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Terra
La Coctelera

Iconoclasta, la provocación en estado puro.

Relatos, ensayos, iras, sexo... Y a lo mejor, algo de risa.

Categoría: Terror

666 y la carne más pura

¿Quién quiere fagocitar una vida? ¿Quién precisa acabar con una vida para alimentarse y hacerse más grande como lo haría una célula?

Yo. Un dios sin piedad, sincero. Sin más argumento que mi odio hacia la hipócrita bondad. De la misma forma que los primates tenéis la envidia metida en el tuétano de los huesos, mi tejido es odio y poder nefasto para vosotros.

Odio a Dios, a ese lerdo demasiado acomodado en su voluntad, demasiado creído de si mismo. Vosotros los primates no estáis hechos a imagen y semejanza de él. Sois solo una descendencia tarada, sus creaciones subnormales con superávit de cromosomas.

Os fagocito porque sois microorganismos invasores, no sois peligrosos, solo molestos. Os destruyo porque sois una infección en este planeta.

¿Cuántas células forma el feto primate? No se puede cuantificar, mueren y se reproducen demasiadas al mismo tiempo. Me aburren las matemáticas. Solo quiero follar, destrozar y matar.

He abierto el vientre de la primate sin anestesia. El parto, de por si ya da suficiente dolor y un poco más apenas lo nota la madre que está preocupada por lo que le está presionando en el coño. Abrir su vientre ha sido fácil, no ha habido resistencia.

La Dama Oscura pone en mi mano los objetos quirúrgicos no esterilizados y por puro entretenimiento se ha metido en la vagina los electrodos que miden la dilatación y las contracciones de la parturienta. Cuando le digo al oído alguna obscenidad como: “Chupa mi pene agitando esos cables que salen  de tu puta raja”, el monitor marca una contracción de nivel seis  y cero dilatación. Su coño responde ante mí como el cura que cada día moja sus dedos en el agua sucia de la pileta de la iglesia para saludar servilmente a su inocuo dios. Ambos son igual de obedientes: coño y cura… Solo que el cura vivirá mucho menos si se cruza en mi camino.

La mujer, de pechos pequeños; pero hinchados y oscurecidos pezones, ha tenido elección: ante los cuerpos descuartizados que se amontonan a los pies de su cama, el del médico, la enfermera y su marido. Ha elegido vivir, gritando que no la matemos ante la cabeza de su marido clavada en el portasueros. Los labios de la cabeza  de su marido están encogidos mostrando los dientes en un rictus de dolor, sus ojos están cerrados con fuerza. No ha gritado porque antes le he seccionado las cuerdas vocales. Todo ello ante la casi madre. Lo ha visto y disfrutado todo. Es lógico que no quiera morir, ya que además, estas cosas asustan a los primates todos. El hedor de las vísceras derramadas crea una atmósfera íntima para estos actos de maldad.

Ante todo está aterrada por mi presencia en su mente. No existe cosa más sucia y aterradora para un primate que sentir que su pensamiento es invadido, que el último reducto de intimidad ha sido destrozado y puedo ver cualquier cosa y saber que es, que ha sido y que será. Les robo todo lo que sabían y guardaban. Sus secretos, sus penas, miedos y alegrías han sido violados por mí. Daría la vida de su otro hijo a cambio de que saliera de su cabeza. De dejar de sentir ese olor a mierda que sale desde dentro de su cabeza.

Observo a través de la barriga abierta y tras haber roto la membrana, como el bebé se remueve inquieto empujando con la cabeza para salir de ahí, para nacer. No detecta la luz que lo alumbra, ni mi mirada preñada de un odio que mata, que envenena.

YO, ante Dios, hundo mi cara en ese vientre anegado de sangre y le arranco un bracito al feto con un implacable y fuerte mordisco. O al bebé, no voy a entrar en debates semánticos. Aún no ha nacido.

El bebé llora como si hubiera recibido la típica cachetada de nalgas. Se ha olvidado de seguir empujando y de forma instintiva mira con sus ojos cerrados hacia arriba, hacia a Mí.

De su muñón mana un ridículo chorrito de sangre. Tienen poca sangre los bebés, es suave matarlos.

Su carne es inyección pura de inocencia y eso le duele a Dios. A mí me parece una carne demasiado dulce.

Ha enviado a sus dos arcángeles: Malakai y Disturbia que aparecen dejando un rastro de cantos hermosos en su derredor e inundan con un estruendoso silencio la habitación cuando cesan sus salmodias para hablarme.

La habitación es demasiado pequeña para tantos muertos y ángeles. Y eso no mejora mi humor. Me retiro un poco de la cama para tener mejor perspectiva y  se rompe la puerta del armario al apoyarme en ella. Nada humano me soporta demasiado tiempo.

—¿No tienes límite, 666? Deja que muera, los bebés humanos sufren mucho ahí dentro, no conocen ni siquiera la luz. Son inocencia pura. ¡Ohhh Yahvé….  Ruega por el pequeño que el Malvado asesina!

—Siempre has entonado mal, Disturbia. No jodas más o te arrancaré las alas y la piel a tiras. Os falta convicción y a mí sensibilidad y paciencia para vuestros cánticos de mierda.

—Mátalo ahora, mata al bebé, que no lance un solo grito más. Nuestro Padre llora. ¿No es suficiente para ti?

La Dama Oscura ha metido la mano en el vientre, y ha sacado medio cuerpo del bebé, que se retuerce y sobrevive aún gracias al cordón umbilical.

—Como éste tenéis a cientos que salvar y ayudar, dejad a mi Dios en paz. Maricones de alas míseras, de voces afeminadas. Que os sodomice Dios, vuestro Padre.

Adoro cuando habla así, cuando lanza todo ese odio hacia lo que me molesta. De la liga de su muslo izquierdo ha sacado un estilete y lo clava en una mama de la primate abriendo otra vía de sangre, aunque débil. Su corazón ya no bombea con la potencia de hace media hora. Está en las últimas y dejo de invadir su mente para que sepa que de morir no se libra. Yo no hago tratos ni respeto nada ni a nadie.

—No quiero a mi hijo, llévatelo y déjame en paz. Quiero morir ya… Estoy cansada —susurra sin dar importancia al corte de su pecho, del que mana una sangre rosada.

El fluorescente verdoso del cabezal de la cama le da un aspecto cadavérico.

La Dama Oscura deja caer el bebé otra vez en el vientre. Malakai intenta clavar un puñal en el pecho del pequeño primate que llora; pero la Dama Oscura ha hundido el estilete en su ojo y se ha evaporado llorando su cántico homosexual, buscando a su Dios para que lo arregle, para que lo sane.

—Arráncame los ojos a mí, y deja que mate al pequeño, no tiene que conocer el mal si ni siquiera ha nacido. Que su alma pura venga con nosotros —dice Disturbia.

La Dama ahora está acariciando el dilatado coño de la mona, poniendo especial énfasis en el clítoris. La primate no sabe que lo tiene duro como una perla. Su mente está enloquecida de dolor y muerte, el clítoris actúa libremente. La Dama escurre por los cables que salen de su sexo unas gotas que recoge con los dedos y se lleva a los labios. Mi pene se encabrita y siento el deseo de metérselo en la boca al arcángel para que calle, para asfixiarlo.

Conjuro a mis crueles.

—Venid cerdos míos. Traed un mono pequeño, un niño para este idiota.

Como si la habitación estallara, aparecen dos de mis queridos cerdos negros de rotos dientes afilados, con garras sucias de sangre y restos de carne, soportándose sobre las dos patas traseras. Un niño asustado se encuentra entre ellos. Está enfermo, sus ojos lloran sangre apestada de ébola, y los labios no pueden cubrir unos dientes enormes y amarillos que parecen de caballo. Obscenos en un rostro tan pequeño.

El vientre está inflamado y parece que se ha tragado un balón, su ombligo ha salido fuera. Los testículos son tan pequeños… Sus dientes están flojos y su piel negra está sucia de polvo. Es lo mejor en humana miseria que han encontrado mis cerdos.

El hambre no da elegancia alguna al cuerpo de los primates. No son galantes muriendo.

—¡Eh, maricón! Llévate a éste y lárgate pronto —le grito empujando al hambriento negro.

El arcángel Disturbia toma a tiempo los brazos del primate antes que sus abultadas rodillas se estrellen contra el suelo. Se le muere en brazos con un suspiro que nadie oye. El arcángel llora y clama a Dios elevando al techo su rostro cincelado y hermoso de mierda.

—Yahvé, un ángel va hacia a ti, dale la vida que no tuvo, dale la alegría que no conoció, otórgale la gracia del no-dolor. Vamos a ti, Padre.

La Dama Oscura, observa sacándose distraídamente los electrodos del coño, como el arcángel se desvanece con el cuerpo del primate en brazos.

—Su coño está frío, mi Negro Dios —dice la Oscura al tocar la vagina de la primate.

La parturienta ha muerto.

El pequeño feto-bebé no nato, gime débilmente y arrancándolo del vientre de su muerta madre, le rompo el cuello y aspiro su alma pura a través de la pequeña boca llena de líquido amniótico. Le regalo el cuerpo vacío y muerto a uno de mis crueles que lo devora en dos bocados a pesar de que el cordón umbilical aún no se ha roto.

Soy una célula superior que fagocita otras, no me importa quien, cuando, ni donde. Soy superior y la superioridad se demuestra destruyendo a los débiles. Se demuestra no sintiendo la más mínima piedad.

Dios es mi gran enemigo y vosotros, su obra, solo sois un medio por el cual le puedo hacer daño. Y él a pesar de su poder, no os protege. Ese Dios maricón se pasa demasiadas horas abusando de angelitos menores de edad.

Él solo quiere lo puro y hermoso, quiere al feto impoluto y deshecha la vida de los que sufren. Dios es un cerdo blanco con manicura en sus pezuñas.

La Dama Oscura me observa, sus ojos están tristes, su belleza aumenta con el brillo de las lágrimas que se acumulan en sus párpados.

—Hay momentos en los que me siento triste, mi Dios Negro. Siento deseos de vomitar. De ser abrazada.

No tiene la culpa. Es de origen humano, estas cosas pesan. Un feto muerto es una carga emocional en la conciencia instintiva, en el pequeño cerebro de reptil que aún poseen los primates.

La abrazo y oculta a mi mirada una lágrima.

Busco sus nalgas y hundo entre los muslos mi mano para invadir su vagina.

Sus piernas se separan para dejar paso a la mano entera, su boca se entreabre en un éxtasis y se le escapa un gemido de placer.

Ha metido la mano dentro de mi pantalón y ahora mi malvada polla es suya.

Me lleva hacia la muerta y mete mi pene en su boca.

—Fóllala.

Acaricia mis testículos mientras mi glande se araña una y otra vez contra los dientes fríos de la primate. Se arrodilla ante mí para recibir mi semen en su boca, en sus pechos.

La abofeteo con furia al correrme y se estremece con un placer que no entiendo como puede conectar el dolor con el coño. Pero la amo, la elevo del suelo y bebo la sangre que mana de su boca. Ella me destroza con sus dientes los labios y un nuevo clímax se crea entre sangre y baba.

Se escucha el llanto de un bebé durante el tiempo que fumo un cigarro y ambos observamos la muerte perfecta y total. Una erección enturbia mi mirada. El aire se asusta a mi alrededor y la Dama Oscura se aferra a su vagina intentando contener una riada de fluido.

—Dejemos que crezca un poco más antes de matarlo, ¿te parece mi Dama Oscura? —me aburre repetir las cosas.

Toma mi colilla de los labios y la mete en la boca de la madre muerta.

—Me parece bien, mi Negro Dios.

El bebé continúa llorando…

—Hay muchos bebés aún, 666. Se reproducen como ratas, ¿acabamos con ése antes de volver a nuestra húmeda y oscura cueva? —propone con una sonrisa pícara, como una niña pidiendo golosinas.

La amo…

Saco de la cintura de mi pantalón mi Desert Eagle de 9 mm. y tras atravesar dos puertas, entramos en el paritorio.

El médico tiene al niño aún en brazos y cuando disparo, la bala los mata a los dos. De todas formas, disparo dos veces. Soy generoso.

La Dama Oscura entierra el agudo y largo estilete entre dos costillas un poco por debajo del pecho izquierdo de la madre, que intenta gritar ante la atroz muerte de su hijo; no tiene tiempo: el estilete se ha hundido en el corazón con precisión quirúrgica. Sus piernas quedan fláccidas y abiertas encima de los soportes, su coño es una “o” de desilusión. La placenta se desprende como una medusa resbalando nalgas abajo.

Los primates no tienen elegancia muriendo, definitivamente.

Y mi Dama Oscura toma el bebé del suelo por un brazo, tiene el pecho destrozado y el cuello... Se lo acerca a la cara con una remota melancolía que solo yo puedo detectar por la cantidad de siglos que estoy junto a ella. Siente en secreto el pesar de no ser madre.

Le quito suavemente el bebé destrozado de las manos, y llevo mi boca a uno de sus pezones que asoma por la blusa abierta.

Es hora de volver a mi oscura y húmeda cueva. Me aburro.

Ya os contaré más cosas. Tengo tiempo, vosotros no.

Siempre sangriento: 666

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Una puerta se cierra y otra se abre

Una puerta se abre y otra se cierra.

Menuda mierda… No creo que haya una sola puerta buena.

La que se abre muestra a alguien muerto y da miedo, me mira ferozmente con sus ojos en blanco, con su cabello lacio enmarcando una cara demasiado oscura con una boca en forma de “o”, una mueca furiosa de odio y asesinato. Todo lo que hay más allá de su cara es oscuridad.

Me da pánico su mudo grito, su dedo que me señala.

¿Hay otra puerta? Ofrezco tres meses de vida. ¿Es suficiente para comprar una nueva puerta?

Se cierra la puerta y se abre otra. Durante ese instante he sentido como Dios me arrebata ese tiempo de vida. Me ha dolido en el corazón, no he podido respirar.

La puerta abierta da a un lugar hermoso, una montaña de suaves laderas poblada de altos abetos con una cima nevada.

Heidi podría estar allá arriba.

Hay una casa de madera y dos coches aparcados. Un perro me ladra contento moviendo la cola. Está bien, me gusta.

Avanzo hacia ese paraíso aplastándome la nariz contra el vidrio invisible que hay en el umbral. Es infranqueable.

El perro gira la cabeza mirándome con curiosidad y yo lo observo a través de la mancha de sangre.

Dios se ríe. Yo diría que se está revolcando de risa.

Bueno, no importa, aún tengo vida.

Es un macabro monopoly este juego de puertas.

¿Hay otra puerta? Ofrezco otros tres meses de vida.

Antes de cerrarse la puerta un hombre alegre y contento que aparece de algún lugar de la oscuridad que me envuelve, pasa por la puerta. Tiene más suerte que yo y corre hacia la casa con el perro jugueteando a su alrededor. Es un santo varón: no fuma.

Le ha debido de comer la polla a Dios.

Es una putada.

Caigo de rodillas al suelo, es como si una mano me exprimiera el corazón. Y por primera vez en muchos años lloro por un dolor físico. Creo que no se ha llevado tres meses de vida; me ha quitado al menos siete.

Dios es un ladrón.

Se abre otra puerta y observo con desconfianza su lento movimiento.

Un niño me mira y me acerca sus manos para que las tome. Se encuentra en una playa solitaria. Hay un mar tranquilo que impregna mi nariz de olor a sal y arena. El sonido de las olas me relaja y calma el dolor del tiempo de vida que Dios me ha robado.

Parece un buen lugar.

El niño debe tener unos siete años. Su piel es muy blanca, su pelo negro está sucio de arena. Sus ojos son oscuros como una broma de mal gusto en esa tez tan pálida.

¿Cómo puede ser tan blanca la piel bajo el sol? Y pienso en un cadáver al observar sus manos arrugadas e hinchadas como si llevara horas en el agua. Sin embargo está seco.

—Ven conmigo, es una bonita playa.

Dudo en cruzar la puerta porque su voz está llena de dolor, habla entrecortadamente, con pesar. Con un respirar fatigado. La voz es ronca.

No hay nadie más en la playa y el ruido tranquilizador de las olas ha cesado. Esa puerta se ha quedado sin sonido.

Dios no hace bien las cosas.

—¡Ven! —me vuelve a decir con urgencia.

Sus dientes están rotos, su lengua llagada.

Un escalofrío baja desde mi corazón a la polla y me la hace pequeña. Da media vuelta agitando sus manos descoordinadamente, haciendo ademán de ser seguido.

Toda su pequeña espalda es un hervidero de cangrejos que anidan en profundas llagas. Cangrejos sucios que chascan sus pinzas manchadas de sangre y tejido.

El niño llega al agua y da media vuelta para mirarme de nuevo a los ojos.

Abre la boca para gritarme algo; pero sus ojos se abren con sorpresa cuando se le desliza desde el interior de su boca una morena negra como la muerte dilatando y deformando su cara, cuando el animal cae al agua, de la boca del niño sale una gran bocanada de sangre. Se lava la cara con el agua rosada que moja sus pies, cierra los ojos y vuelve hasta el umbral de la puerta.

Con el mismo gesto de la primera vez y sin recordarme, lleva sus manos hacia mí.

Pienso en el eterno dolor y que la inocencia no libra a nadie de la tortura y la maldad. La inocencia es campo abonado para los hijos de puta.

Confirmo que Dios es un degenerado, una mente poderosamente narcotizada.

Cierro la puerta de una patada y no con malhumor, sino con una inquietud de pesadilla. Lo malo es que no sueño.

Yo estaba trabajando hace un rato, tal vez una hora, en un taller de electromecánica. Reparando el motor un millón de mi vida, con el cigarro colgando de mi belfo y las manos sucias de polvo y grasa vieja. Meditaba con calmada fatalidad que estaría toda mi vida reparando motores, hasta que los dedos se desprendieran de las manos cansados de hacer siempre lo mismo.

Dios me arrancó de allí, hace una hora, tal vez una eternidad.

Echo de menos los motores. No me gustan las puertas, no me gusta la carpintería.

—¡Has sido elegido para El Juego De Las Puertas Alternativas A Mundos Exóticos Para Desencantados De La Vida Que Les Ha Tocado Padecer! —dijo con su atronadora voz de subnormal ricachón.

—Vaya porquería de nombre tiene el dichoso juego —dije en voz alta hace unos minutos.

Solo un Dios con todo el tiempo del mundo podría inventar semejante juego con un nombre tan maratoniano.

Un Dios imbécil.

Aún tengo las manos sucias y tabaco en el bolsillo.

Dios dijo algo así como: “cretino” y yo respondí que me la chupara. No soy bueno con la cuestión de la humildad y la obediencia. No me deslumbra nadie.

He encendido un cigarrillo y Dios no me lo ha apagado.

Menudo detalle…

Aún está en mi cerebro la imagen del niño de la playa con su espalda repleta de cangrejos que chascan sus pinzas: clac, clac clad… Obscena como la espalda de un sapo llena de huevos. La negra serpiente escurriéndose de su boca…

Es mejor vomitar, aunque no es mi decisión, es cosa del estómago. Mi cigarrillo ha caído entre el vómito.

Me siento afortunado de ganar dinero para tener siempre una cajetilla en el bolsillo y enciendo otro.

Me lo fumo entero, sin decir nada. Tampoco tengo demasiadas ganas de hablar y menos con un Dios mierdoso.

—¿Quieres otra puerta? —me ofrece Jesucristo mostrándome sus perforadas y sangrantes manos.

—¿Y a ti qué te pasa? ¿Te quedaste con  la primera puerta que abriste?

Cristo mira hacia el techo (si es que lo hay) y como un niño malcriado grita:

—¡Papaaaa…!

Un chorro de luz del tamaño de la torre Eiffel lo eleva sacándolo de mi campo de visión.

—¿Qué pasa si no quiero ninguna puerta?

—Te traeré y crearé todos los motores del universo hasta que mueras reparándolos sin descanso.

Dios es un cochino explotador.

En el taller (debe estar aquí cerca camuflado tras lo negro que me rodea) gritan mi nombre. Se preguntan donde puedo estar: es hora de comer.

Y yo me pregunto sin demasiado interés que pasará con mi esposa, mis tres hijos y mi amante.

Creo que no voy a volver a ver a nadie conocido en las próximas eternidades o ratos que me quedan de vida. No importa demasiado, me parece todo un craso error: no debería haber sido mecánico, no debería haberme casado, no debería haber tenido hijos y no debería haberme buscado a una puta con la mierda que cobro.

Si lo pienso bien, cualquier puerta por mala que sea me irá bien; seguro que me deja en otro lugar, en otro tiempo o la puta dimensión que sea.

Cuando Dios te abduce, nunca te devuelve al mismo lugar como hacen los extraterrestres, eso es bueno. Y por otro lado no me gusta la idea de que me sonden analmente aunque me den besos sagrados en el cogote.

Debo llevar como mínimo seis meses de vida tirados a la basura. Si todo fuera bien llegaría a los ochenta años de vida. Me quedan cincuenta años por vender a cambio de otras puertas. No tengo más remedio que jugar.

Son demasiadas puertas, puede ser cansado. Monótono…

Otra vez.

Llevo un destornillador en el bolsillo, si las cosas salen peor de lo que van ahora, me lo clavo en el cuello.

¿Qué pasará cuando tenga ganas de cagar y mear?

Estas cosas me preocupan. Soy higiénico.

—Tres meses más de vida por otra puerta.

Y ahora caigo hecho un ovillo de dolor sujetándome las entrañas, creo que se ha cobrado directamente del hígado.

La puerta se abre, en ella se encuentra mi hijo, el pequeño. Está subido en el alféizar de la ventana, tiene cuatro años y quiere alcanzar el molinillo de viento barato que se encuentra en la pared lateral.

Va a caer.

Y caerá desde el quinto piso en el que vivimos. No pienso asistir al entierro de mi hijo, hay mejores momentos en los que aparecer de nuevo. Bastante mierda es la vida como para meterse en una alcantarilla por gusto propio. Se me han ido a la basura directamente tres meses de vida.

Quiero que cierren la puerta

—¿No quieres salvar a tu hijo? Aún estás a tiempo — dice Dios con su voz de ricachón pretencioso.

Le clavaría el destornillador en los ojos si se hiciera corpóreo, no me gusta que me hablen en ese tono.

No puedo cerrar la puerta y tengo que ver con morbosa fascinación como al pequeño le falla un pie, pierde el equilibrio y cae al vacío, su manita se aferra a una maceta; no sirve de nada, la maceta cae con él y no la suelta de la mano. En la caída su cabeza da contra el alfeizar de una ventana dos pisos más abajo y muere con la cabecita deshecha. Su sangre queda suspendida en el aire mientras cae con sus ojos mirando al vacío. Su mano suelta la maceta. Cuando choca contra el suelo, todos sus huesos se rompen, rebota.

La maceta no rebota, simplemente se rompe dejando un borrón de tierra negra y un geranio hecho pedazos.

Todo es sangre en su cara. Pobre hijo mío…

Si lo amara más, me clavaría ahora mismo el destornillador; pero estas alturas no voy a ser hipócrita y el Dios idiota este, dicen por ahí que lo sabe todo. Así que no me voy a hacer el padre santurrón y sensiblero.

Mi hijo, uno de mis errores, ha salido de la ecuación de mi vida: un fallo menos en el que pensar. Me pregunto de donde me sale este ingenio para crear metáforas tan cientifistas. Soy un mecánico demasiado simple. Eso debe ser a que he cambiado de aires y mi intelecto se desarrolla como es debido. No siento presión ni prejuicio alguno.

A más peso más veloz la caída. ¿Cómo reaccionará el cuerpo de mi amante o de mi mujer al caer como el pequeño David desde la ventana?

Me da igual.

La puerta se ha cerrado en el momento en el que mi esposa grita ante el cuerpo roto de nuestro hijo, lleva falda y no tiene cuidado cuando se lanza al suelo para abrazar a David o lo que queda de él. Lleva las bragas de blonda blanca, no tiene la regla y se ve con total claridad el vello negro.

Esta puerta me ha regalado una buena erección. Tengo esperanzas de que la próxima sea mejor.

—Tres meses más de vida por otra puerta. Vamos allá.

Odio el momento de pagar. Ahora alardea de homosexual deidad, arrancándome la vida de los testículos. Mi erección desaparece dejando un dolor que huele a óxido en mis narices.

La puerta se abre: hay una mujer arrodillada con los pechos desnudos y prietos entre sus brazos, se acaricia el sexo de forma extraña con los dedos. El clítoris lo masajea por los lados deslizando los dedos corazón y anular de la mano derecha. Con la izquierda tensa el monte de Venus para descubrirlo bien.

No puede acariciarlo presionando porque del centro sale una gruesa espina negra.

—Quítamela, me duele.

Acerca los dedos a la espina y la mueve para que observe lo que ocurre. Y cuando la toca, se hunde hacia dentro, se retrae. Su cuerpo se arquea de dolor y sus enormes tetas caen a los lados, pesadas, con los pezones aún duros. Intenta contener un grito de dolor pero le es imposible y las venas de su cuello se inflan peligrosamente.

—Se hunde hasta dentro, esta puta espina se me hunde en las entrañas cada vez que la toco.

Separa más sus rodillas y me muestra su vagina abierta, poderosa y hermosa. Rosada y húmeda, quiero meter mi lengua, mis dedos y mi polla ahí.

La púa vuelve a emerger por el clítoris y su vagina derrama una gran cantidad de sangre. Está pálida.

—No es la menstruación, hijo, es el dolor punzante de un placer que tu padre nunca me dio. Dámelo tú.

Es mi madre. Lo sé  por la voz, porque nunca la había visto tan desnuda y tan joven.

Se abalanza hacia mis rodillas, baja la cremallera de mi bragueta y con dificultad saca mi pene erecto. Se lo lleva a la boca y mama de él como si bebiera. Mis rodillas flaquean , no sé que hace pero eyaculo en su boca en cuestión de segundos. Mi madre es buena de veras mamando.

Y yo un tanto precoz.

—No puedo tocarme mi cosita, necesito sentirlo. Ahora quítame esto del coño. Tu padre murió por fin, no es justo que ahora me salga este pincho.

Dios ríe con malicia, como una tosecita disimulada mientras acabo de sacudir el semen residual entre sus tetas.

—No puedo quitarte eso, no traigo alicates.

—¡Serás el responsable de mi desangrado, hijo de puta!

Presiona con fiereza su clítoris, la púa atraviesa su uña antes de retraerse y cuando separa los labios de su vulva, la sangre salpica mi pantalón.

Doy un paso atrás y la puerta se cierra.

Aunque la chupe bien, no quiero estar tan cerca de mi madre durante toda la vida o lo que me queda de ella.

—Tres meses por otra puerta.

No sé, pero me parece que cada vez es más avaricioso Dios.  Se me ha escapado un vómito de sangre a presión, este dolor no es de tres meses. Conocí a un amigo con cáncer de pulmón y cuando vomitó sangre así, duró dos días. En definitiva, aquello era como dar treinta años de golpe.

La puerta se abre.

Y yo me siento cansado, la sangre baja por el esófago dejando sabor a hierro viejo en mi boca.

Hay un viejo árbol de retorcidas ramas en un páramo de amarillas y raquíticas hierbas, su tronco está lleno de tumores, excreciones redondeadas como los bubones que aparecen en las axilas e ingles de los infectados por la peste bubónica.

Está solo y no se queja, sus ramas se mecen tranquilas con la brisa.  Su copa forma una sombra que me quita el aliento ante su tamaño y frescura.

Cruzo la puerta desnudándome, no hace excesivo calor; pero mi piel necesita aire fresco. Aire nuevo.

Cada tumor es una cara que conozco, pero sus bocas están selladas, solo sus ojos se mueven.

El único sonido es el de las miles de hojas que el viento acaricia.

No ha sido una buena vida la mía, cada persona que ha estado cerca de mí ha sido un tumor, algo que no debería estar. Una enfermedad.

Mi indiferencia no es una opción, me parieron así. No soy culpable.

Dios cierra la puerta tras de mí, ya no hay oscuridad allá atrás. Escucho sordos aplausos de público tras la puerta.

Me siento cansado.

De mi pene caen unas gotitas de sangre, a lo mejor son los restos de la mamada que me ha hecho mi madre. No importa.

Descanso fumando un cigarro  con la espalda apoyada en el tronco mientras el sol corre a ocultarse. Cuando el cielo adquiere un tono anaranjado ya he descansado, me pongo en pie y acuchillo con el destornillador cada uno de los tumores del tronco. Los destrozo haciendo círculos con el destornillador hundido. Los tumores con los rostros de mis hijos son los últimos que despedazo, no era mi intención; tal vez he empezado por los más bajos. No hay ninguna lectura psicológica que hacer de ello.

Ha medida que avanza la oscuridad la savia negra que mana de los tumores parece sangre.

El árbol baja sus ramas, estaba cansado también. Se ha relajado, se ha sanado.

La noche se cierra completamente y todos los errores se han borrado de mi cabeza; por primera vez en mi vida quedo dormido sin darme cuenta. Sin pesar, sin pensar.

Despierto cubierto por las ramas del viejo árbol, él me ha protegido del frío de la noche. Él tiene tan poca piedad como yo, ha sido tan indiferente a la mediocridad como yo. Ambos hemos vivido con tumores, con decepciones.

Somos viejos amigos.

No existe nada alrededor que se deba hacer, paso el día comiendo pequeños insectos que reptan por su tronco y bebo el rocío que ha caído de sus ramas recogido en un cuenco que he tejido con sus hojas.

Nunca he necesitado de nadie, me han necesitado a mí.

Y ha sido deshonesto por mi parte crear tantos lazos de cariño y amor a mi alrededor. Ellos lo exigían y yo no podía pasarme la vida negando a tantos seres. Hice lo que pude…

Ya no me acuerdo de sus rostros, y no hablo con el viejo árbol, no pronuncio ni una sola palabra. Quiero olvidar que un día hablé.

El sol se pone de nuevo, es hora de dejar de existir, de olvidar más aún que un día estuve entre ellos, con ellos. De dormir…

Mi primer día con el árbol no ha ido mal, hemos sido buenos compañeros, no nos hemos molestado demasiado.

Aunque sé que el árbol es como yo, a medida que han ido pasando las horas, sus ramas se han crispado, no se han relajado como ayer cuando destrocé los tumores.

Creo que lo irrito y me parece bien. Me parece lógico.

El árbol es más fuerte que yo y ya no me necesita. Sus ramas no me arropan a la hora de dormir,  me asfixian con dulzura y mis ojos desorbitados y lacrimosos por la falta de oxígeno observan las estrellas creando nebulosos y difusos brillos.

No importa, morir no es tan malo.

Hay estrellas rojas, verdes, azules y anaranjadas. Es un buen decorado, una forma elegante de largarse de aquí.

No siento una especial necesidad de respirar.

No es nada malo morir.

Una puerta se cierra, ninguna se abre.

Por fin…

 

Iconoclasta

Ilustrado por Aragggón

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666 y el filo de la navaja

 

Paso el dedo por el filo de la navaja…

Es infame la precisión con la que corta. La sangre se va de casa en cuanto abres la puerta. La sangre no ve la luz y está tan llena de vida… Qué injusto fue el Creador encerrándola en el cuerpo. Tantos glóbulos, tantas plaquetas, tantos anticuerpos. Las tripas…

La ponzoña está en la oscuridad, en mi corazón si tuviera.

YO no tengo sangre.

Y pienso en la libertad y en los miles de intestinos humanos que deberían correr hacia la luz.

¡Corred, corred! Desparramaos dulcemente, víboras ciegas y tontas. Naced del vientre y la sangre, de una placenta de dolor.

Deseo la libertad de las vísceras primates. Soy el Comandante Sangre de un camposanto que nadie quiere aún reconocer.

El final no está cerca, ni lejos; el final soy yo a cada segundo. Vuestras tripas serán libres.

El filo en la vagina de mi Dama Oscura es una amenaza que la excita, su clítoris se endurece a pesar del peligro insalvable. No le daré libertad, solo un placer que la esclavizará a mí. A mi polla desgarradora. Está condenada…

Vosotros no.

Soy vuestro líder revolucionario en contra de la dictadura de un Dios idiota y superfluo.

El filo de preciso corte de la navaja es el recto y sutil camino hacia la libertad. Y os haré libres a todos, sin excepción. Hombres, mujeres y niños desparramaréis vuestras tripas al son de un himno sin música.

Y resbalaré entre vuestros restos pisando esas serpientes repletas de inmundicia.

El filo… Lo infame es lo que tenéis dentro.

Adoro el lirismo… Soy bueno declamando.

Siempre sangriento: 666

 

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La mamada

La puta aceptó pensando que era un loco. Un loco que agitaba cuatro billetes de cien euros hacia ella.

Demasiado dinero.

Por tanto dinero, no podía ser un servicio normal, ella era una puta tirada, de la calle pura y dura.

Se acercó al anodino coche del que salía la mano que ondeaba el dinero.

El obsceno poder del dinero… Su coño tenía un precio distinto según el cliente y según la ocasión. Y su alma también. Al fin y al cabo la prostitución es un estado mental y dices amar a quien te follas, a quien se la chupas.

Se es puta de pensamiento y de coño.

Si le pedían un beso en la boca, no hacía remilgos idiotas.

Sobre las altas plataformas de sus zapatos blancos movía sus aún bien conservadas nalgas, a pesar de los veintiún años, haciendo de puta el cuerpo se estropea mucho. Su coño estaba blando y sus pezones casi encallecidos.  Una blusa de tul negro a medio abotonar dejaba ver parte de las areolas, le llegaba al ombligo y no cubría el culotte blanco de encaje que mostraba sin pudor una franja negra de vello en su monte de venus. Hay que cuidar la presentación, a las putas no se las quiere por simpatía o por inteligencia. Es solo carne para ser follada y untada en semen.

Cuando se acercó el cliente miró directamente a su coño, sin expresión alguna.

—Necesito una mamada; pero saldrá algo más que leche —le dijo el tipo de pelo ralo, de barba desigual.

—No importa, por esa pasta te saco lo que quieras.

La voz de la puta estaba rasgada por alcohol, tabaco y demasiado esperma.

Una noche como otra cualquiera, nada extraño. Mamada y dinero.

La puta, antes de subir al coche observó la calle: dos amigas suyas se habían metido en sendos coches y ya estaban felando los penes que les habían pagado. Un grupo de cinco putas hablaba animadamente frente a la sala de baile. Eran las tres de la madrugada.

Vació una bolsita de coca en el dorso de su mano y la esnifó dando la vuelta al coche por la parte posterior. Cuando se sentó al lado del cliente aún se limpiaba la nariz.

—¿Te la chupo aquí mismo? —dijo acariciando los genitales del tipo por encima del pantalón.

—No. Preferiría en una habitación.

—Está bien, tú pagas. Dos calles más arriba está la pensión.

El hombre olía mal, estaba sucio. Nada extraño, había mamado pollas con olor a vómito y mierda.

No hablaron durante el corto trayecto. En un acto casi de amabilidad, el hombre metió la mano dentro de sus bragas y le acarició el vello con escaso interés.

En la funcional habitación observó el cuerpo desnudo: estaba enfermizamente delgado.

Su pene fláccido. No quería estar demasiado tiempo con el tipo, tendría que emplearse a fondo para que eyaculara y poder volver a su sitio para conseguir otro cliente.

—¿Quieres que me desnude?

—No. Solo quiero que me la chupes.

—Si  no me avisas y te corres en mi boca, te cobraré doscientos más. Me da igual que sea semen con sangre o chocolate.

—No sé si te podré avisar a tiempo. Toma los doscientos —le ofreció cuatro billetes de cincuenta que sacó del bolsillo del pantalón tirado en la cama.

A pesar de su aspecto enfermizo y desastrado, la mirada del hombre era cálida, sus ademanes tranquilos. No había amenaza en sus ojos; tal vez algo de tristeza.

Era de esos tipos que no te das cuenta de que existen, que ellos mismos son conscientes de lo poco que pesan en el planeta. Importan poco, son invisibles.

A pesar de su negativa, desabrochó la blusa y dejó libres sus pechos grandes, los duros pezones tan castigados por las caricias y pellizcos de cientos de dedos. Tomó una almohada para ponerla en el suelo y aliviar la dureza en las rodillas.

Se arrodilló, él está atravesado en la cama con las piernas abiertas y los pies en el suelo. Una posición cómoda para la puta.

Aferró su pene y bajó el prepucio para descubrir un glande sin apenas color, los glandes hambrientos tienen un color morado por tanta sangre agolpada. Aquel glande era de un rosado pálido como el de un niño.

El olor de los genitales ya no la ofendía, aunque era capaz de apreciar la falta de higiene por la calidad del olor.

Y aquel olía especialmente mal.

Él miraba al techo con las manos bajo su cabeza. Solo su vientre se había contraído al sentir las manos de la mujer sobarlo y desnudar el glande.

Se lo metió en la boca y con los labios acarició desde la mitad del bálano hasta la punta del glande. El hombre respondió tensando las piernas y la polla adquiriendo rigidez.

Con la mano libre acariciaba y estimulaba los testículos. El hombre ya había variado imperceptiblemente la respiración por algún placer. Eso creía ella.

No había placer en su expresión, se concentraba y tensaba el abdomen más de lo habitual. Se metió la mano en la boca cuando su erección fue total y brotaron lágrimas de sus ojos.

Eran lágrimas de dolor, las putas distinguen esas cosas.

—¿Estás enfermo?

—Sí.

—Yo también, tengo el sida —respondió ella.

—Lo mío no tiene nombre…

Y calló de repente tenso por una fuerte convulsión, se mordió la mano con fuerza, hasta sangrar, por algún alienante dolor-placer. Las venas de su vientre eran varices a punto de estallar.

El glande se ensanchó en la boca de la puta y le separó las mandíbulas. Se asustó.

—No me dejes ahora, no ocurrirá nada, puta. Sigue mamando y te daré cuatrocientos más.

Ella aceptó sin poder remediarlo con todo su miedo, con todo su asco.

El hombre gritaba a la vez que lanzaba su pelvis hacia arriba, hundiendo más el pene en la boca de la puta, provocándole náuseas y dolor en las mandíbulas. No podía abrir  más la boca para liberarse de aquella puta polla.

Algo viscoso y blando sintió en la boca, algo se agitaba en su lengua a medida que el pene disminuía de tamaño. El cliente se relajaba y sus gritos se convirtieron en jadeos, en gemidos de placer y cansancio.

Entre un vómito salió de su boca una oruga ambarina, parecía vieja como la tierra misma: una oruga del tamaño de su dedo corazón. Se retorcía en el vómito, como si la hubieran sacado de su atmósfera. El gusano agonizaba. El hombre la aplastó con el pie desnudo y se limpió en las sábanas.

Unas gotas de sangre cayeron de la nariz de la puta.

—No te asustes, es solo una reacción alérgica a la podredumbre, se pasará pronto.

La puta vomitó otra vez al sentir de nuevo el hedor de aquel gusano en su boca.

El hombre la abrazó, la consoló. Ella lloraba.

Sus mejillas tenían ahora color, se le veía menos enfermo. Más fuerte y seguro.

—Soy la nueva generación humana, soy el primero de una nueva especie. La mutación de la corrupción humana. Mi semen es lo que la humanidad ha creado. Soy hijo de una pareja de idiotas, de dos seres tan vulgares que solo tienen parangón con los gusanos.

La puta oía aquellas palabras como una locura, como un delirio. Aunque el gusano en su boca, fue tan real como repugnante.

El hombre se vistió y alcanzó el picaporte de la puerta.

—Me ha gustado, lo has hecho bien. No siento tu asco y tu incomprensión. Todo yo soy podredumbre, huelo mal como los pensamientos humanos. Huelo mal como la mediocridad de los millones de humanos y no siento nada por vosotros. Soy el hambre y la hipocresía. Y mi semen es la semilla de todo ello. Soy la religión y el respeto. Gusanos en mis huevos. Y éstos fertilizarán óvulos. Y pudrirán a la madre que morirá momentos después de haber parido. Has tenido suerte, puta. Te podría haber follado.

El hombre podredumbre se marchó.

La puta entró en el lavabo y se limpió de vómito la ropa y las tetas. Se llenó varias veces la boca de agua y la escupió, lamentó no llevar pasta ni cepillo de dientes.

Se sentó con las piernas abiertas en el bidé y mientras dejaba que se llenara con agua fría pensó en la maldita naturaleza, en las mutaciones y en la podredumbre. En la humanidad repugnante que le importaba una mierda que su cuerpo se descompusiera por dentro por un virus. Que sus uñas se cayeran y le salieran llagas en los pliegues de la piel.

Se untó una crema en la vagina, y como le enseñó su madre, tiró fuerte de sus labios vaginales para abrir la vulva cuanto pudiera. Respiró profunda y repetidamente y emergió de su sexo la inquieta cabeza de una cucaracha que se ahogó en el agua. Era del tamaño de su mano.

Se preguntó si antes de morir por la infección, podría comprar una mamada a un chapero para poder soltar su cosa en la boca. Que otro tragara como ella había tragado.

No es justo no tener dinero para darse un placer como ese podrido se había dado con ella.

Una nueva especie… Tal vez sí, tal vez el gusano sea más discreto que las cucarachas que salen de su coño.

—Me da igual el puto gusano que la cucaracha —dijo en voz alta con el enorme insecto muerto en su puño— que se jodan todos como me joden a mí.

Mordió la cabeza de la cucaracha y la escupió, se puso la blusa y se ajustó las bragas para que se marcara la raja de su coño. Salió de la habitación hacia su esquina, a la puta calle de nuevo.

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666 y los niños pobres

Si no estás atento, morirás. Y no porque tengas buenos reflejos te salvarás; porque jamás podrías esquivar mi embestida.

Has de estar atento a la variación de la frecuencia del sonido y el enmudecimiento de algunos animales.

Has de estar atento a la sutil bajada de temperatura en el ambiente.

Y es por eso que mueren unos más pronto que otros.

Los que están más cercanos al mundo animal e irracional, al del instinto, tienen más oportunidades de detectarme: los niños.

El motor del Aston-Martin ruge intranquilo e impaciente esperando que el semáforo cambie a verde; y espero porque hay coches delante, no me importaría pasarlo en rojo y provocar un accidente que decapitara a seis primates.

Esperamos bajo la sombra de un árbol plantado en la mediana ajardinada de la avenida.

La calle que la cruza es pequeña y estrecha, no hay tráfico y menos cuando el sol cae tan a plomo en el maldito mediodía. Dos coches están delante de nosotros y mi Dama Oscura se ha subido la falda dejando desnudo su rasurado sexo, separa los labios para que el chorro de aire acondicionado le enfríe su siempre hirviente coño.

Tomo con la mano su vagina y presiono, ella responde mojándome. Yo ensucio el pantalón con mi fluido denso. Ella acaricia la gota que coincide justo con mi sobredimensionado glande.

Nací para el placer y para dar muerte. Mi polla es enorme; pero carezco del instinto de la reproducción. De hecho, soy todo lo contrario.

La zona ajardinada da acomodo a unos trece o catorce cachorros de primates miserables que venden sus miserias por diez pesos y por menos si el conductor está dispuesto a regatear.

El niño que se encuentra ahora ofreciendo sus obleas insípidas al conductor del primer vehículo, es de piel genéticamente oscura e higiénicamente lleno de excrementos de todo tipo. Desde aquí huelo su hedor y su sangre enferma, ese crío tiene una leucemia que nadie ha detectado. Conozco la muerte y la miseria mejor que ese Dios maricón al que rezáis.

— ¡Obleas a nosotros! —dice entre risas mi Dama Oscura.

¡Qué ironía, hostia puta!

Si el niño hubiera tenido más experiencia, hubiera observado la anómala y repentina quietud de las ramas de los árboles. Si el niño no estuviera amenazado por su amo, habría notado la hostilidad que emana a nuestro alrededor.

Si no tuviera hambre y sed por llevar ya siete horas entre los coches ofreciendo su mierda de dulces, no se habría acercado a MÍ. A Nos.

Cuando los dos primeros coches han negado las hostias al niño y se dirige a nosotros, se asombra ante la fastuosa línea del Aston.

Saco por la ventanilla un billete de cien pesos y el miserable primate acelera el paso con sus manos llenas de tiras de obleas.

—Cinco obleas por treinta pesos —me ofrece el pequeño primate de pelo negro aplastado en las sienes y los dedos llenos de costras.

A los primeros coches se las ha ofrecido por diez pesos.

Como estoy sentado y no puedo sacar el puñal que llevo metido entre los omoplatos, le coloco el cañón de mi Deserte Eagle en la boca y disparo.

La sangre me salpica y un trozo de mandíbula reposa ahora frente al coño de la Dama Oscura, como una broma macabra sobre un infantil y póstumo cunillingus.

La muerte tiene una de las sexualidades más impactantes. Es cabrona.

El cuerpo del niño desaparece de mi campo de visión y asomándome por la ventanilla dejo caer el billete en lo que queda de su cabeza.

Es uno de esos países en los que es fácil matar. La verdad es que mato sin problemas en cualquier parte del planeta; pero aquí es especialmente aburrido. Es tan habitual la muerte que a nadie espanta demasiado.

Los dos coches detenidos delante de nosotros se han puesto en marcha tras el disparo y los de atrás desearían poder dar marcha atrás con la suficiente rapidez para alejarse de nosotros.

El vehículo que está pegado al nuestro es una camioneta Ford Lobo y su ocupante es un tipo con sombrero de alas dobladas al estilo cowboy, camisa blanca ajustadísima con florecitas a la altura del pecho y unas gafas de sol tan grandes como el parabrisas de su vehículo. Desde el disparo apenas han pasado diez segundos e intenta salir del interior con las llaves en la mano.

Ya tiene medio cuerpo fuera cuando la Dama Oscura clava su estilete entre dos costillas superiores del lado izquierdo y corta hacia el esternón. Es un corte preciso y letal, ya que atañe directamente al pulmón y al corazón del primate. Esto no es una escuela, no se aprende. Yo se lo enseñé de un modo completamente filantrópico.

Recuerdo pasar mi glande por sus costillas antes de metérselo en la boca. Presionaba y le dejaba un rastro húmedo allá donde era letal clavar el acero. Ella se estremecía deseando que presionara así en su vulva de grandes labios.

La observo caminando tranquilamente hacia el último vehículo, en el que la conductora está tan asombrada, que en lugar de salir se mantiene inmóvil en el asiento aferrando con fuerza el volante con ambas manos. Sus tres hijos lloran en el asiento de atrás de un chevy salido de un desguace.

Disparo a los tres niños al pecho y a la madre en la sien, el coche se tiñe de rojo por dentro y por las lunas resbalan restos de primate y ropa. Enseguida puedo detectar el aroma insano de la sangre de primate.

Ningún animal descuartizado huele tan mal como un primate.

Escuchando los pulmones de los cuatro primates luchar por tomar aire, observo al cowboy morir bajo la mano de la Dama Oscura; la mancha roja que se extiende por su camisa ha empezado en el pecho y como una riada, antes de caer al suelo, ya se le agolpa la sangre en el cinturón. Amo a mi Dama por encima de toda la sangre y la muerte vertidas en este infecto planeta.

El resto de niños vendedores corren hacia sus cajas para guardar sus productos y escapar de la muerte. Un par de primates de mediana altura, que visten sucias sudaderas con capucha se acercan a los niños y los hacen sentar al lado de sus cajas llenas de golosinas e inútiles cosas, no se pueden ir. Ellos son los amos y no han dado permiso para que se muevan de su puesto de trabajo.

Un coche que se aproxima, frena con un chirrido de neumáticos y da media vuelta al observarme de pie ante la puerta abierta del utilitario y a la Dama Oscura sacudir con el pie el cuerpo del primate con gafas de pie y clavarle en la nuca el estilete. Por lo visto no se acababa de decidir a morir.

—¡Eh, idiotas! Vosotros no sois de la zona, esto pertenece a Don Armando. ¿Sois de la costa, verdad? —el del bigote se acerca alzando una vieja automática del 45.

Su amigo espera junto a los niños.

La Dama Oscura se acerca a mí, separa las piernas, levanta la falda y deja al descubierto su sexo. Con el puñal se acaricia el vértice superior de la vagina dejando un irregular dibujo de sangre en el pubis.

El moreno primate llega hasta nosotros y presiona encima de mi corazón el cañón de su arma observando con su mirada cerduna como la Dama Oscura se acaricia con el filo del estilete.

—¡Eres una linda puta! A ti no te mato ahora, serás el regalo de Don Armando; pero te puedes despedir del güero de mierda.

No soporto que un primate analfabeto me hable así, no soporto que me miren y siento naúseas cuando un mono y tan oscuro como éste, me toca.

Levanto rápidamente el brazo izquierdo y saco de entre mis omoplatos el puñal que llevo enterrado en la carne. Lo clavo con fuerza en sus genitales al tiempo que levanto el brazo que empuña el arma. Dejo el puñal clavado en su polla, apoyo el cañón de mi pistola en su muñeca y disparo. Con ello se pulveriza el hueso, y es fácil desprender la mano del brazo. Pego un pequeño tirón y me quedo con su arma y su mano. La mano la tiro dentro del coche para que jueguen con ella los tres niños muertos si pueden.

La Dama Oscura se agacha para abrir el pantalón del primate a punto de desvanecerse en el suelo y ver la herida del cuchillo.

—¡Tú! Mono de mierda, ven aquí o acabo de reventarle la cabeza a tu compañero.

No es habitual que se escapen los idiotas a los que voy a matar, mi voz no es melodiosa, ni amable. Es pura muerte, y tal vez por ello obedecen. Se dan cuenta los primates cuando van a morir, cuando es imposible alejarse de algo como yo. Sus instintos se cuajan de miedo y su voluntad se convierte en un mar de lágrimas por lo que nunca llegarán a ser.

Duda durante un momento y por fin deja caer la pistola en el suelo, junto a uno de los niños mendigos. Se acerca a nosotros descubriendo la capucha de su sudadera verde y grasienta.

La Dama Oscura ha descubierto la herida en los genitales del mono: el glande ha quedado partido en dos pedazos y el escroto rasgado deja asomar un testículo.

Hay poca sangre y se ve con claridad.

—No lo mates aún, mi Dama.

Ella me mira y acaricia el glande destrozado y se lleva los dedos ensangrentados a los labios. Mi erección es poderosa y me acaricio el pene por encima de la ropa, con mi natural obscenidad.

El mono tendido en el suelo balbucea algo ininteligible y mueve continuamente su muñón. Duele tanto el hueso reventado que poco le importan sus cojones.

Su compañero se ha detenido a un metro de nosotros, a pesar de lo sucio, se ve que tiene el cabello rubio y los ojos oscuros. Es un ejemplar de unos veinte años. El que se muere desangrado tal vez tenga quince años más. Sin embargo, el brillo de sus ojos, (de ambos) no da más que unos catorce años mentales.

—Sácale el puñal a tu compañero —le ordena la Dama Oscura mirándolo desde su posición arrodillada.

Ella sujeta los genitales con las manos para que el sucio mono rubio tire del estilete y no se lleve el trozo de glande.

El mono herido grita de dolor al sentir la presión de las manos ahí abajo y su amigo vomita manchándole los pantalones.

Son más limpias las matanzas de cerdos.

—¿Sabes que vas a morir aunque nos obedezcas, verdad? Hoy no verás como se pone el sol. No verás tal vez ni correr diez minutos en el reloj. Te odio por ser hombre, por ser mono, por ser sucio, por ser cobarde. Te odio como nadie puede hacerlo. No dejaré de ti ni el alma.

Cuando se agacha para empuñar el cuchillo, llora sin pudor alguno y durante un segundo se sujeta las sienes por un dolor. Es mi presión, es mi voluntad rasgando su red neuronal.

La ira crece en mí alimentada y avivada por las lágrimas de los primates.

Los niños pobres lloran sentados en la hierba, lloran en silencio porque alguien es más malo que sus amos. Huelen la maldad como yo huelo la mierda que hay pegada en sus pieles.

Por fin arranca el cuchillo, ha salido fácilmente.

—Límpialo con la lengua. El filo también.

Y lo lame. Se corta la lengua sin quejarse.

Se ha meado encima.

El moribundo a su vez, ha lanzado un grito atroz. Y no parece que acabe nunca.

Meto la mano en su boca y aferro su maxilar superior para arrastrarlo por el suelo hacia el bordillo de la acera. Elevo su cabeza y la golpeo contra el borde de granito. La parte posterior del cráneo se revienta con el primer golpe y ahora además de gritar sus piernas se convulsionan, haciendo que sus ensangrentados genitales se agiten ridículos en su pubis. Con cada grito que lanza mi ira crece.

Ya no sé cuantas veces le he golpeado, en algún momento dejó de moverse y ahora su cerebro está deshecho entre el bordillo y la calzada.

No soporto los gritos de los primates, no soporto tocarlos y cuando eso ocurre no existe fuerza en el universo que pueda mantener mi control.

La Dama Oscura posa una mano en mi espalda.

—No le queda ya ni alma, mi Dios. Deja el cadáver, deja el mono que ya no respira.

Los niños lloran, lanzan chillidos de pánico sin atreverse a mover de allá donde sus amos los obligaron a quedarse.

Hay miradas desde las casas, tras las ventanas. Cobardes monos que observan la muerte y callan rezando a su patética virgen y dios para que mis ojos no miren los suyos. La policía no aparece y hacen bien si no quieren morir.

Enciende un cigarro y me lo pone en los labios, sus manos acarician mis genitales en un masaje que me tranquiliza. Un grueso hilo de baba me cae de la boca y noto una tranquilizadora humedad en el pecho.

Se acerca al sucio primate que se frota las manos ensangrentadas. Con su fino estilete, le empuja en la zona lumbar para que camine hacia el grupo de niños que lloran ahora en silencio. A pesar de que la Dama y el insignificante hampón se acercan a ellos, no despegan su mirada de mí, de mi cara sucia de sangre, de los hilos de baba que se descuelgan de mis labios. De mi inmenso pecho expandiéndose para llenarse de este apestoso y caluroso aire. De mis ojos que prometen el tormento absoluto que aniquila el corazón y la mente al mismo tiempo. No hay tiempo para pensar, sólo existe el dolor.

Y los pequeños lo saben mejor que nadie, su instinto está aún a flor de piel en sus pequeños cerebros. Aún no se han hecho las callosidades en los sesos que los hacen idiotas.

Aspiro fuertes bocanadas de humo, admiro a mi Dama a través de la niebla suavemente narcótica.

—¡Atención, niños! Este señor no es nada. Está muerto. Solo pertenecéis a un único ser y es Él. Él decide vuestro momento de morir, a él le debéis terror y obediencia absoluta —les habla suavemente, y me señala a mí, como si les contara un cuento infantil, al mismo tiempo y situándose a la espalda del joven, le rebana el cuello al tiempo que tira hacia ella de su pelo sucio.

La sangre brota como un sifón y ensucia las ropas y caras de los niños, que ahora no gritan, gimen como pequeños cachorros de perro ante la desmesurada muestra de violencia.

Mi Dama es fuerte y aún aguanta el pesado cuerpo inerte por los pelos. Cuando la sangre deja de manar con fuerza, lo deja caer al suelo. Se derrumba como una serpiente con el espinazo roto.

Me he sosegado, mi visión del pútrido planeta que ese dios idiota creó en siete días de mierda, ya no es sanguínea. He recuperado mi visión y la sangre que cubre las piernas de mi Dama, como si de una menstruación se tratara, me provocan una poderosa erección. Voy hacia ella y sin girarse, sabiendo que estoy cerca, eleva su falda y me ofrece sus nalgas.

La penetro ante los niños pobres y miserables, entre sus nalgas encuentro su agujero infinito y húmedo y mi pene se desliza forzando una vagina que me adora.

Bombeando en su coño, provocando que sus ojos se entornen de placer, les hablo a los niños pobres. Les aviso, les comunico que su vida depende de mi humor. La Dama Oscura se hace un ligero corte en el pubis para desahogar toda la presión que le estoy metiendo por el coño. La sangre caliente riega su clítoris enorme que sobresale por entre los labios como un pequeño pene. Yo lo toco y lo castigo sin cuidado.

—Vais a sufrir, este terror que estáis sintiendo, os preparará para vuestra edad adulta, nada podrá ser peor que lo que veis, que mi voz. En parte agradeceréis mi presencia, en parte la aborreceréis porque temeréis a lo largo de vuestra vida encontraros conmigo. Seré la guillotina a punto de caer sobre vuestro cuello. No lo olvidaréis.

El pequeño de trece años y el mayor del grupo, parece ser el más valiente y me mira directamente a los ojos, desafiándome. Yo continúo follando a mi Dama. Sin perder el ritmo disparo mi Desert Eagle en su desnudo torso. La bala hace desaparecer su hombro y su cuerpo sale despedido fuera de la zona ajardinada. El brazo izquierdo pende ahora de un pellejo de piel y nervios y durante un hermoso y largo minuto, respira forzadamente, hasta que se vacía de sangre.

Y muere el pequeño primate.

Cuando sus pequeñas costillas cesan en su movimiento, mi semen resbala de la vagina de la Dama fundiéndose con la sangre. Con el pene erecto y goteando esperma, me pongo frente a ellos. Sus ojos están inmensamente abiertos y no son conscientes de las lágrimas que riegan sus rostros.

—Cuando alguien os mire como ha hecho Miguelito conmigo, lo debéis de matar como yo acabo de hacer. Sois unos muertos de hambre y no tenéis nada que perder. Matad a vuestros padres borrachos, dadle una buena paliza a vuestra madre sumisa, le encantará. Tú, Arsenio —el más pequeño de todos, de unos seis años— estás predestinado a morir por la diabetes en poco más de cinco años, no te doy la fecha exacta porque no puedes saber más que yo. Tus padres nunca te llevarán a un médico para curarte de todas esas llagas que te salen en la boca. Ni siquiera tendrán dinero para la insulina. Te quedarás ciego, te amputarán miembros y morirás.

Saben que digo la verdad, Arsenio mira sus manos y entre ellas caen las lágrimas. Está tan sucio que quedan marcados los regueros que provocan.

La Dama Oscura los obliga a ponerse en pie y desnudarse de cintura para arriba. Un coche patrulla de policía que circula por la travesía se detiene a cincuenta metros de nosotros, los once niños los miran con los ojos llenos de esperanza cuando bajan del coche y se acercan con las manos encima de las fundas de sus automáticas.

Soy mortal a cualquier distancia y disparo a sus gafas de sol. Sus cráneos se abren con una nebulosa roja por la parte posterior de su cabeza. Os aseguro que se han vaciado de masa encefálica en una décima de segundo. Sus brazos se elevan como si saludaran a la muerte por la potencia de los disparos y caen al suelo convertidos en dos monigotes. Son tranquilos hasta para morir en esta parte del mundo.

Los niños rompen a llorar de nuevo, a Axel de ocho años le doy un fuerte puñetazo en la mandíbula y se la disloco. Es la única forma de que las crías de primate presten una máxina atención: provocar el dolor.

Sus pequeños y oscuros ojos se han amoratado en el acto, los incisivos y el colmillo inferiores, se han quedado colgando de la encía. No tiene fuerza para llorar. El silencio es absoluto. Los vecinos continúan espiando cobardemente a través de las ventanas de sus pisos de mierda. Disparo a una ventana en la que he observado movimiento en las cortinas y al instante en el que el vidrio se rompe, en la cortina se forma una aparatosa mancha de sangre. Hay gritos y una mujer pide auxilio histérica, he matado a su padre, un vago de sesenta años tan cobarde como ella.

Clavo el puñal justo en el esternón de Axel, está quieto ya que se encuentra en estado de shock, cuando siento el hueso en la punta de acero, dejo de empujar y corto hacia abajo. Su dolor es inenarrable y me alimento con ello. Cuando llego al ombligo, acabo mi obra haciendo una línea horizontal cruzando la vertical: una cruz invertida para que Dios se joda.

La Dama Oscura capta la idea y en poco menos de diez minutos, hemos marcado a los once niños. Serán nuestros involuntarios apóstoles del dolor.

El temor que han vivido, los convertirá en perros salvajes y antes de que cumplan los dieciséis años, ya habrá matado cada uno a más de treinta personas. Todos salvo Paco de nueve años que morirá dentro de dos días por la infección de la herida (es débil). Y Salvador de ocho años, al que he destripado y dejado sus pulmones colgando como mantos de carne rosada en su torso.

Ningún primate de mierda tiene derecho a maltratar a los niños o esclavizarlos, y si lo hacen es porque me aburre hacer siempre lo mismo. Tengo otras cosas que hacer.

Niños pobres… Los habéis creado vosotros, los mantenéis; pero sois tan putrefactos en vuestra maldita hipocresía, tan cobardes, que jamás erradicaréis la miseria infantil.

Y yo mataré todo lo que se mueva, mataré todo lo que sea grande o pequeño, infantil o viejo. Embarazadas y vírgenes.

Mi Dama Oscura se arrodilla y saca mi miembro aún empapado en semen, bajo los pulmones de Salvadorcito que gotean sangre en nuestras ropas, ante las miradas ya casi desfallecidas de los pequeños.

Mi semen resbala de su boca por el cuello y yo relincho como el mejor de los sementales andaluces.

No existe la virgen, pequeños. Ni Dios os ayudará.

Subimos al Aston Martin y pasamos por encima de los cadáveres de los policías.

Vamos a comer unas enchiladas, tenemos hambre.

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Semen Cristus (16 final)

Candela y Josefina se dirigen charlando animadamente hacia el hogar de Semen Cristus, por el camino se encuentran con otras vecinas del pueblo.

Junto al camino de la casa se encuentra el todoterreno de la guardia civil y la cabo apoyada en él.

— Buenos días, Candela —saluda la cabo Eugenia.

— Buenos días Eugenia ¿vienes a misa?

— Hoy sí, por fin —dijo suspirando— ayer no pude asistir por un accidente de tráfico en la comarcal y me llevó mucho tiempo el atestado.

La mujer policía se unió al grupo de quince mujeres y enfilaron el camino hacia la casa. Un sendero de grava bordeado de macizos de margaritas y claveles rojos.

La fachada de la casa, restaurada y estucada en color salmón, tenía dos grandes letras caligráficas sobre la puerta de entrada SC.

Cuando entraron en la casa, la voz de Semen Cristus, bajó desde el desván:

—Benditas seáis, tomad mi cuerpo. Que el placer sea con vosotras.

El comedor se había transformado en un vestuario con dos filas de taquillas, y bancos en el centro. Las mujeres se desnudaron, y se vistieron con las bragas y sujetadores que llevaban en sus bolsos. Sujetadores negros translúcidos y bragas negras con una cruz roja sobre la parte delantera; estaban abiertas en la entrepierna. A medida que se vestían con aquella lencería, jadeaban excitadas. Candela se acariciaba contenidamente la vagina esperando que el resto de mujeres acabara de cambiarse.

Las mujeres subieron en silencio al desván. Sobre una cama sencilla y cubierto por una sábana roja con una cruz negra, se hallaba Semen Cristus.

—Te amamos Semen Cristus —pronunciaron las dieciséis voces al unísono.

Cada una de ellas se acercó a la cama y besó la sábana allá donde se encontraban los genitales de Semen Cristus

La última mujer besó un miembro duro y erecto que elevaba la sábana.

—Candela, madre querida. Libera el cuerpo.

La mujer se acercó a la cama y localizó en la sábana una abertura por la que metió la mano y sacó por ella el pene endurecido de su hijo dios. Acomodó también fuera de la sábana sus testículos y alisó la tela para que cubriera el resto del cuerpo.

Y así comenzaron todas a salmodiar una letanía de deseo y placer que se convirtió en un concierto de gemidos. Una a una durante su rosario obsceno, besaba y manoseaba el Sagrado Pene. Cuando todas hicieron su ritual, el pene de Semen Cristus se encontraba congestionado y sufría espasmos de placer, la respiración de Semen Cristus se había acelerado y trataba de demorar la inminente eyaculación. Su pecho hacía subir y bajar la sábana rítmicamente.

—Madre Mía, ven y ofrece mi leche, que gocen mi semen.

Candela volvió a acercarse a la cama, se sentó a un lado y aferró el pene caliente y viscoso. Las mujeres se llevaron las manos a sus sexos separando las piernas, sus dedos estaban brillantes de su propia humedad y Candela con la mano libre, acariciaba su clítoris casi brutalmente. Al tiempo que Semen Cristus gemía, las mujeres elevaban el tono de sus gemidos y el ritmo de las caricias.

Cuando las piernas de Semen Cristus empezaron a temblar ante la proximidad del orgasmo, Candela ya lamía el glande amoratado, para luego metérselo en la boca sin dejar de tocarse, torpemente. Había momentos en el que se le salía de la boca y volvía a metérselo desesperada.

—Madre ahí está mi leche para que el mundo se bañe en ella.

Candela se retiró y mantuvo el pene en su puño, firme y vertical para que todas lo vieran. Un primer chorro de semen se elevó unos centímetros por encima del miembro. La mano lo agitó con más fuerza y escupió más lefa viscosa, la mano de Candela estaba cubierta del caliente semen de su hijo.

Las mujeres gemían y llegaban al orgasmo desflorando sus vulvas hacia Semen Cristus.

Candela se untó la vagina con el caliente esperma y gritó cuando el orgasmo la obligó a arquear la espalda.

Las mujeres desfilaron ante la cama del hijo de dios y mojándose la punta del dedo corazón con el semen derramado entre la sábana, se santiguaron en el pubis y se tocaron el clítoris.

Salieron en silencio de la habitación.

Antes de salir, Candela le preguntó a Semen Cristus que aún jadeaba.

—Dime Semen Cristus ¿está bien mi hijo?

—Tu hijo es feliz, María. Tu hijo sonríe y canta en un mundo de luz y sonidos celestiales. No necesita nada, no te necesita. Sólo te ama y desea verte pronto.

Candela descubrió el rostro de Semen Cristus, al que ya no reconocía como al hijo que parió y le besó la frente.

Aquellos ojos no eran los de Fernando.

Ya llegaban las voces animadas de las devotas desde el vestuario.

—¿Convoco a misa de ocho?

—Sí, Madre querida.

Cuando llegó al vestuario se formó otro revuelo de risas y voces y las dieciséis viudas satisfechas, tomaron camino del pueblo para continuar con sus quehaceres diarios.

Alguna le pidió a Candela que la anotara a la misa de la tarde para el día siguiente.

Para el turno de la tarde, había doce viudas apuntadas para la misa.

A medida que iban saliendo de la casa, las mujeres depositaban dinero a través de la ranura de una caja de madera que había a un lado de la puerta principal de la casa.

Ecijano es el pueblo con más viudas por metro cuadrado.

La cabo Eugenia redactó y mecanografió debidamente los atestados por las muertes de los catorce varones que murieron por distintos accidentes en aquella “quincena negra”, como la llamaron los forenses.

En su profunda paranoia las devotas Sementeras han acordado pedir la beatificación en vida de Semen Cristus en el Vaticano.

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El padre José no olvidó la conversación con Carlos, simplemente hubieron muchas muertes en aquel pueblo durante las dos semanas siguientes a su charla con el marido de Candela. Muchas misas fúnebres, muchos servicios. Demasiados para aquel pueblo.

Dos semanas de pesadilla, y de un mal interpretado dolor de las viudas.

Era todo demasiado extraño, fue demasiado fácil que murieran tantos hombres en tan pocos días.

Se dirigía a pasar la tarde con su colega el párroco del pueblo vecino. Al llegar a la altura de la casa recién remodelada de María detuvo el coche a la entrada del camino de grava y se dirigió a la casa para hablar con María con el pretexto de que le diera un remedio para su tobillo. Se lo debía a Carlos.

Tras llamar varias veces al timbre nadie respondió.

Se dirigió hacia el establo, una de las puertas estaba abierta, sin entrar gritó desde la entrada.

—¡María!

En la penumbra de aquel maloliente establo, no se podía atisbar movimiento alguno; pero sí podía escuchar sonidos de pisadas y el ronquido tranquilo de un cerdo.

Entró y la penumbra lo envolvió también a él.

—¡María, soy el padre José!

Silencio.

Avanzó hasta la pocilga del cerdo, acostumbrando sus ojos a la penumbra.

Cuando llegó a medio metro de la jaula, el animal se puso en pie apoyando las patas delanteras en el barrote de acero de su pocilga y lo miró directamente a los ojos, mostrándole amenazador sus enormes colmillos.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Y sintió humedad en su zona lumbar y un gran dolor en el vientre.

Cuando se dio la vuelta llevando las manos a las púas de la horca que lo había atravesado, vio a Jobita, la viuda de Gerardo empuñando el astil de la herramienta.

El cerdo roncó con ira y sintió como los colmillos de aquel enorme animal le destrozaban el cuello.

 

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Semen Cristus (15)

Cuando entró en el establo, se encontró con un crucificado en la cruz, éste tenía la cabeza cubierta con un pasamontañas, la piel de su cuerpo era más morena que la del Cristus que ella conoció. Y por su forma de respirar, parecía estar ansioso, nervioso.

María la miraba expectante. La mujer se santiguó ante el cuerpo crucificado y echó tres monedas en la caja metálica.

Se escuchaba el zumbido del vibrador y el tubo de vidrio se agitaba temblón con el pene del nuevo Cristus embutido en él.

María se situó tras Candela que en aquel momento rezaba concentrada frente a la cruz, en una mano llevaba una hoz que levantaba a medida que se acercaba a la feligresa.

Fernando había podido ver a su madre y a María entrar en el establo a través de las hierbas del campo que lo ocultaban. En el momento que las mujeres desaparecieron en el interior del establo, se puso en pie y corrió en su busca.

Cuando entró a gatas a través de la puerta entornada del establo, la santera estaba muy cerca de su madre, con la hoz en alto. Se hizo con una azada que encontró semienterrada en un rimero de paja y avanzó hasta las mujeres.

El cerdo lo observaba avanzar con los ojos brillantes y en un inusual silencio.

María esperaba tras ella con la hoz en alto, Candela se había bajado los pantalones y tenía una mano metida dentro de las bragas.

—Hazme gozar, Sagrado mío —rogaba en voz alta.

Fernando se puso en pie, con la azada en alto y descargó un fuerte golpe con el plano de la hoja en la espalda de María, ésta cayó al suelo con un grito de dolor y la hoz voló de sus manos.

Candela se subió los pantalones.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó la atemorizada voz del crucificado desde el interior del pasamontañas.

—¡Puta loca de mierda! —Candela se abalanzó sobre la semiinconsciente María golpeándola en cara y pecho.

—No, Candela. Déjame a mí, que no te lleve la ira. Esta víbora ha de responder directamente ante Mí.

Candela dio dos pasos atrás. María no podía moverse por el dolor, tal vez su columna estuviera afectada.

De una caja de herramientas, Semen Cristus, el único, cogió un martillo y unos clavos oxidados. Colocó una tabla en bajo la cabeza de María, extendió un brazo de la loca a lo largo del madero y clavó la mano izquierda atravesando la palma de la mano.

El intenso dolor hacía que María contuviera sus convulsiones para no desgarrar la mano. Cuando sintió el clavo entrar en la mano derecha, no pudo dominarse y su cuerpo se revolvió en el suelo desgarrando más aún los cartílagos afectados.

El cerdo se puso en pie sobre sus patas traseras , apoyando las patas delanteras en los barrotes de hierro de su pocilga gruñendo, con su mirada inteligente clavada en María; de sus colmillos caía una baba espesa y su pene se mostraba excitado entre sus patas traseras y en el sucio suelo.

Candela subió a la cruz por la escalera que usaba María, rozando la piel del falso Cristus. Llegó hasta la balda donde se encontraban las hormonas y jeringuillas.

Inyectó cuatro dosis en los pechos de María, clavando la aguja en los pezones.

María pensaba que no había nada más doloroso que las manos atravesadas por clavos. Se equivocaba.

La aguja entrando en el pezón puso a prueba su lucidez mental, y el líquido inyectado en aquel tejido sensible y glandular se convirtió en fuego dentro de su carne.

Semen Cristus y Candela fumaban observando a María. Tal vez pasaron veinte minutos hasta que sus pechos se inflamaron desmesuradamente, sus pezones se abrieron y dejaron manar una sangre muy clara que se deslizaba por los costados de su cuerpo grasiento. Y sus gritos se hicieron insoportables.

La piel de los pechos se hizo oscura, en los pezones se tornaron verdosos y una costra blanda y húmeda se formó en ellos.

Fernando había recogido la hoz del suelo y se acercaba a María.

La punta de la hoz se clavó con fuerza en la garganta de la santera, un fuerte tirón y se abrió la carne hasta la papada. Durante un minuto se estuvo retorciendo en el suelo, desangrándose, intentando contener la sangre con las manos.

Murió mostrando sus sucias bragas manchadas de menstruación.

Parecía que el cadáver dejaba escapar todo su fétido olor. El cerdo gruñía nervioso en la pocilga y el crucificado intentaba liberarse de las ataduras en la cruz.

Semen Cristus subió por la escalera y preparó una jeringuilla de heroína que clavó en la vena del crucificado. Le administró tres dosis seguidas; las tres papelinas que tenía en la pequeña estantería junto a una sucia y ennegrecida cucharilla y una caja de ampollas de hormonas de uso veterinario.

Fue en la tercera inyección cuando las costillas del crucificado empezaron a contraerse con fuerza, hasta que en poco menos de dos minutos el cuerpo quedó colgado en la cruz con la lasitud de un cadáver. La orina llenó el tubo de vidrio y sus intestinos se vaciaron quedando pegadas las heces entre sus nalgas y el madero vertical de la cruz.

Semen Cristus cortó las ligaduras de los pies y después las de las manos, no dejó caer el cuerpo. Con suma facilidad lo cargó en el hombro manteniendo el equilibrio en la escalera de madera y lo extendió con cuidado en el suelo.

—Hemos de ser cuidadosos con el cuerpo, lo envolveremos con sábanas tras haberlo limpiado, tenemos que evitar que se magulle; cuando lo llevemos al campo de tu marido, no ha de quedar ningún rastro de este lugar en su piel ni en la ropa que le pongamos.

Candela corrió hacia la casa en busca de sábanas, en la entrada de la casa había un llavero y cogió las llaves de la furgoneta.

Salió del cuarto de María presurosamente con un lío de sábanas entre los brazos y la ropa que suponía que pertenecía al falso hijo de María.

—Limpia bien la paja que tiene pegada en la piel —dijo Semen Cristus incorporando el tronco del cadáver.

Candela rompió un trozo de sábana y la utilizó para limpiar suave y metódicamente la piel del cadáver. Cuando se aseguró de que no quedaban restos adheridos en la piel, extendió una de las sábanas en el suelo. Semen Cristus dejó caer suavemente el cuerpo en la sábana. Hicieron la misma operación con la parte inferior del cuerpo. Cuando estuvo razonablemente limpio de restos de paja y suciedad, lo envolvieron con dos sábanas limpias.

En dos sacos introdujeron la paja manchada de sangre que había en el suelo y cortaron en pequeños trozos el madero. Metieron también las jeringuillas y frascos de hormonas.

Candela abrió las dos puertas del establo, y caminó deprisa hacia la furgoneta con las llaves en la mano. Condujo hasta el interior del establo.

Cargaron el cadáver del yonqui y cubrieron el cuerpo de María con paja.

—Tu marido está con mi Padre, Candela. Está feliz y tranquilo. Ahora vamos a la alameda que limita con el campo, allí lo he dejado. Descansa ya en paz.

Candela creyó desmayarse; pero Semen Cristus, el cuerpo de su hijo, metió la mano entre sus muslos y le acarició el sexo con ternura.

—Sé fuerte Candela.

Se sintió imbuida de valor y resolución.

Subió a la furgoneta y se dirigieron al campo.

Cuando llegaron al tractor, el motor aún funcionaba. La sangre había manchado la camisa y los pantalones de Carlos y su mueca de dolor congelado, la boca abierta y su piel cerúlea, provocó el vómito de la mujer que se contuvo a duras penas.

Fernando la acompañó hasta la furgoneta.

—Siéntate mujer, no salgas. Serénate.

Semen Cristus cargó el cadáver en su hombro adentrándose cien metros más allá de donde se encontraba el tractor. Desplegó la gran lámina de plástico para invernadero que había dejado allí antes de ir a la casa de María. Carlos la llevaba en el tractor para proteger la fruta que recogía de pájaros y granizo. Dejó caer el cadáver y vistió el cuerpo con la ropa que había encontrado Candela, cuidando de que su piel desnuda no entrara en contacto con la tierra.

Dejó el cadáver sentado en la tierra con la espalda apoyada en el tronco de un chopo, dando la espalda a la furgoneta. Clavó una jeringuilla en el pliegue del codo izquierdo y tras cerrar el puño de David en el mango del cuchillo, lo dejó a su lado, muy cerca de la mano que se apoyaba fláccida en la tierra. En el bolsillo de la cazadora, metió la cartera del padre de Fernando tras limpiarla con un trozo de sábana y dejar las huellas de la mano muerta del cadáver en ella.

Cuando volvió a la furgoneta, Candela aún lloraba ocultando la cara entre las manos.

Semen Cristus la atrajo hacia su asiento y besó sus labios, sus lenguas se encontraron y Candela sintió que sus pezones se erizaban y endurecían. Cuando Semen Cristus metió la mano entre sus piernas, las separó cuanto pudo ofreciéndose a él.

Las adolescentes manos hicieron presa en su sexo agitado de dolor, miedo y deseo.

—Debemos volver, hemos de acabar el trabajo en el establo, nos arriesgamos a que empiecen a llegar feligresas y encuentren el cuerpo de María. Todo saldrá bien, bendita Candela.

De nuevo en el establo, Candela sacó al cerdo de la pocilga.

Semen Cristus cavó una fosa en la pocilga, y metieron allí el cuerpo.

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Semen Cristus (14)

Cuando David despertó en el establo, sintió náuseas por la insoportable peste y se sacudió el pelo para sacarse los insectos que tenía enredados. Miró la cruz y sintió vergüenza. Y una fuerte excitación. La heroína aún fluía por sus venas dulcificándolo todo. Jamás se había metido mierda como aquella en la sangre.

 

Cuando entró en la casa, se encontró a María planchando sábanas y túnicas.

—Es para ti. Tienes que parecer Leo, que nadie sepa que me ha abandonado. Les diremos que es tu penitencia cubrirte el rostro —dijo entregándole el pasamontañas.

—¡Joder! Voy a parecer Rey Misterio, pero con la polla en un tubo.

María soltó una carcajada y sus enormes y fofas tetas temblaron como gelatina.

—Ya verás como te gustará. Además, ¿dónde te iban a pagar por hacerte unas pajas?

—Voy a ducharme, ese establo está hecho una mierda.

—Mañana, cuando acabes las misas, lo limpiarás y tal vez matemos al cerdo.

¬—Lo que usted diga, jefa —contestó desapareciendo tras la puerta del lavabo.

Durante el resto del día, David estuvo ensayando las frases que usaba Semen Cristus en sus misas. María, lo miraba muy fijamente con las piernas separadas y sin bragas bajo la bata. Cosa que provocaba cierto desagrado al chico, puesto que olía a orina y mierda.

Al anochecer, María se dio por satisfecha con lo aprendido por David.

Ninguna de esas zorras rurales, podría sospechar que David no era más que un yonqui. Un completo desconocido.

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Eran las ocho de la mañana cuando Carlos vio a su hijo caminando por el campo, condujo el tractor a su encuentro. Se preguntó extrañado qué debía ocurrir para que se presentara en el campo tan temprano y sin haberse curado de la gripe; imaginó muchas cosas y todas malas. Aceleró con impaciencia.

Fernando llevaba guantes y un grueso anorak de plumón; las mañanas ya eran muy frías. Su semblante como siempre, estaba serio y no dejaba transmitir más emoción que cierta agresividad adolescente.

Detuvo el tractor a unos metros de Fernando, que esperó quieto a que su padre llegara hasta él. Abrió la puerta para que su hijo subiera a la cabina para evitar hablar con aquel frío en el campo.

—¿Qué ocurre Fernando?

—Mamá me ha dicho que te traiga este bocadillo. Se va a casa de la María y no tendrá tiempo de preparar la comida hoy —dijo echando una última nube de vapor.

—¡Pero bueno! ¿Qué coño le pasa a esta mujer? Ya estoy cansado de esta historia de la bruja y sus remedios de mierda. Y encima te envía a ti. ¿Te ha dicho por qué va pasar tanto tiempo con María la loca?

—No. Sólo la he oído hablar por teléfono con Lía y la Eugenia, por lo visto se van a reunir unas cuantas.

—¿Me dejas conducir el tractor hasta los chopos?

Carlos sonrió, a Fernando le encantaba conducir el tractor. Y ya no tenía que variar el ajuste del asiento, era tan alto como él.

Carlos bajó del vehículo para que Fernando ocupara su asiento y volvió a subir por el otro lado.

Sin mediar palabra, Fernando pisó el embrague, introdujo la primera velocidad y condujo lentamente hacia los chopos.

—¿Y tú cómo te encuentras? ¿Vas a ir a clase?

—No, ya llego tarde y estoy cansado. Y además, hoy hay clase de educación física; cuando llegue a casa me meteré en la cama.

Carlos puso la palma de la mano en la frente de su hijo y éste hizo un mohín de disgusto.

—No parece que tengas fiebre.

—¿Crees que de verdad María puede curar con sus hierbas y unas cuantas oraciones?

—Lo que creo es que tu madre y sus amigas están muy aburridas.

—¿Crees en Jesucristo, en Dios?

Carlos miró a su hijo asombrado.

—Sí, supongo que sí.

—María dice que su hijo es Jesucristo encarnado, el nuevo mesías.

—Ni se te ocurra hacer caso de lo que dice esa loca. Tu madre va a tener que dejar de ir a su casa.

—Yo creo que dice la verdad, papá.

Carlos miró a los ojos de su hijo, tenían un brillo especial, algo parecido a la locura que crea realidades de la fantasía. ¿Y si en el colegio tomaba algún tipo de droga?

—Te voy a llevar a casa, esta noche hablaremos de este asunto.

—Papá, soy Jesucristo, soy su hermano: Semen Cristus.

El asombro de Carlos se convirtió en su último pensamiento. Fernando le clavó el cuchillo que había sacado de dentro de la manga del anorak. El acero partió en dos el corazón y Carlos aunque abrió la boca, no fue capaz de articular sonido.

Cuando le arrancó el cuchillo del pecho, el cuerpo se estremeció ligeramente.

Condujo el tractor al interior de la chopera, hasta que debido a la cantidad de troncos, el campo no se podía ver y por lo tanto, el tractor tampoco se vería desde el camino de acceso a la finca.

Dejó el motor en marcha, limpió con cuidado el volante y el interior de la cabina. Sacó la vieja cartera del bolsillo de la camisa de su padre y se la guardó en el bolsillo del anorak.

Cuando bajó del tractor, limpió la maneta de la puerta por la que había subido y corriendo campo a través, se dirigió a casa de la María la loca.

A trescientos metros de distancia pudo ver la figura esbelta de su madre entrar por el camino de la casa de aquella santera.

Aceleró el ritmo y cuando su madre presionaba el timbre de la puerta, se tiró en el suelo para no ser visto.

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—Pasa, Candela, vamos a tomar un café.

Candela no abrió la boca, se sentó frente a María en la mesa de la cocina y negó un cigarrillo que le ofrecía.

—Ya está todo preparado, Semen Cristus espera en la cruz y tú serás la primera feligresa de su nueva etapa de reinado.

—¿Quién es, María?

—No importa la carne, es Semen Cristus, el cuerpo es sólo una caja. El Mesías del Placer está allí, gobernando su cuerpo y su mente.

Candela se sintió excitada a pesar de que sabía que no era así. El verdadero Semen Cristus se había reencarnado en su hijo. Aún sentía en la boca el calor del semen con la que había comulgado aquella mañana. Lo que fue su hijo la había bendecido con su leche divina.

Tal vez, la locura de María era contagiosa y aquella secta de dieciséis mujeres que aportaban su dinero semanalmente para sostener la Nueva Iglesia del Placer, no eran más que cerebros lavados por los desvaríos de aquella loca y su hijo también esquizofrénico.

—Estoy impaciente, María, necesito a Semen Cristus, lo necesito para ser mujer de verdad.

María sonrió satisfecha, sabía que todos aquellos meses de placer no podrían borrarse de las mentes de aquellas mujeres. Bien al contrario, aquellos casi cuatro días sin ritos, había creado en ellas una profunda ansiedad y voracidad. Sus sexos palpitaban, sudaban deseando comulgar con la leche de Semen Cristus salpicando sus pieles frías.

-Vamos al establo. Santíguate ante él cuando llegues y no esperes respuesta. El espíritu aún no gobierna bien el cuerpo. Dale tiempo; pero ofrécele tus oraciones en voz alta. Que se sienta confortado por las feligresas que lo han hecho divino en la tierra.

La santera se puso en pie, Candela la siguió. La santera caminaba firme y rápidamente hacia el establo. Candela dirigía la mirada al campo buscando a su hijo, el mesías, el nuevo Semen Cristus. Caminaba presurosamente intentando no quedar atrás.

 

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