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Terra
La Coctelera

Iconoclasta, la provocación en estado puro.

Relatos, ensayos, iras, sexo... Y a lo mejor, algo de risa.

Hijo Aragón

Hay un bebé en un limbo oscuro, en una atmósfera sin luz, aunque no necesita atmósfera, porque no tiene pulmones.

Es mi hijo, es de ella.

Y espera a ser parido. Está solo el muy valiente.

Llora en lo profundo de un espejo del que no puede salir.

La espera es tan infructuosa…

En su cuna de vacío y hielo agita las piernas, sueña en la oscuridad con el beso de mamá.

Los ecos del pasado y del futuro que se propagan en el universo lo abandonan a si mismo. Lo hacen más pequeño, más indefenso.

Conoce la vida y no la siente.

Deja ir sollozos de sueños inocentes y sencillos que no se cumplirán jamás.

No se lo diré, es muy pequeño. Tampoco le contaré que sus padres lloran por su cuerpo no formado. Hay noches en las que mamá llora abrazada a un vientre sin hijo. En los que papá se muerde los labios de pena.

Papá abraza a mamá y no tienen al pequeño Aragón entre ellos. La noche se hace drama y es oscura como el fondo del espejo.

Y a pesar de no tener ojos, el bebé llora lágrimas cortantes como vidrios por un amor que no puede palpar con una piel que tampoco existe.

Un principito sin cuerpo y sin planeta.

Es mucha soledad… No es justo.

Hay estrellas que dan miedo a mi pequeño. Los cometas queman y los asteroides pican. Le duele el universo en la soledad absoluta.

No existir y sentir todo ese amor en el que podría hundirse lo desespera.

Llora con sus puñitos cerrados y las uñas negras.

Tan pequeño…

A veces alucino con oír sus gemidos, su llanto de soledad. Arruga la nariz esperando la teta que nunca chupará y los dedos de sus pies no sienten la mano que los acaricia midiendo su perfección como les ocurre a los niños con cuerpo.

Exige en su inocencia las caricias que los bebés merecen porque para ello nacieron.

Es hombre y se llama Aragón, como su madre.

Aragón está esperando en su cuna de vacío a que un día el universo cambie, que ocurra un milagro o un desastre que pueda convertirlo en un bebé con cuerpo y abandonar el miedo y la tristeza.

Está solo y yo no puedo acceder a la dimensión no-vida para alzarlo en brazos hasta que ría.

No llores, mi pequeño Aragón; papá piensa en ti más de lo que aconseja la mente. Más allá de la lumínica fantasía, de la oscura realidad.

Mi hijo no nato, sonríe triste ante nuestro amor, sonríe con un dolor que no se merece ante los besitos que no llegan, que no se materializan.

Llora en el universo oscuro y frío. Llora hipando al amor reflejado como una ráfaga de luz que viaja en el tiempo. Desde todos los tiempos.

Y para él la soledad es infinita.

A veces pienso acelerar mi muerte y poder estar con mi pequeño. Esperar juntos a mamá, que no se sienta solo.

Otras veces, cuando me falla el valor, cierro los ojos e ignoro su llanto. Su palpitar en mis testículos, su ansia de nacer.

Me abrazo a la madre y le susurro todo mi amor, porque sé que a mi pequeño Aragón le encanta saber que sus padres se aman y le necesitan, es el único momento en el que puedo sentir su sonrisa en el fondo del espejo, abriendo sus puños y elevando los brazos para estar entre nosotros.

Hijo Aragón, duele tu no-vida, pequeño nuestro.

Te buscábamos, te buscamos, te buscaremos.

Te encontraremos, pequeño Aragón.

Iconoclasta

Este texto está inspirado en la obra “Hijo Iconoclasta” de Aragggón.

La ilustración es un montaje de Aragggón.

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