más simple de lo que se piensa.

Madre Naturaleza, no, ella es retorcida como los dedos de mis garras.

La mujer del pecho enfermo atisba de puntillas asomada al brocal del pozo, lo hace con temor, es tan profundo y tan negro que todo lo malo está aquí abajo. Lo bueno está arriba, mirando al cielo a mano derecha.

Ha tirado una moneda y ha deseado en silencio y con gravedad liberarse sana y salva de ese cáncer que poco a poco crece ahí, en su mama. Un gesto de candor, un sacrificio a la inocencia, a la ilusión y a la esperanza.

Pedir un deseo, no puede hacer daño, no puede hacer daño creer en la magia.

Y una mierda.

¿Por qué lanza la moneda a un sitio tan oscuro, allá donde el mal habita con toda probabilidad? No sabe que con ese pago vende su alma al diablo. Soy un lírico trágico.

El planeta no es un diablo y no quiere su alma, no importa en absoluto su alma ni las de un millón como ella. Es la mera justicia de la naturaleza. Lo único que importa es evitar que dos pulmones sigan respirando. Sólo nos interesa el cuerpo, sólo nos interesa que la plaga no se extienda más allá del camino sin retorno.

Nadie puede cumplir un deseo por una miserable moneda, sería injusto para con los demás seres del planeta que no tienen.

Con miseria se compra miseria y con sutura cierra los cuerpos abiertos un forense. Y la sutura sutura los párpados muertos de un cadáver que no se quieren cerrar.

El cielo mismo clama y suplica mi intervención, el cielo se siente sucio y asqueado de que la hipocresía lo use para respirar. No quiere llenar pulmones, tantos pulmones. Es agotador.

Y como una sombra subo veloz hacia ella que cree ver un movimiento irreal, y es tan espesa la oscuridad que los ojos se quedan prendidos de esa masa densa y llena de negro, la mujer oye su propia respiración resonar en cada piedra del muro. Y eso causa un efecto sedante en el deseoso, lo tenemos todo planeado.

He subido gritando como una bestia innombrable y se ha aturdido. Soy veloz, eficaz.

Madre Naturaleza ha de revisar mi salario. ¡Ja!

El humor negro, si es a costa de otros, siempre es inteligente.

Estoy muy cerca de ella, le acaricio su pecho enfermo y siento el tumor que lo pudre. Su respiración se agita y se lleva la mano donde yo la he puesto, sobre mi sombra, sobre parte de mi ser. Se palpa el bulto que ahora parece latir como un corazón más. Un negro corazón.

- Morirás y te meteré esa moneda que has tirado en la boca, para que sientas el sabor frío de un deseo no cumplido.

Se le escapa una furtiva lágrima al reconocer que es el final; aquí en las profundidades, también escucho música. Y cuando afirmo algo, quien escucha, no puede evitar sentir la verdad pesada como una lápida.

No hay nadie cerca, su hijo y su marido ojean a muchos metros de aquí los puestos de recuerdos turísticos, una horda de turistas multicolor se aproxima cruzando la pasarela del foso que rodea el castillo, pero nadie mira algo tan banal como a una mujer tirando una moneda al Pozo de los Deseos.

La discreción ante todo, cuando se puede mutilar se hace, cuando no, hay que recurrir a otros medios.

Soy mental, soy físico, soy químico, soy biológico. Están en mis manos todas las formas posibles para evitar que un deseo se cumpla.

Cuando me aparezco ante ella, cuando mi cabeza se hace visible y me reflejo en sus ojos con mi boca irregular que sonríe, mi lengua rasgada y mohosa que lame las manos apoyadas en el brocal y mis dientes que son monedas serradas clavadas con dolor y odio en las encías sangrantes; intenta gritar ante el horror, intenta escapar cogiéndose el pecho que abrasa por dentro. El tumor se ha extendido, las esporas malignas han llegado hasta su hombro aceleradas por un deseo de selección natural y siente la muerte galopar por su sistema linfático a la vez que mis dientes se cierran en sus labios desgarrándolos. Mis manos apresan su cabello para lanzarla como una moneda más a lo profundo.

Su grito me estremece...

Puede que sea buena persona, que haya sufrido, que su hijo se apene y bla, bla, bla, bla...

Está muerta desde el mismo instante en que la moneda lanzó un relámpago de luz a mis ojos sin párpados. La madre naturaleza no me dio párpados para que jamás pudiera cerrarlos.

Tras la vertiginosa caída, no ha muerto aún y rebusco entre el limo del fondo para sacar la moneda que ha tirado.

- ¿Esto es lo que vale un deseo? - mi propia voz me asusta, no suelo hablar en voz alta a menudo.

Y aunque en esta oscuridad no pueda ver, le muestro a sus ciegos ojos la moneda.

 - Es el precio de tu muerte.

Me la meto en la boca, la masco, la escupo en mi mano y me la meto en el culo. La naturaleza es obscena en su crueldad y yo soy sólo un pobre intento de esa obscenidad, hago lo que puedo y si he de sacrificar la elegancia no me importa.

Golpeo su cabeza contra el muro hasta que el cabello queda pegado a las piedras con trozos de hueso y piel. Y lamo la carne fresca y sangrienta, soy un sibarita.

Me meto los dedos en el ano y extraigo su moneda, la deposito en su boca. Y dejo que flote su cadáver, se está muy solo aquí y se agradece cualquier tipo de compañía.

Me hago limo cuando cabezas curiosas se asoman para gritar a la mujer que han visto caer.

Pasan los minutos debo esperar, ser cauto; ahora vendrán hombres para rescatar el cuerpo.

Las heces de su vientre flotan como corcho podrido en el agua.

Estoy harto y deseo decirlo al mundo entero, a todos los cretinos que lanzan sus monedas sucias y falsas con la esperanza idiota de tener suerte. Me pagan por su ruina y miseria sin darse cuenta.

Incinero vuestros deseos, soy yo el que impide que se cumplan deseos pretenciosamente pagados con una miserable moneda.

No es maldad, es higiene; simplemente cuido del planeta. Soy una terrorífica conciencia, una creación de la madre naturaleza. Es necesaria la muerte y la miseria, el desengaño y el miedo, el odio y la violencia, la envidia y el robo.

Hay demasiado cariño, amor, salud y dinero.

Soy lo que evita que ningún gesto idiota como lanzar una moneda al pozo, pueda hacer realidad un deseo y prolongar vidas innecesariamente. Todos tienen derecho a vivir y no puede un ser quitarle el aire y el espacio a otro con una mera superstición.

Alguien debe tener algo de cordura.

Soy un fango informe en el fondo de un pozo de agua cenagosa y podrida. Tan profunda que la pestilencia no llega al exterior. Se tatúa en las paredes.

Repto como un insecto para asomarme al mundo y deleitarme en llantos y zozobra. A veces es necesario aplastar la risa y la dicha.

En cada moneda conjurada por vosotros hay una huella de hipocresía, de una falsa inocencia forjada en el miedo a envejecer y empobrecerse.

La moneda es tan egoísta como los sentimientos que disfrazáis de generosidad. El egoísmo está muy lejos de parecer bondad.

No son tan bellos vuestros sentimientos, no son para nadie más que vosotros por mucho que lancéis las arras de la miseria cerrando los ojos como beatos que no piden nada para si.

Soy una sombra, soy un reptil, un anfibio, soy un virus y soy un asesino. Todo depende del deseo. Siento un asco infinito por el hombre rico que lanza una moneda para ser más rico. Y siento desprecio por el enfermo sin voluntad que se aferra a una sucia moneda para sanar. Y siento la estúpida sensiblería de los eternos enamorados.

Es una mala cosa esto de ser el guardián de los pozos de los deseos, tienes que escuchar constantemente lamentos y estúpidos e inmaduros deseos de prosperidad y salud. Alguno pide la muerte de alguien de vez en cuando, son los cobardes, los que se pudren entre la envidia y el odio y no son capaces de solucionar el problema, de erradicarlo. De matarlo, destrozarlo, desmembrarlo y comérselo.

Luego está el buenazo que sólo pide paz y armonía, pero miras sus ojos y todo es basura.

Los haces de las linternas horadan la oscuridad sin que llegue al fondo, la luz se queda a medio camino, el muro del pozo absorbe todo.

El bombero encargado de rescatar a la mujer, flota en un limbo oscuro...

- ¡Parad!, ya he llegado.- le dice a la radio.

Encuentra el cadáver y toca con la punta de los dedos la carótida.

 - Está muerta, te lo aseguro.- le susurro hecho sombra.

 Estoy íntimamente pegado a él. Cree que este susurro ha sido su respiración y aún así no puede evitar sentir el miedo. Y mira constantemente a un lado y a otro enfocando con la linterna.

El foco de luz se ha detenido en los restos de la cabeza que están pegados en la pared.

- La mujer está muerta.- comunica por radio.

Una camilla de rescate baja rozando las paredes, así colgada parece el esqueleto de una crisálida.

- Pide un deseo,.. tira una moneda y pide un deseo. ¡Ahora!- le susurro de nuevo.

Se gira con rapidez buscándome.

- Bajadla más deprisa, aquí hace frío.- miente por radio.

Tras unos largos minutos en los que colgado del arnés, asegura con dificultad el cadáver a la camilla, habla por la radio y pide que los suban.

- Tira una moneda.- he elevado tanto la voz y es tan gutural que los que jalan de las cuerdas, allá arriba, han preguntado por lo que su compañero ha dicho.

- Por el amor de Dios, tirad más deprisa.

- Una moneda...

No he podido vencer su miedo, a veces presiono demasiado; no he conseguido que tire una moneda. Es un bombero tacaño.

Se le escapa un gemido de terror cuando le atrapo la bota y tiro de él.

- Una moneda...

Los de arriba jalan con más fuerza de la cuerda y mis dedos resbalan por la superficie de la bota mojada.

Cuando el cadáver sale al exterior, el silencio se apodera del viejo castillo, los turistas observan a distancia el cadáver y al hombre que grita histérico. Al niño que no se mueve, pálido y demudado como su madre muerta.

--------------------------------------------------------

Jesús no puede dormir, da vueltas en la cama, el sueño de su compañera es un rítmico rugido que no le permite perder la conciencia. No ayuda esa respiración profunda a borrar de su mente el cadáver que ha sacado esta mañana del pozo. Pero lo que desea olvidar de verdad, es la sensación de terror y peligro que había en la oscuridad de aquel pozo, la terrorífica presión de unos dedos agarrando su pie por unos segundos. Si tuviera una cruz la besaría, la mantendría en su puño.

Y sus ojos buscan entre las sombras del mobiliario y de las paredes algo que se mueva.

Hay algo en la vertical sus ojos, del techo pende una bolsa oscura, un bulto; algo de tres dimensiones que palpita. Intenta elevar el brazo hacia eso, pero el miedo es tan profundo... No puede moverse.

Ella no sueña, no es ella la que ha soltado esa risita infantil.

Cuando siente que su corazón está a punto de estallar, da un giro brusco hacia la izquierda y enciende la luz de la mesita.

- ¿Qué pasa Jesús? - le pregunta ella sin haber despertado del todo.

Oír su voz ha sido un alivio, ha espantado al monstruo de su imaginación.

- Nada, sigue durmiendo.- le habla en voz baja mirando al techo blanco del que no cuelga nada.

Casi sonríe ante su infundado miedo y más tranquilo, apaga la luz.

En el último segundo, le ha parecido ver una sombra saliendo veloz de debajo de la cama para reptar por la pared como un inquieto y enorme insecto.

Piensa que está cansado, que la vista le ha jugado una mala pasada.

Y la risa otra vez.

Siente un deseo infantil de despertar a Sandra.

Recuesta la espalda de nuevo en el colchón y cuando mira al techo, el bulto está de nuevo ahí, pero no es un bulto. Está a escasos centímetros de su cara. Huele a podrido y siente el frío de una humedad pegajosa, su vejiga se afloja y la orina empapa las sábanas.

La escasa luz que se filtra por los resquicios de la ventana ilumina unas monedas rotas y clavadas en unas encías sangrantes. Una garra resbaladiza y fría le amordaza con rapidez la boca, las uñas se están hundiendo en sus mejillas, son cuchillas que violan la piel y la carne muy adentro, muy profundamente.

- Nadie cumple sus deseos en mi pozo. No puedes vivir. Deseaste salir de allí, lo deseaste con tanta fuerza que sentí náuseas. Y no me diste una moneda. No puedes vivir, Madre Naturaleza no quiere más ganadores. Ni morosos.

El monstruo del pozo volvió a reír como un niño travieso cuando apoyó su mano en el pecho de Jesús, encima del corazón; escarbó con las uñas la carne y le arrancó el corazón. Lo dejó al lado de la cabeza de Sandra.

Nadie pudo explicar qué clase de locura llevó a Sandra a cometer ese crimen. Ni ella misma lo recordaba. Tampoco hallaron razón alguna para que le metiera una moneda de 50 céntimos en la boca.

---------------------------------------------

Sandra pasea por el jardín del sanatorio mental, han pasado nueve años desde aquella noche y su sangre es un cóctel de psicotrópicos. El viejo pozo está abierto y por él desciende una manguera de un camión cisterna de limpieza.

Desea salir de allí, de ese hospital, desea sentirse bien. Una moneda brilla en el suelo la coge, sube el escalón y apoya la cintura en el brocal; cerrando los ojos lanza la moneda al interior.

Un grito desgarrador que nace de la profundidad sube veloz hacia ella, cuando piensa que sus oídos van a estallar, siente que le arrancan el cuero cabelludo de un tirón. Ya es todo oscuridad y su cuerpo rebota mil veces contra la pared del pozo en una caída interminable.

La risa...

Iconoclasta

Tags: terror, fantasia

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27 Octubre 2009

El follador invisible y el cambio horario

 

Estos días que ahora de repente se hacen más largos, con más luz; son una burla de los que ostentan el poder sobre los visibles.

Son días más penosos, días de una luz forzada, impuesta. Amarga como la hiel que brota del hígado de la niña muerta.

Me han contaminado el tiempo, yo que no estoy sujeto a nada ni a nadie, un funcionario mediocre ha conseguido colmatarme de ira.

Ha intentado adulterar mi ciclo vital, mis biorritmos.

Ahora pagarán.

Para los visibles, para gran parte de ellos no tiene importancia; pero para mí, es una violación flagrante de mi libertad. De mi vida.

De mi invisible vida.

Odio cuando esos seres retorcidos deciden adelantar o atrasar la hora del día, como si fueran brujos vividores en una aldea donde han de trabajar para ellos.

No tengo párpados, son tan invisibles como mi polla y cuanta más luz, más tormento. Tampoco es un gran tormento; pero para un ser superior como yo es humillante que un mierdoso representante de un gobierno me moleste. Estas cosas no debieran ocurrir.

No es por una enfermedad mental por la que busque descanso y relajación en tanatorios y morgues. Soy un hombre invisible con costumbres de vampiro.

Soy un hombre invisible al que no le gusta ni soporta que ningún ser inferior intente dominar su tiempo, y el tiempo es luz y movimiento.

No me gustan los cocainómanos con alucinaciones de divinidad.

Ahora estoy en la oscuridad de la casa grande y silenciosa del delegado del ministerio de industria y energía.

A él le suda la polla joder el tiempo y el día, ya que es su placer. Como ha sido mi placer violar a sus dos hijas en el piso inferior. La menor, la de catorce años, está muerta; no callaba ni debajo del agua. Su cabeza pende de un cuello roto y de su ano rasgado mana la sangre.

El primer día de atraso o adelanto horario siempre es especialmente duro para mí, ergo para los demás.

Yo sé que estos idiotas se sienten orgullosos de hacer ostentación de poder. Yo trasciendo cualquier poder para ser invulnerable, implacable, cruel, feroz y vengativo.

Cualquier puerta abierta, cualquier coche que entre o salga de una propiedad, me invita a pasar. En los lugares más seguros e inexpugnables, siempre hay quien entra y sale, sólo hay que pegarse a él.

Aún no entiendo como no hay el doble de muertos en esta ciudad.

Tiene su lógica, la muerte de los visibles no me atrae, busco su locura y dolor, son como juguetes que quiero romper.

La hija del delegado, se me ha roto de otra forma. Sin embargo, su hermana con dieciocho años, en cinco minutos ha vivido una experiencia que muchos no conseguirán tener aunque nazcan mil veces. No grita, llora silenciosamente sus pezones casi arrancados y sus manos en su sexo, intentan contener el dolor de una penetración seca y dolorosa ante el cadáver de su hermana pequeña.

-Soy un diablo que entrará en ti, y te partiré el cuello desde dentro, como a tu hermana -le he susurrado al oído con mi estudiada voz sobrenatural.

Y no hay nada como una voz incorpórea y tocar una carne que no se ve para conseguir la máxima cooperación de mi juguete.

Cuando he mordido sus pequeños pezones y ha manado la sangre, ha cerrado los puños con fuerza y se ha comido su dolor.

He lamido sus lágrimas y la he llamado puta. Ahora está a un paso de la locura y aún no ha acabado todo.

Si alguien me irrita los invisibles testículos, le arranco la piel a tiras después de haberlo sometido a tormento psicológico.

La pequeña no se ha avenido a razones y le he partido el cuello, he follado su cadáver por el culo y su hermana veía como su ano se dilataba y se formaba entre las nalgas un negro agujero que parecía tener movimiento. Cuando la decoración de las habitaciones lo permite, observo mis violaciones a tiempo real frente a un espejo, y he de confesar sin asomo alguno de sonrojo, que no hay experiencia más extraña y más excitante que ver los sexos abiertos y deformados por algo que no se ve, pero que está entrando y saliendo de ellos.

El que me tirara post-mortem a la hermanita, no es por necrofilia. Simplemente se trata de impresionar también al matrimonio que duerme arriba, que aprendan lo que es la violación de la libertad con actos sencillos de comprender como los de los programas infantiles.

Soy un buen psicólogo.

En definitiva, estoy haciendo lo mismo que el delegado y sus amigos; pero con más gracia, gusto y pasión.

Lo de la pasión es mentira, a veces me aburre tanto juguete y deseo un poco de paz. Vamos, que no me molesten haciendo el día más largo. Yo no curro, pero el movimiento de las ciudades sí que cambia y me tengo que adaptar cuando no tengo gana alguna de que cambie nada.

He encendido todas las luces de la casa y conectado el televisor al máximo volumen. La hija grita en la habitación y papá y mamá bajan precipitadamente por la escalera.

-¡Ivana, Maraya! ¿Qué está pasando aquí? ¿Sabéis que coño de hora es?

Son exactamente las cuatro de la madrugada.

El delegado es un cincuentón bajo y regordete, de piel sonrosada y cuidadas canas. Tan cuidadas que aún sigue bien peinado a pesar de haberse levantado de la cama ahora mismo. Y no creo que haya ido primero al lavabo a peinarse.

La mujer debe ser puta, porque es la única manera de entender que una tía buena, buenísima, viva con semejante mediocre por marido. Viste un camisón transparente y unas braguitas rosas sin costura, como una segunda piel que se empapará de sangre.

El idiota lleva un pijama abotonado de tergal azul cielo. El que muta y corrompe los días entra en la habitación con energía y cabreado. La mujer, aún confusa, apaga el televisor del salón.

-¡Ivana, Ivana! ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha pasado aquí? -grita el delegado evidentemente exasperado.

La mujer se dirige hacia la habitación con sus plenos pechos agitándose y sus redondeadas nalgas vibrando excitantemente; pero no llega, no la dejo llegar. La tumbo de un empujón y cae de espaldas en el enorme sofá de piel blanca.

Lanza un grito y de un puñetazo le parto los labios y hundo un diente.

-¡Helga, algo le ocurre a Ivana! -insiste el histérico padre, marido y delegado ejemplar.

-Está muerta, es normal que esté fría, y que empiece a adquirir cierta rigidez. Y que sangre por el culo -le explico pegando mis labios al oído de Helga. Confidencialmente.

No deja de ser sorprendente como se crea cierta complicidad entre el juguete y el amo. Es un juguete precioso. Me gustan más las tías maduras y bien formadas que las jovencitas. Las jovencitas sólo me sirven para atormentar y hacer sufrir a los padres. Es más trágico violar y torturar a una niña que a una adulta. Cuestión de psicología hipócrita. Como si los adultos sufrieran menos.

Gilipollas.

Sus ojos enormes y almendrados miran arriba y abajo, a izquierda y derecha desmesuradamente abiertos.

Le arranco el camisón y las bragas.

Grita, grita, grita...

El delegado sale de la habitación y no se da cuenta de que está mirando mi polla que se acerca obscenamente a la ensangrentada boca de su puta.

A veces pienso que soy excesivo con esta ira que cultivo.

No hay nada que me ponga más que una visible asustada y con la boca ensangrentada. Les da un aire de locura digno de Munch.

La hija, desde su habitación grita:

-¡Es un diablo, un espíritu!

Dadas las circunstancias, podría ser cierto, es comprensible.

Pero yo soy aquello que cualquier ser humano sería si fuera invisible.

El padre no presta atención a lo que berrea su retoña. Observa atónito la boca de su mujer, sus mejillas moviéndose y abultándose como si chupara un enorme caramelo. Yo porque estoy acostumbrado; pero es muy extraño ver una mamada a un pene invisible. Los ojos lloran, la mente enloquece y la víctima siente que va a morir asfixiada. El que mira, siente un escalofrío, no comprende lo que ocurre salvo que hay algo poderoso y malvado ahí. Masca el miedo de la víctima como suyo propio.

La sensación de peligro es uno de los instintos básicos del ser humano y yo la pongo de manifiesto como ningún otro ser en el planeta.

-¿Qué te ocurre, Helga? ¿Por qué haces eso?

Pero Helga está demasiado ocupada en no asfixiarse. Le he agarrado el pelo por la nuca para presionar su boca en mi pubis. Seguro que el señor delegado de industria y energía, piensa que es tan extraño ese pelo que flota tenso y rígido, como el tremendo horror que sus ojos reflejan.

- Tú atrasas y adelantas la hora, tú lo gestionas. Eres en parte responsable de joder los días, de joder el tiempo. O disfrutas con ello, o no entiendes la magnitud del acto. Seas inocente o no, hoy los minutos van ser lentos como años. Yo también puedo variar el tiempo e interferir en tu vida.

Los ojos del hombre buscan desorbitados el origen de la voz, que he modulado con mucha gravedad para dar algo más de misterio. Mira directamente mi cara sin saberlo.

-¿Quién eres? ¡Helga deja de hacer eso!

Yo creo que en el fondo sabe que le estamos poniendo los cuernos ante sus narices.

Por toda respuesta, tiro del pelo de la tía buena obligándola a ponerse en pie y le doy un un puñetazo en el abdomen lanzándola contra su marido.

La hija grita histérica.

-Nos matará como a Ivana. Nos matará -recita ausente, un salmo a la locura.

-¿Qué eres? -susurra mirando ahora hacia el jarrón del comedor, sujetando a su esposa entre los brazos.

-Soy un hombre invisible y vosotros mis juguetes. Por culpa del horario de verano, tengo ahora serios trastornos del sueño. Y ahora vosotros no dormiréis. Por decir lo mínimo.

-¿Qué dices? ¿Qué estupidez es esa? ¿Todo esto por el adelanto de hora, hijo de puta? Estás loco seas lo que seas. Es para disfrutar de más luz, para ahorrar más energía. Nada más. Nadie quiere joder al hombre invisible.

Ahora estoy a su espalda y el especial tono con que ha pronunciado "invisible", me ha ofendido un poco. No me gusta que los inferiores me hablen en ese tono, sólo acepto el del miedo.

Maraya está aún a la entrada del salón, sin atreverse a entrar. Le tapo la boca con la mano para evitar que grite; pero es imposible evitar los sollozos y gritos ahogados; el forcejeo por liberarse de mi mano que metiéndose bajo la camiseta del pijama, descubre y manosea sus tetas. Las tetas, cuando no están excitadas, son de una suavidad divina, los pezones blandos invitan a ser pellizcados, chupados hasta arrastrarlos por entre los dientes ávidos. Uno se recrea en ellos con el aliciente de que se endurezcan y cuando lo hacen, es hora de pasar al coño y follarla.

Apenas han pasado diez minutos; pero todos sudan como si llevaran dos horas corriendo. Einstein se acariciaría alelado su pene circunciso ante mi capacidad de relativizar el tiempo.

Yo lo que quiero es que el delegado sienta el dolor de la muerte de su hija de una vez por todas, se está obsesionando conmigo.

-Tu hija está muerta. Le he partido el cuello y la he sodomizado. Todo delante de estas maravillosas tetas que estoy sobando. Ivana no se estaba quieta como la buena de Maraya, si se revolviera entre mis brazos, le partiría el cuello también y la follaría en la mesita del sofá. ¿No te gustaría atrasar la hora y evitar lo que ha ocurrido? Aunque creo que lo más factible y lógico en estos momentos, sería adelantar la hora para que yo salga de aquí cuanto antes. Tienen suerte tus hijas de que se parezcan a tu puta y no a ti. ¿Sabes que Maraya odia morir? Sus pezones están deseosos de contraerse entre mis dedos. Ahora y dentro de unos años.

Viendo los pechos desnudos de su hija, sobados por el aire, deformados por una presión invisible, se derrumba.

-¿Cómo es posible? Ivana...

Llora y su esposa con él. Se dirige hacia nosotros, hacia mí y Maraya.

-Maraya, ven conmigo, acércate -le dice extendiendo la mano.

Cuando la chica intenta avanzar, la retengo contra mí y le giro el cuello hasta el punto máximo de torsión y todo el mundo comprende que han de estar quietos.

Cuando mis juguetes por fin asimilan lo que les está ocurriendo, se someten al miedo. Los primeros minutos siempre son para la sorpresa y la negación de lo imposible, aunque sea tan obvio como ahora. Al final, muerte y dolor es lo que se impone.

Mi rabo se ha endurecido entre las nalgas de Maraya y ahora lo meto por entre sus muslos, la tela del pijama está caliente y al poco tiempo, la noto mojada de mi propio fluido. Si en este momento le picara el coño y se rascara, se encontraría con mi pijo bajo las uñas. ¿No es esto maravillosamente obsceno y extraño?

Quien me conoce, quien sabe de mi existencia, acumula una experiencia que envidiarían muchos.

El cuerpo de Maraya se agita laso ante mis rítmicas arremetidas entre sus muslos. Estoy pensando en joderla, obligar que su padre la sujete mientras le chupo el coño y luego le meto el puño entero.

Helga se ha separado de su marido y viene hacia nosotros, con su boca ensangrentada está adorable. Es cierto que el diente hundido le resta belleza; pero también le da un aire de fragilidad excitante.

Me encantan los menages a trois; le lanzo a su hija a los brazos para que no me toque, odio que me rocen los visibles sino soy yo el que lo provoca.

Se abrazan lloriqueando.

-¿Sabéis familia? El tiempo se acaba y estoy confuso. No sé cuando amanecerá. Por otra parte me aburro inmensamente hablando. No es normal que hable tanto con mis juguetes.

Me acerco al delegado hasta que es capaz de notar mi aliento en su rostro.

Ya no me siento enfadado, no siento odio. Mi ánimo se ha templado. ¿Qué importa una hora más o menos cuando no estoy sujeto a norma alguna?

Tengo unos prontos malísimos.

Al delegado le he obligado a beberse una botella de bourbon, media hora quejándose, pidiendo que me vaya, que los deje tranquilos y bla, bla, bla...

La madre y la hija se han sentado desnudas en el sofá y mantienen las piernas separadas. Les he tenido que pegar unas cuantas veces para que hicieran lo que les ordenaba y ahora se mantienen así de abiertas y excitantes.

Como padre y marido no creo que sea muy querido, porque apenas han lanzado un tímido grito cuando le he obligado a tragarse su reloj de pulsera. Le he tenido que golpear varias veces en las costillas con la botella vacía, pero lo cierto es que ese reloj tan grande no pasa por ahí. Ahora la sangre mana abundante por sus labios.

Le obligo a tomar unos tragos de coñac. Se desploma como un pelele en el suelo, no sé si por coma etílico, dolor o miedo.

Es igual, me siento orgulloso.

Todo queda en silencio, sólo se escuchan las respiraciones agitadas de las mujeres que miran a su padre y marido. No gimen ya, sin embargo sus ojos están hermosos anegados de sangre.

Creo que es hora de irse, esto ya me aburre.

Al llegar al salón, el reloj de carillón da cuatro campanadas. Me acerco a su esfera y no puedo evitar tocar sus manecillas negras y girarlas al revés, hasta que marca las tres.

Doy media vuelta, y al entrar en el salón grito:

-Se ha atrasado la hora oficialmente, por tanto vamos a pasar otro rato más juntos hasta conocernos bien. Una hora más.

Las mujeres, han roto a llorar de nuevo, presentían que aquello llegaba a su fin. Es una crueldad engañar a los visibles y darles esperanzas; pero es algo que se hacen continuamente entre ellos. Son más fuertes de lo que parece.

Cojo las cuidadas canas del delegado y tiro de ellas hasta que se despeja y consigo que se ponga en pie.

-Harás lo que te diga, sin rechistar. Si no me haces caso pronto y siguiendo al pie de la letra mis instrucciones, las mato a cuchilladas. No pronuncies una sola palabra a partir de ahora, o las descuartizo. Si me has entendido, si eres consciente de lo que te he dicho y lo has comprendido, llámalas putas.

Parece no reaccionar.

-Las voy a cortar en pedazos, tarado. Si no eres capaz de entenderme y seguir mis órdenes, las voy a descuartizar lentamente delante de ti.

-¡Putaaaaaas! -grita a pleno pulmón, lanzando gotas de saliva y sangre.

-Cariño... ¿Es él, aún está aquí? -le pregunta su mujer aterrorizada.

-No le respondas -le susurro al oído.

-Papá... -Maraya se acerca a su padre buscando su abrazo.

-Vuelve al sofá Maraya, no te muevas de ahí.

-Tengo mucho miedo, papá.

-Te he dicho que vuelvas al sofá.

Tal vez hayan sido las húmedas y mudas súplicas de los ojos de su padre, la que la convencen de que se quede sentada en el sofá, junto a su madre.

-Y que mantenga las piernas abiertas...

-Ahora quiero que ates las manos de tus zorras a su espalda y las arrodilles; pero a tu hija, además le vas a atar los pechos, hasta que sus pezones se endurezcan y se amoraten. Ve a la cocina, he visto cordel -le susurro con un tono tan bajo que no pueden oírlo las tías buenas.

-Cariño ¿adónde vas? ¿Qué ocurre?

-Diles que estás loco, que ahora sólo tú me puedes escuchar y tienes que obedecer, soy un dios que exige sacrificio -le susurro al oído conteniendo con dificultad una carcajada camino de la cocina.

La pequeña Ivana ha perdido completamente el color y es tal su apariencia de cadáver que cualquiera sentiría cierto tufo a descomposición por pura sugestión. El padre acaricia su cabello con tristeza.

-Vamos te están esperando.

Les ata las manos a la espalda y a Helga la obliga a girarse hacia el sofá y la invita a que descanse el pecho en el asiento. Su culo redondo y musculoso por el gimnasio se ofrece voluptuoso a mi invisible polla.

-¿Por qué nos haces esto? Responde.

-No respondas y ata las tetas de tu hija.

La primera vuelta de cordel la pasa por debajo de ambos pechos y da cuatro vueltas de cordel a cada pecho, siguiendo mis instrucciones, cuando estoy satisfecho con la fuerza con la que se han atado, le susurro.

-Déjalo ya y ahora, arranca el cable de lámpara de pie.

-Papá me duelen mucho.

El delegado desenchufa y tira al suelo la lámpara halógena de pie que se encuentra a la entrada del salón y arranca el cable al tercer intento.

-Quiero que le azotes sus tiernos pechos, quiero masturbarme viendo como se amoratan y la piel se rasga.

-Hijo de puta -contesta ante los horrorizados ojos de su hija.

-O lo haces tú, o lo hago yo. Y te juro que le arrancaré las tetas a golpes.

Helga se incorpora.

-¿Estás loco? ¿Qué vas a hacer?

Golpeo la cabeza de la mujer y la obligo que pegue la cara al asiento del sofá, manteniendo su cabeza presionada.

Cojo un cenicero de la mesita y lo sostengo tras la cabeza de Ivana. Si no empieza a azotarla, le casco el cráneo.

El delegado ha entendido y lanza un fuerte latigazo que causa un escalofrío de dolor en los músculos de su hija, lanza un gritito, que se convierte en alarido a medida que los azotes se suceden.

La madre forcejea por liberarse de mi presión, sin soltar mi presa, me coloco tras ella y la penetro con facilidad. A la vez acaricio los pezones ensangrentados de Ivana, que no siente mi tacto, se encuentra en estado de shock y sus pechos están tan amoratados como insensibles al placer. Hay sólo cabe el dolor. La chica se ha derrumbado en el suelo agotada y dolorida.

El delegado ahora observa cómo las nalgas de su mujer se agitan y su sexo está extrañamente lleno de aire. La vulva se muestras abierta y dilatada ante mi invisible bombeo. Helga ha dejado de gemir y se ha sometido. Su mente ya ha empezado a deshacerse.

Dentro de unos minutos serán de nuevo las cuatro.

Eyaculo mi invisible semen en el ojete de Helga y la ira me posee al no poder ver mi propia polla escupiendo la leche. Es algo frustrante.

Todo es rojo.

Me acerco hasta el delegado y le doy una fuerte patada en los cojones.

Todo queda ahora en silencio. Dong, dong, dong, dong... Las cuatro.

Me siento satisfecho, razonablemente sereno ya.

Aunque haya algunos daños colaterales, yo soy pura justicia. Imaginad un mundo en el que los señores delegados no sufren y sólo viven bien y ejercen su santa voluntad. ¿Asqueroso verdad?

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Han pasado tres años. Y hace dos que el señor delegado se suicidó en su celda mordiéndose las venas de las muñecas. Le insistí sobre tal hecho unas cuantas noches durante los cambios de turno de los celadores.

Madre e hija se pudren en un sanatorio mental. Continúan contando extrañas historias, sin duda alguna, aún aleccionadas por la obsesiva personalidad enferma del padre y marido maltratador.

Cuando atraséis o adelantéis la hora, acordaos que alguien estará muriendo y sufriendo. Eso os hará sentir mejor.

 

Iconoclasta

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25 Octubre 2009

Un día de risas y amor

 

Es normal esta voz torpe, mi bella.

Se han liado mis cuerdas vocales por todo este torrente de amor que se atropella y agolpa por decirte al oído y al espacio lo que te quiero.

Son pólipos de amor, deseo y ternura que hacen de mi voz algo parecido al graznido de un cuervo. Nada inusual.

El pato Donald estaba enamorado.

Y puedo parecerte fatigado, pues no. Tampoco es por el tabaco, listilla. Simplemente me cortas la respiración cuando ríes o cuando cierras los ojos llevada por un placer, por un beso de mis labios o por una promesa de amor eterno.

Y es por eso que lagrimeo tanto. Todo este amor pesa en mi pecho y requiere un gran esfuerzo respirar contigo. Es entonces, cuando me concentro en atrapar aire bendito, que los ojos se escapan a mi control y los muy bastardos buscan el ébano de los tuyos; emisores de rayos de luz de una arrasadora sensualidad. Deslumbrante.

No es un lagrimeo triste, mi bella. ¿No ves mi sonrisa de Cheshire? Es que la luz de tus negros ojos me somete, me esclaviza. Si no fuera por mi férrea voluntad, desearía seguir mirando hasta quedar ciego y guiarme por el mundo sólo con tu mirada.

¡Vaya, cielo! Debería hacer algo, mi bella. Entre mi tartamudeo, la dificultad respiratoria y esta pequeña alergia que provoca un ligero lagrimeo en mis ojos, te debo parecer de lo más patético. Si tienes paciencia,  dentro de otros mil años conseguiré arrebatarte el control de mi organismo.

Y sólo me falta dejarme vencer por el peso de tus palabras, para caminar un poco doblado y así ser el vivo retrato del corcovado Quasimodo.

Y tú la hermosa Esmeralda, que me quiere a mí, no a Febo.

¡Vaya amante te has buscado, mi bella!

Mi vida, tus ojos son preciosos; pero necesitas gafas.

No es un día para hablar de ausencias y de encuentros, ni de tiempos de desolación. No es el momento de pedirle cuentas a la puta vida; que explique esa furcia porque nos ha hecho esto.

Hoy sólo quiero arrancarte sonrisas a puñados, mi bella.

Amada, amada, amada...

Quiero ser el motivo de tu sonrisa, seré una fresca brisa que acaricie tu piel y te haga cosquillas de amor.

Una palmada en el culo: ¡Pero qué buena estás cordera!

Soy tu rústico patán y estiro las mandíbulas como un auténtico cro-magnon, pensando en cosas profundas, tan metafísicas como darte con una porra en la cabeza, gritarte: ¡Ujungo bongo! (te amo, maciza) y hacerte madre en una caverna con una gran hoguera y una luna llena gigante en el cielo.

Me he comprado unas gafas de broma, de su montura dos grandes ojos cuelgan de unos muelles. Me las colocaré cuando estés mirando a otra parte y te diré un dulce "te amo" mirándote fija y tiernamente con esos ojazos.

Necesito tu risa, mi amor.

Hoy llenas mi corazón, soy tuyo. Estoy en ti, sólo necesito tu reír.

Porque ya te tengo toda.

Te contaré un chiste de tontos enamorados. Otro de los que se confunden enamorados con enanos morados. Blancanieves besando a Gruñón de forma obscena. De locos; pero no tontos.

De sordos; pero no ciegos.

Tengo tantas cosas para hacerte reír...

Me tropezaré con la raya de un lápiz marcada en el suelo, seré un tosco Charlot para arrancarte tu sonrisa, mi premio de vida.

Y astuto yo, aprovecharé para abrazarme a tu cintura y darte un beso serio como un cáncer, grave y profundo. Sin asomo alguno de chanza, como el universo negro sin estrellas.

En ningún momento dejaré que aflore la tristeza de casi una vida entera sin ti.

No te contaré de las tristes mañanas en las que despertaba sumido en una profunda pena que no entendía, no podía identificar. Al abrir los ojos me cubría una capa gris, fría y desabrida que me torcía la boca en una mueca de náusea. Me faltaba algo que no supe lo que era hasta que vi tus ojos.

Cada amanecer sin ti, me sumía en una profunda melancolía.

Mi vida, ya no podía seguir acumulando tiempo sin ti. Vivir a duras penas era viable.

Cuantas veces, durante cuantas horas he mirado mis pies buscando pistas sobre el amor, sobre tu existencia. Alguien por quien vale la pena vivir.

Alguien por quien me despelleje la piel por arrancarle unas sonrisas.

Miles de ellas a ser posible.

¿Sabes el chiste de Caperucita Roja?

Iba por el sendero del bosque a casa de su abuelita, cuando aparece el Lobo:

-¿Adónde vas Caperucita bonita?

Y Caperucita, que parecía no haber tenido un buen día ya que iba dando patadas a las piedras, le respondió:

- ¡A rascarme el coño!

Dime que es gracioso y ríe mi bella

Ríe mi vida, hasta parar mi corazón.

Es un día de amor y risas.

Nos lo hemos ganado, cielo.

Ha sido tan largo vivir sin ti, tan triste...

¿Sabías que las brújulas son las que montan en escóbulas?

Una risa más...

Iconoclasta

Nota del autor: el chiste de Caperucita Roja, aunque versionado a mi gusto, no es de mi invención y como de tantos otros chascarrillos, desconozco al autor. Igual ocurre con el chiste de la brújula.

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22 Octubre 2009

Sexo en el Sistema Solar: Plutón y última reflexión

PLUTON

El 9º y último planeta, el más alejado del sol. La luz que emite es amarillenta y hay un disco a su alrededor porque los plutanacos usan el espacio como vertedero y los restos flotan creando ese caprichoso adorno.

Es el planeta más frío, alcanza el 0 absoluto.

Visitar Plutón requiere invertir el presupuesto anual de ropa en un solo día. Y mucha fuerza para poder moverse con tanto peso encima.

Es sabido que los seres vivos se adaptan a las condiciones de su entorno y la evolución los lleva a modificar su morfología y carácter hacia una vida más fácil y útil en su medio.

Los plutonacos son los más histéricos llevando a cabo su evolución, comen y beben como cosacos todo el día y fuman que parecen chimeneas. Son tan activos que el más sereno de los seres que moran el Sistema Solar puede acabar hasta las narices del maldito dinamismo plutonaco.

 Me pusieron muy nervioso; si están sentados repican con los pies en el suelo continuamente. Si están de pie charlando, se balancean inquietos, y si pasean lo hacen a la carrera.

Mi mente sagaz intuía que es por culpa del frío; no hay quien pare quieto un instante. Sin embargo, no me cuadraba porque hacían las mismas idioteces en el interior de los edificios donde se encontraban calentitos. Y eso me llevaba por lógica a pensar que no se fiaban de las centrales ni redes eléctricas, que era tal el frío que sentían, que vivían estresados ante el temor de un apagón. El quedarse sin calefacción requería vestirse muy rápidamente la decena larga de abrigos que había que llevar encima para sobrevivir a aquel clima hostil.

Estaban en un constante estado de alerta. Pobres...

 Me metí en un bar cualquiera al azar, había cientos. Pedí una cocacola y me la sirvieron caliente, esperé fumando pacientemente a que se enfriara apoyado en la barra.

 -¿Tu no te mueves?-me interrogó el plutonaco que oscilaba a mi derecha.

 Bebía un buen vaso de aceite de hígado de bacalao y hasta mí llegaba el hedor. Sé que este clima es extremo y es necesario proveerse de vitaminas; pero me parecía excesivo, prefiero caer anémico a vomitar mi propio estómago.

Y encima lo tomaban humeante.

 -Un poco sí que me muevo, pero prefiero que me monten.-le respondí con mi innato ingenio.

 No lo entendió y yo me quedé mirándolo con una sonrisa pícara y simpática mientras su cerebro daba vueltas y vueltas a lo que había dicho.

Al cabo de diez minutos me cansé de mantener la sonrisa y esperar una muestra que me hiciera creer que su mente había llegado a entender algo.

Le hice una pregunta más directa al Einstein.

 -¿Dónde paran las putas?

 -Aquí no hay putas; si quieres lo haces y ya está. Cuando veas a una tía que te guste, te acercas y la pisas.

 Me gustó aquella metáfora ornitológica sobre el acto sexual. Sentí un repentino afecto hacia aquel planeta tosco y frío, de palurdos y libertinos habitantes.

Los plutonacos son de color gris oscuro, una necesidad para poder absorber el calor de los pocos rayos de sol que les llegan. Son imberbes porque hace un frío que pela. Y son más bien bajos, entre 1 punto 5 y 1 punto 6 m. de estatura.

Le ofrecí la mano al palurdo como agradecimiento por su atención y despedida, la aceptó crujiéndome tres falanges. Me movía inquieto soportando el doloroso apretón sonriendo.

Son muy efusivos los plutonacos.

-No te preocupes, no creo que haya ningún apagón por ahora.-me dijo, sin duda pensando que mis pies bajaban y subían alternativamente como respuesta a un estado físico y mental de alarma ante un apagón.

Soy una máquina procesando hipótesis.

Tras varios minutos más con mi mano apresada en la suya, se acordó de devolvérmela. Ya daba igual, gracias al corte de la circulación sanguínea se me había insensibilizado y no me dolía.

Me largué de allí tras haberle pagado los cuatro vasos de aceite de hígado de bacalao, no se resistió a ello, si no que insistió.

No son generosos en ese planeta.

Como soy decidido y mi apellido es peligro, salí a la calle dispuesto a follarme a la primera tía que se cruzara en mi camino (estaba ya harto de tanto viajar y quería acabar el estudio de una vez para volver a casa).

Es muy difícil reconocer el sexo de un plutonaco en el exterior, llevan demasiada ropa. Y más difícil aún es saber si la plutonaca está buena.

Me guié por mi instinto y por los tonos pastes en azul pálido, rosa y verde que vestían la mujeres. No me arriesgué con los colores neutros y oscuros. Detecté y localicé a una tía que andaba-corría tranquila y veloz en sentido contrario al mío. Sólo pude apreciar sus ojos de entre los 10 Kg. de ropa que llevaba encima, capucha incluida.

Me preparé mentalmente para ponerme en su camino y decirle alguna gracia que le indicara que era mi voluntad mantener ayuntamiento carnal con ella.

Y como ella, tan solo mostraba mis preciosos ojos verdes en la profundidad de la capucha.

Me planté delante cortándole el paso. Se detuvo frente a mí y sus ojos se dulcificaron.

-¿Quieres foll...?

Tomó la iniciativa, no me dejó acabar mi estudiada pregunta.

Fueron cuatro pisotones rotundos, me pateó cuatro veces seguidas, 2 el derecho y 2 el izquierdo.

Con los pies helados y a una temperatura de 0 absoluto (-276 ºC) cualquier pisotón suave duele como una amputación traumática.

Y aquellos pisotones no fueron suaves. Lloré como un crío por el intenso dolor.

Se retiró la capucha y grité asustado, era más fea que Picio; retiró la mía también, me abrazó y me tumbó en el aire aguantándome en vilo con sus poderosos brazos. Mis doloridos pies pugnaban por no resbalar en el suelo criogenizado.

Me sentía mujer bailando un tango.

Abrió la boca y me llegó un nauseabundo olor a podredumbre, me besó los labios y me metió la lengua hasta el píloro.

Me estaba cansando ya de tanto sexo bucofaringeo.

Saltaba a la vista que acababa de beberse unos cuantos vasos de aceite de hígado de bacalao y lo degusté entre arcadas.

Llevó una mano a mis cojones y grité.

-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

Me dio 10 apretones mientras le rogaba que me dejara vivir.

-¿Ya?-me preguntó.

Le dije que sí mil veces con la cabeza.

-Es que los tíos altos me ponéis...

Me soltó y siguió su camino rumbo a un destino desconocido para mí.

Me mantuve reflexionando en el aire dos segundos y por fin caí de espaldas contra el suelo, me di la vuelta para esconder mis lágrimas y consolé con el calor del guante helado el dolor de los genitales.

Caminando con los pies aplastados como un pelícano, me dirigí a un supermercado; compré un tubo de dentífrico y un cepillo de cerdas blandas porque no quiero que me sangren las encías.

Entré después en el bar, pedí un vaso de sifón con cubitos y palmeé con los pies hasta el servicio.

Cuando conseguí sacarme las botas y desprenderme de los diez pares de calcetines de lana, pude apreciar la magnitud de la lesión. Se habían formado hematomas que iban desde las uñas hasta los tobillos incluyendo el empeine.

Me lavé los dientes y la lengua con vigor y vehemencia tras haber vomitado. Cuando salí del servicio me sentí más relajado.

Tomé un solo trago de sifón y volví al exterior combatiendo mi pánico.

Un grupo de plutonacas hembras paseaban-galopaban veloces y sonrientes hacia mí. Miré el suelo haciéndome el loco y doblando las rodillas para parecer más bajito me apreté contra la fachada de un edificio.

Me interceptaron, las miré angustiado, dos de ellas se pusieron frente a mí y las otras seis hicieron cola detrás. Aguanté casi con dignidad los 8 pisotones, pero cuando me retiraron la capucha no me dejé coger en sus brazos y me tiré al suelo hecho un ovillo. Llorando de nuevo.

Me llamaron nenaza e impotente y se largaron al trote.

No me gustaba nada el follapisa, era doloroso, estúpido, extraño e incluso anómalo.

A pesar de esto, decidí en aquel momento llevar la iniciativa y no largarme sin follar, o al menos sin haberme esforzado como es habitual en mí.

Eché a caminar de nuevo y esta vez todo lo rápido que me permitían mis pies destrozados.

Me detuve un momento para aspirar un pulmón que se me había salido por la boca y seguí mi furiosa carrera.

Una plutonaca con sus anoraks color rosa caminaba 20 pasos por delante, me lancé al trote imprimiendo velocidad a mis palmeados e hinchados pies y me coloqué frente a ella.

Se paró.

Levanté rápidamente el pie derecho para darle un fuerte pisotón, acumulé energía en la boca del estómago y lancé el pie con un grito de guerra. Pisé el suelo. ¡Qué rápida era la mala puta!

Levantó el suyo y lo bajó con una fuerza que no lo parecía, me pisó y sentí algo sísmico.

No me arredré y levanté el otro pie al tiempo que le decía:

-¡Me cago en tu madre!

No fallé, fue ella la que me esquivó y me piso en contraataque, sin que pudiera hacer nada por evitar mi propio drama. Me sentí abandonado.

Grité de dolor, me abrazó, me sostuvo en el aire, me besó, sentí de nuevo el aceite de hígado de bacalao inundar mi ser como un torrente fétido aunque ya no sabía tan mal como al principio. Me masajeó la laringe con la lengua y aunque le rogué hecho un mar de lágrimas que no lo hiciera, lo hizo. Me estrujó 10 veces los huevos.

Ni en este 2º polvo sentí excitación o placer alguno. El follapisa no me decía nada, no me gustaba.

Me recogió del suelo un plutonaco y al ver mi desconsuelo y angustia, me escoltó hasta el aeródromo para que no me volviera a pisar otra hembra ardiente.

Por el camino me aclaró que la zona erógena está en sus pies y que si muchos se balancean no es por un atávico temor a un apagón eléctrico, simplemente se la estaban pelando. Eso sí que me cuadraba, porque nadie podía ponerse a follar en pelotas en Plutón.

Le di las gracias y 30 sistemas que me exigió por la compañía y la información. Me destrozó la mano con un caluroso apretón.

Por mi parte le expresé mi asco hacia Plutón y sus mujeres. Confesó que eran realmente feas, pero como no se iban a poner en pelotas y cuando se sacaban la capucha cerraban los ojos, tanto les daba.

Me importaba una mierda la forma en que nacían y como se desarrollaban los plutonacos así que no le pregunté por miedo también a que me sacara más pasta.

Despegué de Plutón con los cojones gordos y tumefactos (si no fuera por el dolor y el color, no me hubiera importado que estuvieran gordos) rumbo a mi asqueroso planeta la Tierra (no estaba de buen humor). No pude hacerme una paja en tres días.

Pasé casi una hora molesto por la humillación y violación a la que fui sometido en Plutón.

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ULTIMA REFLEXION

Hace ya un año que realicé aquella exploración para conocer y difundir los diferentes comportamientos sexuales en el Sistema Solar.

Estoy seguro de que no copularé jamás fuera de la Tierra.

Da igual que una mujer me diga que está caliente pero; no lo quiere hacer conmigo porque es muy bonita la amistad. Sé que en cuanto vea los billetes en la cartera, todas esa amistad se irá a la mierda y nos convertiremos en perros en celo.

Los terráqueos somos complejos, ilógicos y terriblemente predecibles.

Y eso da seguridad.

Si deseáis más información, no acudáis a agencias de viajes porque todo lo encuentran precioso. No os hablarán del follaoreja o el follapisa.

Ellos sólo quieren vender y vender.

Lo mejor que podéis hacer para manteneros informados, es llevar este dossier y leerlo; aprended de mi dolor y humillación. Por sólo 700 sistemas seréis sabios.

Y sobretodo no olvidéis vuestros condones hiperlubricados, sedosos y sensitivos: La polla del Sistema Solar.

Su integridad ha sido probada por mí, en persona.

Además, tenéis el aliciente de encontraros un condón con restos de mi semen; si lo encontráis, remitidlo en sobre cerrado de PVC a Latex Manufacturated Pleasure y os regalarán un llavero enorme: mi pene a escala 1/10.

A ver si os creíais que no iba a hacer negocio la empresa después de subvencionarme.

Ni que yo iba a sacar beneficio de mi odisea sexual. Además de carnal soy material.

Poneos negros de tanto follar.

Buen sexo.

 

Iconoclasta

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18 Octubre 2009

Está lleno de cruces

En algún momento de la infancia (seguro que fui niño, tuve que serlo), tal vez en mil novecientos sesenta y siete, (más atrás no; los niños tan niños no deberían soñar según qué); soñé con un cielo saturado de azul y blanco; se podía tocar, hundir las manos en las nubes de un blanco tan crudo como el sudario impoluto de un cadáver. El azul era tan sólido, que la luz apenas podía vencer la oscuridad. Un toque de noche al día. Una balsa oscura reflejando el mar sereno, maldito, infranqueable y voraz.
Era hermoso aquel cielo a pesar de las cruces que se mantenían ingrávidas como naves espaciales amenazando la tierra. Oscilando imperceptiblemente al ritmo de los pulmones de los crucificados.
No tuve tiempo.
El primer crucificado, hermoso su rostro congestionado por el dolor, era mi padre.
Yo lo observaba tranquilo. Fascinado por las detalladas vetas labradas en la negra madera de la cruz.
Él no me miraba, sufría más allá de mí. El dolor nos hace tímidos y en lugar de mirar a los ojos, miramos el polvo.
No tuve tiempo.
Se murió antes de saber que su hijo soñó con él crucificado.
No tuve tiempo de sopesar si era mejor hablar o callar.
Se murió antes de saber que su hijo estaba loco.
Todos me sobrevaloran, es una constante como la lenta velocidad del tiempo cuando siento que me arrancan las uñas.
Tras él y en todas direcciones, se extendía un inmenso campo de cruces, cada una con su crucificado, con su culpable. Centenares de tristes cristos convertían sus lágrimas en lluvia sobre la tierra.
Uno de ellos era un presentador de la televisión, me parecía viejo. Ahora, al seguir viéndolo ahí crucificado, me parece un poco más joven que yo.
Hasta en mis sueños los extraños interfieren, el mundo infecta lo más íntimo, lo más sagrado de mí.
Si pudiera, haría arder a los crucificados, los incineraría a ellos y sus rostros dolidos. Hasta las cenizas desintegraría para que no quedara nada de ellos en mi mente, en mi sueño.
Sucios...
Como los odio, los odio allí colgados sufriendo y llorando.
Tal vez nunca los queme, que se jodan y sufran durante toda la puta eternidad por haber infectado mi sueño.
Beso tu coño, mi bella. Eres lo único que permito que interfiera en mí. Eres lo único que miro con una sonrisa. Eres mi jardín perverso y la ternura, la inocencia que un día quedó clavada en algún madero de una cruz negra.
Oscilando con mi respiración hostil.
Mi padre está caliente en la cruz. Lo prefiero allí que frío y rígido sobre la cama. Antes de encerrar su carne en un ataúd sellado lo toqué y el frío de su piel aún quema mis yemas.
Deberíamos morir directamente en una urna de cristal para que nadie pueda tocar nuestra fría carne.
Muerdo tus labios, mi bella. Esto no debería escribirse, y sólo tengo el consuelo de la cálida humedad de tu boca.
Tampoco le pude decir a mi amado crucificado, que tuve que arrastrar el cadáver de su madre. Se murió con el cuchillo en una mano y con una vaina de judías en la otra. A fuego lento como el agua que calentaba en la cocina.
Es otra razón por la que los cadáveres deberían caer en un recipiente, jamás en el suelo. Pesan infinito, pesan dolorosamente. Por más que los cojas y los aprietes contra ti, no vuelven, no te hacen caso. Ni siquiera te ayudan a llevarlos hacia una cama donde exponerlos. No los puedes dejar en medio de la cocina todo el día: los perros que los aman podrían arañarlos pidiendo que se levanten.
Necesito acariciar tus pechos hasta sentir tus pezones duros presionar las palmas de mis manos. Necesito lo vivo y lo cálido; te necesito a ti entre toda esta insana tropelía de recuerdos.
Porque estás tú, mi bella, de lo contrario no podría vomitar esto sin lamer el indoloro filo de la navaja con mis venas.
Tal vez ni estés, tal vez gires la cabeza asqueada.
¿No es hermoso el plateado brillo de un filo? Mi padre usaba una navaja para afeitarse. La conservo por si algún día he de cortarme el cuello. Nunca se sabe.
Ojalá fuera tan valiente.
Que nadie se fíe.
¿Y si soy uno de ellos, de los que llueven dolor sobre el mundo y tú no estás? ¿Y si soy el sueño del sueño y tú la que mira horrorizada? Necesito la navaja...
Debo preguntarle a mi hijo si ha soñado conmigo, si me ha visto crucificado en la cruz como está mi padre.
Si me dice que sí, me cago de miedo.
Me cago de pena.
Tampoco le puedo decir a mi querido crucificado que no soy un buen padre, que mi hijo no basta para dar consuelo a la angustia que a veces me dobla por la mitad. El sigue mirando abajo, como los otros. No le importa si soy buen padre.
Pero a mi hijo no se lo diré, yo no hago daño a mi hijo. Jamás permitiría que por sus dedos se extendiera el frío de la carne muerta. Llevo un ataúd a la espalda para tal fin.
No se ríen los crucificados ante mi gracia. Y si alguno se riera, allá al fondo del infinito, sería yo.
Ahora soy tres años mayor que cuando mi padre murió. Sé más que él. Estoy seguro, porque ahí, sufriendo en la cruz, se le ve más joven de lo que pensaba que era, ergo no podía saber más que yo. Imposible.
Si hubiera sabido tanto como yo, estaría sonriendo. Se reiría de lo que su cansado cuello le obliga a mirar allá abajo.
Necesito abrazarte, mi bella. Abrázame, no quiero el calor de las cruces ni de los dolientes. Sólo quiero el calor de tu cuerpo. Conjura a los muertos y a los que odio. Conjúralos con una caída suave y profunda de tus párpados; un telón que cierra una maldita obra que no consigue arrancar una sola sonrisa a nadie.
Tú me absolves.
RIP


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Tags: suenos

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