Publicidad:
Terra
La Coctelera

Iconoclasta, la provocación en estado puro.

Relatos, ensayos, iras, sexo... Y a lo mejor, algo de risa.

Categoría: Reflexiones

Medio siglo

No sé si queda algo por lo que maravillarme, cuando cumples medio siglo de vida todo se sabe, se conoce.

Y lo que no se conoce se intuye con milimétrica precisión.

Como el final de las rosas cortadas, no hay que ser un genio.

No me fio a estas alturas de que pueda ver algo nuevo, prefiero mantener un sano escepticismo. Un cinismo nada refinado.

No hay sorpresas, solo algún que otro terremoto, alguna molestia descontrolada. Cosas que no tienen la suficiente importancia como categorizarlas en sorpresa.

La basura evoluciona (al igual que los seres vivos y los edificios), tranquila por el espacio y a mi alrededor. Hay veces que orbita demasiado cerca; pero tengo recursos para evadirla muchas veces.

Siempre hay una luz de esperanza que brilla como una ridícula vela votiva en una capilla; para que no nadie diga que soy un desencantado. Pero que algo cambie y me sorprenda es una simple lotería en la que no pongo ningún esfuerzo por interesarme.

A los cincuenta uno debería mantener los logros, recordarlos, atesorarlos como prueba de vida. Porque si no recuerdas, no has vivido.

No acabo de verlo así, no puedo porque sudo fuerza en mis músculos.

Me han dicho muchas veces a lo largo de mi vida que mi ímpetu y mis arrebatos se aplacarían con la edad. Luego me dijeron que ya debería haberme apaciguado e integrado en la vida.

Me dicen que nunca cambiaré.

No voy a escribir de lo que oigo, de las experiencias ajenas. Aún tengo demasiada leche en mis huevos.

No me mató un coágulo de sangre en el pulmón y no voy a sentirme tranquilo y relajado por tener cincuenta años de mierda.

Necesito seguir ejerciendo mi crítica, mi injusta visión de las cosas y demostrar que sin drogas, mi cerebro sigue creando las más lisérgicas, oscuras y perversas ideas.

No quiero paz, ni que cese el hambre y la miseria en el mundo. Tengo poco tiempo y no lo puedo perder en otros. Soy un egoísta nato.

No seré nunca un viejo afable. Tal vez porque no llegue a viejo o porque no sea jamás alguien amable con la humanidad y ansioso de desear buenas cosas a cualquiera.

Moriré cagándome en dios, intranquilo, insatisfecho. Encolerizado.

No se oirá de mí palabra cordial alguna hacia la humanidad.

Solo mi cariño y amor por mis queridos humanos que son muy pocos.

Nunca creí de pequeño, que ahora en mi bajada libre hacia la muerte, a la vejez; sería tan valiente avanzando hacia el final.

Superé mi miedo infantil a la muerte sin apenas darme cuenta. He pasado de ser cobarde a indiferente hacia la muerte y la vida de otros.

La muerte no me importa y la vida a veces me molesta.

Morir es un mal menor cuando pasas revista a tus errores.

Recuerdo multitud de cosas buenas; pero los errores me avergüenzan con la misma intensidad que en la época que los cometí, que los cometo.

Masturbarme no siempre me distrae de esas cosas y a veces el semen gotea espeso y triste por los dedos cerrados en el pene entre un orgasmo contaminado de algún fallo idiota. Pesan y avergüenzan sobre todo, los fallos de los otros, los que no se pueden controlar y traen consecuencias. El error de los que se mueren antes de tiempo cuando los amas, de los que me han juzgado sin tener ni puta idea. Esos errores son los que más me irritan, los de los otros. Los que son aleatorios y producto de unas cabezas que no me interesan.

Y traen consecuencias como cobrar menos dinero por un excesivo trabajo, por ejemplo. Pequeñas cosas que joden. La hipocresía que me avergüenza de ser humano.

Si de algo sirve ser cruel con uno mismo (autocrítico como eufemismo), es para serlo con los demás. Me he denigrado y despreciado tanto, que los demás, sus actos y sus pensamientos son mi comida diaria. Afilo sus huesos arrebatándoles todo el honor que hubieran podido tener. Todo su carisma me lo fumo con bocanadas profundas de mis cigarros.

Tengo cincuenta años, no puedo creer en hombres santos, benefactores y genios. No existe la justicia, solo hay leyes que me joden y coartan mi libertad. Sé cuanto dinero cuesta todo y el dinero circula en manos de un reducido grupo de puercos muy exclusivos.

Y si hay una contante universal, es que con honradez y sinceridad no se gana el suficiente dinero como para ser feliz no se triunfa en nada.

Tengo cincuenta años. Siempre he tenido los cincuenta y algo me decía que las cosas no iban a ser fáciles y que hay mucho hijo de puta envidioso controlándolo todo. Si te ven sonreír te amargan la sonrisa por pura ostentación de poder y envidia.

Fui un niño de medio siglo con miedo a la muerte, había noches que no quería dormir porque tenía miedo a no despertar.

Y ahora no quiero dormir para seguir insultando a los envidiosos. No es faltar el respeto insultar a los poderosos, a los jueces y a los millonarios. Es un acto de justicia. El mismo respeto debo que el que me han dado; en definitiva, me paso por el forro de los huevos todo ese respeto de mierda hacia las instituciones y los grandes maestros de toda disciplina.

No puedo dormir y no tengo miedo a que me estalle una arteria en el cerebro de tanto imaginar a tanto idiota despedazado y con sus rostros de deficientes mentales salpicados de mi semen.

Tengo cincuenta años y no me calmo, no me apaciguo.

Todos tuvieron un craso error al juzgarme; pero ellos no se avergüenzan, les falta cojones para verse en el espejo tal y como son.

Yo soy un espejo de medio siglo.

Y lo que con un ejercicio de candidez deseé cuando soplé las velas de la tarta, creedme, es mejor que no lo sepáis.

Buen sexo.

Iconoclasta

Safe Creative #1205151652828

Canciones de una infancia lejana

¿Te puedes creer, pequeño Iconoclasta ahora muerto, que siento ganas de llorar cuando las viejas canciones que escucho me devuelven a una edad de una ternura e inocencia ya desconocidas para mí? Cuando era tú…

Yo no me reconozco como aquel niño que llevó un come-discos de bandolera, pantalones cortos y el pelo peinado con raya. Que tenía miedo de los deberes que aún le quedaban por terminar algunos domingos a la tarde. Y al día siguiente ya no se acordaba.

Ahora el miedo dura días. La angustia es más profunda y no hay lágrimas que llorar. Ya no hay padres que te ayudan, te hacen reír o te dejan ver la tele aunque sea un poco tarde.

Da vértigo y pena haber perdido aquello por el camino. Porque lo que fue muriendo con el paso de los años, fue la fantasía, los sueños pueriles en los que imaginaba ser algo importante.

Metal Guru suena y estremece lo más hondo de mis recuerdos; cuando mi hermano y yo, subíamos el volumen hasta hacerlo atronador, lo repetíamos y lo repetíamos viendo girar el disco en el plato. Me acuerdo de aquellas portadas en los singles con el “Nº 1 en USA” o “Nº 1 en Inglaterra”. Peper Box sonaba en los autos de choque con Palomitas de maíz y un amigo sentado con chulería en el borde de la protección  del coche cayó en la pista cuando lo embestí. Las risas…

Las risas tan sencillas, tan frecuentes. Deliciosamente banales.

Los miedos eran divertidos.

Es terrorífico reconocer mi ignorancia en aquella infancia mía. La falta de recursos intelectuales para poder vislumbrar siquiera, una fracción infinitesimal de lo que iba a ser y sentir de adulto. Y me alegro de ello, no necesitaba saber lo que ocurriría, porque nada hubiera cambiado; excepto la infancia: no hubiera sido tan feliz.

No quiero reconocer que cuando aquellas canciones se empezaron a olvidar, hay tanta muerte, que hubo tantos pesares.

Porque los primeros dolores son los que más se recuerdan, los más intensos. Los primeros desengaños y la pesada losa de la vergüenza de haber creído demasiado en lo bueno.

Dime pequeño Iconoclasta ya muerto, que entre las canciones de Mungo Jerry y Suzi Quatro no hay tantos hermosos momentos que no volverán. Dime que habrán otros, tan hermosos como aquellos. Dime que cuando pasen los años y mi cerebro se haga blando, lloraré por el presente, como lloro ahora por la infancia perdida.

Dime que siempre hay momentos felices, en cualquier edad. Que esta melancolía es solo un fallo químico y momentáneo en mi cerebro.

Engáñame, pequeño Iconoclasta ya muerto. Dime que padre vive, que la abuela aún duerme en la habitación pequeña, casi con un ojo abierto, que madre no está enloqueciendo y muriendo a cada instante llevada por la insania de un cerebro que se ahoga en sangre. Dime que aún mi hermana se enfada cuando le decimos con burla y voz repelente: “Tejanos John”.

Dime, tú que sabes de esas cosas, pequeño Iconoclasta muerto; que mi hijo me ama, que no se olvida de mí como yo no olvido a mi padre.

Dime todo eso mundo de mierda, dame algún motivo para estar seguro de que hacerse mayor es un triunfo en la vida.

Fórmula V suena barriendo el hoy para devolverme a un ayer en el que no exigíamos saber nada, solo vivir al momento; como si la muerte no fuera con nosotros a pesar de haber dormido en nuestra casa. Que la adolescencia nos hacia vigorosamente insensibles al desaliento.

No necesito retroceder al pasado, es volver a morir como niño. Es saber que jamás se repetirá toda aquella despreocupada vida. Aquella forma de sentir miedo por las pequeñas cosas. Y vuelvo allá aunque duela, me puedo permitir ese lujo, porque la infancia me hizo fuerte.

La vida me curtió con malos y buenos momentos, no puede hacer daño saber que una vez fui inocente y no sabía nada. Es hermoso… No me da vergüenza llorar un rato.

“Et j’ai crié…”, grité tanto a nuestro padre muerto en los momentos felices como en las desgracias…

Soy padre y he recorrido mucha vida, más de la que me queda y a veces pienso como un niño, es extraño. Porque nada en mi cuerpo ni en mi mente me hace suponer que un día fui un chaval. Fue un sueño…

Dime, pequeño Iconoclasta ahora muerto, que volveremos a fumar a escondidas, que descubriremos secretos, y palabras que están vedadas. Que disfrutaremos de fiesta en el colegio por la muerte de un dictador.

Todo aquello pasó y las preocupaciones hoy día son espantosamente aburridas, conservar un trabajo, vivir prisionero de una verdad que ha ido empeorándolo todo con los años: no soy nada, no trascenderá nada de mí.

Un tiempo, quiero pasar un tiempo oyendo canciones de una infancia ya fantasmagórica y no pensar. Dejar que las lágrimas se desborden por dentro de mi cuerpo por una nostalgia que me roba la respiración ante los recuerdos aún tan vívidos.

No quiero que todo hubiera ido mejor, estuvo bien así, estoy bien así; pero es inevitable rendir unas lágrimas a todo aquello.

Nos lo merecimos, nos lo merecemos.

Un beso, pequeño Iconoclasta ahora muerto.

(A mi hermano Paco, que evocando canciones me ha transportado repentinamente a una infancia que fue mía y nuestra, que no volverá; pero recordamos con una ternura infinita a lomos de viejas canciones).

Iconoclasta

Ilustrado por Aragggón

Safe Creative #1204301552100

De salud y cobardía

No hay mucho que temer, no hay que preocuparse demasiado por la salud, hay demasiadas cosas que pueden estropearse y se desperdicia tiempo con ellas.

Los cuerpos se estropean, los estómagos funcionan demasiado tiempo y los genitales y los anos no cesan de orinar y excretar.

Mucho desgaste…

Se agotan, se erosionan, se irritan…

Y el cerebro siempre pensando.

El cerebro es digestor, además es carroñero y por tanto se traga toda la mierda que le echan. Aún más que el corazón. No hay uno sin el otro; pero con un cerebro inservible ¿quién quiere un corazón sano? Es mejor morir cuando el cerebro se estropea; en un momento de lucidez suicidarse con los medios que se disponga.

Y así, salvado lo más importante que es el cerebro, no hay razón alguna para preocuparse. Los enfermos no pagan culpa alguna; es una mera cuestión genética y hagan lo que hagan, ese tumor o corazón débil, florecerá o se partirá en dos.

Es curioso que durante el proceso de una enfermedad grave que el paciente no reconoce (simplemente tiene molestias), cuando el médico le comunica su gravedad, se viene abajo anímicamente y empeora y degenera a velocidad aeroespacial.

Y entonces ese paciente ya no hace caso a su pensamiento, su único consuelo son las esperanzas de mejora tras cada visita. Que el médico le diga que se cura, es algo que le ayudará a sobreponerse, al menos anímicamente.

La salud solo ha de preocupar cuando nos falta el aire y eso dura solo unos minutos; los dolores están presentes toda la vida, cada articulación y cada músculo es imperfecto, las vísceras y su química a veces se desequilibran y solo cabe esperar con calma, que se equilibren de nuevo o bien, nos maten sin prolongar demasiado la agonía.

Cuando te permiten fumar en la habitación de un hospital, es que estás con un pie en la tumba. Sin embargo, no sentía esa agonía, mi cerebro me decía que no estaba tan mal. No podía creer la gravedad de mi estado. La reconocí cuando tosí y escupí sangre; pero eso había pasado.

Yo sabía perfectamente cuando mi estado era de muerte, no necesitaba médicos, ni calmantes, ni ánimos.

Y eso me enseñó que preocuparme por la salud era una pérdida de tiempo, y que solo yo puedo conocer el estado de mi cuerpo. Mi cerebro funciona como un reloj suizo de putos cientos miles de euros.

El cerebro lanza una señal de alarma, cuando algo no va bien. Una señal terrorífica que te dice que vas a morir. No tengo miedo a ello.

Y ahí es cuando se cumple aquello de que cuanto mejor te trata la vida, más duro resulta morir.

Es mentira, morir siempre es más dulce que vivir.

Y seamos prácticos y sinceros, los que más adoran y se aferran a la vida, son los millonarios y gente poderosa que lo tienen casi todo.

Casi… Porque les falta valor y capacidad para soportar el dolor.

A mí no me gusta la cobardía ni la debilidad.

Pueden irse a tomar por culo con todo su poder y cobardía.

Yo no le como la polla ni al mismísimo Jesucristo si se me apareciera.

A lo sumo le podría decir que creo en sus dementes alucinaciones de milagros para sacarle algo de dinero. Le diría: soy pobre, Jesús. Dame dinero.

Pero sin fe alguna, sinceramente. No creo en los barbudos de dulce mirada y palmas sangrantes.

Que venga una enfermedad no es preocupante y no existe remedio; lo que ha de preocupar realmente es que la pobreza y la cobardía es el peor mal de todos.

El colmo de la pobreza es ser además cobarde. Más desgracia no puede haber en una sola persona.

Y bueno, me preocupa más las ganas de petarme el culo que tiene un “joderoso” (por poderoso), que el cáncer de garganta que se me está gestando.

Tengo más huevos que cualquier presidente de mierda de cualquier país piojoso (todos).

No me jodáis con un dolor de cabeza, coño.

Iconoclasta

Buen sexo.

Safe Creative #1204041423548

compártelo Tags: salud, cobardia Categorías: Reflexiones

Mis hijos idiotas

Donde nacen los hombres y mujeres no es ningún lugar sagrado ni especial. No hay más que espermatozoides y un óvulo que creará una desgracia más.

Otro error.

La procreación es una masturbación avanzada en demasiadas ocasiones. Carece de interés.

La maternidad y la paternidad no son sacramentos sagrados ni conforman misterio alguno. No hay nada que explicar sobre ello y no deberían gastar tanta saliva en semejantes estupideces. Los cerdos son madres y padres también.

Un idiota folla a una idiota y si no van con cuidado, si no saben follar con inteligencia, engendrarán a otro idiota.

Siempre se preguntan si el condón hay que ponérselo en la lengua o en la polla durante el tiempo que rasgan el envoltorio con los dientes.

Lo malo es que no es una posibilidad, lo malo es que es una certeza. Los idiotas se reproducen como roedores, follan mal y tienen hijos. Muchos, asaz.

Y aquí está mi principal arma y estímulo para mi gran obra.

La rareza y la excelencia se hallan en la reproducción entre seres inteligentes y elegantes.

Donde nace el gran porcentaje de hombres y mujeres es una horma de zapato de carne sanguinolenta, un útero adocenado. Algo demasiado vulgar. No se debería celebrar el noventa y nueve por ciento de los nacimientos.

Yo no celebro el nacimiento de los prosaicos; pero colaboro en la población del planeta. Que se joda el puto mundo.

Los coños de las idiotas no son de oro, no brillan ni son tan hermosos como en las películas pornográficas. Los penes de los idiotas no son grandes, no llenan las bocas de sus anodinas hembras. Sus glandes son grises.

Ellos y ellas piensan que sí, que sus genitales y sus rostros son hermosos. Se sobrevaloran, ergo sobrevaloran a sus crías.

Si tuvieran algo de entendimiento más allá de comer, dormir, follar y dejarse deslumbrar por sus amos y las migajas que les regalan, ahogarían a sus hijos al nacer.

No es odio, es puro desprecio. Puedo vivir rodeado de idiotas sin sentirme infectado. Es una cuestión de sabiduría, de reconocerse único.

Ella es idiota; pero está buena, es como una carcasa pulida y bien pintada con un motor defectuoso. Me he corrido en su vagina con un gruñido viejo, una mezcla de molestia y placer. Es la número cincuenta y tres de mi colección de mamás cachondas.

Me la he tirado, y se va a quedar embarazada de la misma forma que la orina huele mal. Es un hecho.

Mi leche las preña, mi semen es poderoso y especial. No existe nada que pueda detener mis espermatozoides, no hay píldoras que puedan frenar mi leche inundando y permeando su coño y su útero.

No hay antibiótico ni antiviral para acabar con mis genes y su poder reproductivo. Soy Supersemen, el héroe de marvel que avergüenza a los bienhechores.

Es tan poderosamente imbécil esta mamá, que sus genes arrollarán los míos inteligentes y perfectos. Es algo que no importa, es algo que tengo controlado. La subnormalidad siempre anula la inteligencia y la fantasía. Lo sabe todo aquel que no es deficiente mental. Yo y unos pocos más.

No pienso reconocer como mío a ese bebé con mirada de imbécil que nacerá. La idiota está casada con otro tarado y mantendrán juntos a la criatura. Será mi regocijante secreto.

Ni siquiera guardaré memoria de su nacimiento.

Mis espermatozoides me importan el rabo de la vaca, no me importa que solo sirvan para dar un cuerpo sano a una criatura con cerebro de mierda. Ojalá naciera sin sesos.

Será mi justa aportación a este mundo de mierda tan lleno de miseria y vulgaridad.

Es mi harén de mujeres idiotas casadas con otros idiotas. En mi despacho de director las jodo por el culo, las asfixio metiéndoles mi lustroso pijo en la boca y me corro en sus coños, en lo más profundo. Nacerán bebés rollizos y hermosos con una larga vida, con unos buenos cojones o una vagina poderosa para la reproducción; pero serán tan vulgares como sus madres y los padres que trabajarán para alimentarlos como si fueran  suyos. Y esos bebés gilipollas, a su vez, tendrán tantos hijos como veces les metan la polla a su mujeres. O sus parejas se corran dentro de ellas. Y otra andanada de idiotas nacerán de esos bastardos míos para llenar las calles y alimentar a jueces, políticos y funcionarios de mierda.

Adoro la progresión geométrica cuando me lleva al orgasmo.

Una de ellas, la número cuarenta y nueve quedó embarazada la semana pasada tras penetrarla analmente. El semen que rebosaba entre su esfínter y mi pene, se escurrió como una serpiente viva en su vagina.

Me gusta follarlas, me gusta joder a las mamás idiotas que traen a sus hijos a mi colegio; pero no me gusta desperdiciar mi excepcional semen. Si mis hijos son idiotas, obedece a mi voluntad.

Mi primogénito, el que ame, será inteligente como yo. Su madre es la profesora de matemáticas que he contratado. Me adora y le encanta que la joda en horas lectivas. Sentarse en mis muslos cuando estoy en mi sillón y a través de las cortinas observando a los niños jugar en el patio, llegar a un intenso orgasmo y desclavarse de mí con su coño goteando semen. Piensa que sus anticonceptivos sirven de algo.

Ya es una embarazada inteligente, lo sé por su forma de expresarse, sus maneras de seducirme y usarme, el tono de sus gemidos cuando se la meto.

Mi hijo, el amado, será el más joven de todos esos bebés idiotas.

Tengo algo que las humedece. Detectan mi especial naturaleza,  por encima de mi capa de amabilidad y cultura hay algo ponzoñoso que las excita. Mi semen huele aunque esté dentro de mis cojones; ellas aspiran el aroma entrecerrando los ojos. No son estudios, es mi experiencia.

Sean idiotas o inteligentes, mis testículos desprenden un vapor que las prepara para abrirse de piernas y dejar regar sus úteros con mi esperma elegante e inteligente.

Toda mi energía se dirige a mi cerebro para interferir en la selección genética de la humanidad, y a mi polla para crear muchos estúpidos.

Mi ansia por hacer daño a la humanidad no es locura, es una decisión tranquila y meditada. Quiero que mi vida transcurra plácida, no tiene porque ser traumático ni demencial ser malvado.

Los hay que cometen masacres. Yo simplemente hago que nazcan más idiotas y además me gano bien la vida.

Si no me causara demasiadas molestias, podría apretar el botón rojo de una explosión nuclear a nivel planetario mientras me como unas patatas fritas al punto de sal.

Ya me he follado a cincuenta y tres madres, y como idiotas que son, se han quedado embarazadas por segunda, tercera o cuarta vez. No aprenden, se pueden pasar años embarazadas con una sonrisa estúpida en la cara.

Algunas de ellas ya no me miran a los ojos; saben que si dejan de traer a sus hijos a la escuela por algún estúpido remordimiento, enviaré una carta a sus maridos para que sepan de quien es el segundo o el tercer hijo que alimentan. Evidentemente, ninguno de esos maridos subnormales me va a encontrar, tengo demasiado dinero como para quedarme a su alcance y unos buenos cojones para seguir embarazando a idiotas en cualquier otro lugar. Además, vendo mi semen muy caro, las clínicas de fertilización me tienen muy bien considerado.

Me casaré con la profesora de matemáticas y criaré a mi hijo a mi imagen y semejanza, porque mi futura esposa es buena e inteligente; pero es demasiado amable con la chusma y querrá dar una educación demasiado relajada y bonancible a mi primogénito.

Mi hijo crecerá y se educará en mis propias aulas, rodeado de todos esos cincuenta y tres bastardos que he creado. Cincuenta y tres idiotas entre los que aprenderá a abusar de ellos, a engañarlos, a ser superior y usarlos para sus medios.

Hasta los nietos de los bastardos serán de utilidad a mi hijo. A mi amado hijo.

Ellas están preñadas para que mi hijo se haga grande y poderoso a costa de ellos, de los idiotas.

Tal vez nazca alguno con síndrome de Down por la avanzada edad de algunas de las que me he follado, no importa, le daré clases también.

Dejar preñada a una mujer está sobrevalorado. Ser padre es una cuestión que muy pocos entienden más allá de enseñarles a jugar al fútbol y darles de comer mierda.

Esta capacidad mía para procrear hombres y mujeres idiotas, es lo que me hace superior a ojos de mí mismo. Ellas, las cincuenta y tres madres, son estúpidas; pero sé que por dentro se arrepienten, que algo no funcionó bien a pesar de cómo gozaron. Tal vez porque cuando me corrí dentro de cada una de ellas con total precisión, se dieron cuenta de que fueron usadas y que no era tan excitante como pensaban. Cuando tras correrte apartas a una tía sin amabilidad, cuando le empujas la espalda para que salga del despacho y no le das las gracias por el buen rato que te ha hecho pasar, pasas a ser un mamón y un poco despreciado.

Aún así, la mayoría seguirán viniendo a mi despacho hasta que sus barrigas les impidan follar con comodidad.

Sus bastardos entrarán cogidos de sus manos en mis clases y entre ellos se desarrollará mi hijo, el auténtico.

Hay que tirar estiércol para que el fruto crezca grande y pleno.

He creado cincuenta y tres sacos de abono. No ha sido laborioso. No es trabajo que te coman la polla y luego hundirla en las entrañas idiotas de tantas mujeres. Y es que además, las madres estúpidas, son las que mejor follan. Lo he disfrutado, lo gozo.

Cincuenta y tres sacos de mierda serán suficientes para que mi hijo se parezca a mí.

¿No es gracioso? Tal vez se folle a su propia hermana a los quince años en los lavabos de mi escuela y la deje preñada de otro bebé de mirada imbécil; continuando así mi trabajo, mi educación. Mi sofisticada forma de ver la vida.

Sin violencia; pero con asco.

Estropeándolo todo desde el génesis.

De hecho, siempre lo han hecho así los curas, los jueces, los millonarios, los políticos y los pervertidos que tienen el poder; solo que yo lo hago con gracia y mi polla es gorda.

Mi hijo los convertirá en mierda cuando cumpla tan solo los dieciocho años, a los que ahora están en el poder por una mera cuestión de azar y que son idiotas también. Ni con todo el dinero del mundo podrían tener mi poderoso semen para crear más ciudadanos a los que violar.

Mis hijos son idiotas porque es mi voluntad.

Mis hijos son idiotas porque yo así lo he querido.

Ni siquiera son mis hijos.

 

Iconoclasta

Safe Creative #1203271379915

compártelo Tags: hijos, semen, idiotas Categorías: Reflexiones

La mujer de la mala suerte

No es de risa, no tiene gracia.

Encontró a un hombre que casi la mata a palos.

Y a otro con el que tuvo un hijo producto del amor; pero fue efímero.

Y duele el recuerdo de lo que no fue.

Otro cabrón la robó, dejó huellas en su cuello con sus manos obesas, la engañó y la embarazó de algo que casi la mata.

¿Por qué llueve sobre mojado? Siempre…

No es justo, hermosa mujer, que haya tanta mala suerte en tu vida.

Un día creyó ver un príncipe azul; pero solo era un espejismo en sus ojos anegados de anhelos y lágrimas desesperadas.

Y con su flamante “príncipe azul”, descubrió algo atroz: la cancerígena mediocridad. El hastío de los días iguales. De sueños que se hicieron grises lienzos sin relieve y sin movimiento.

Días lisos…

Vida apagada…

Mujer de mala suerte, si no te rasgan el coño, te rasgan el alma.

Y otro desengaño más.

La desesperación y la soledad no son buenas para elegir un amor.

Se equivocó.

Es normal equivocarse cuando el miedo y la soledad es una atmósfera de la que no hay más remedio que respirar. No tiene que pagar culpa alguna.

No es mala, es demasiado buena; ahí radica el error, la envidia de ellos. La nuestra.

Tampoco es buena la madre que es mala.

¡Qué mierda! Bella mujer de mala suerte.

Nunca juegues al azar, no lo hagas, valiente señora. Solo los idiotas ganamos algo en las apuestas.

Lucha.

Tenía razón aquel idiota que dijo: “No existen los príncipes azules”.

Toda la sangre es tan vulgar, la mía. La aristocracia es un peluca llena de piojos y chinches.

Sé que sus deseos de amar son comparables a su belleza. Su mala suerte es de idéntica proporción. Las proporciones a veces son peores que la desproporción.

Los seres excepcionales no son afortunados y los mediocres los intentamos anular.

Mediocres y avaros.

Yo tampoco tengo suerte con mi idiosincrasia. Me veo en el espejo y sale vómito de la boca de la imagen. Supongo que es la mía, a veces no me conozco.

Lamento la nueva piedra hiriente en tu camino.

Otra llaga más en el cuerpo, otra en el alma.

Los príncipes azules humillan. Y humilla al propio príncipe que no lo es. Humilla al hombre mediocre cuando cierra los ojos y escucha su propia respiración. Hace mierda su orgullo, lo que quede.

Ni siquiera tienes una madre medio mala que te sirva de consuelo.

Pobre mujer de mala suerte…

Hay en tu horizonte heroínas muertas con las que sueñas ser como ellas y escapar de esta vida vulgar y banal.

Pero sobre todo dolorosa.

Necesitas vivir sus intensos amores, tan lejanos de los que has conocido. Vivir con trágica intensidad.

Y la vida solo te ha dado la tragedia, se ha olvidado de la intensidad.

Caímos en los lodos movedizos y sin fondo de una ilusión formada por frustraciones, por faltas.

No podía acabar bien este viaje.

Y el desierto se extiende ante mí. Es lo que busco, mi destino.  Una soledad que me haga arder de una vez por todas. Me ha tocado un premio en la lotería de la mierda.

No tengo tan mala suerte como tú, mujer hermosa. Porque ante ti se extiende aquello de lo que huyes: la soledad.

Cuando el desierto me calcine, y si hay dioses; intercederé por ti, para que te otorguen un beneficio, un amor que no sea un error.

Muerto no seré mediocre y seré un ectoplasmático príncipe azul del color de la arcilla sucia y un cuerpo que se pudre. Tendré más suerte que tú, o al menos la mía llegará más rápida.

Mantente firme, no te rindas, bella mujer de mala suerte.

Hay tiempo regado con lágrimas; pero tiempo al fin.

Que la suerte te acompañe, es un deseo tan banal y adocenado, como sincero y triste.

 

Iconoclasta

Safe Creative #1202281213172

Suturando horrores

Puntadas lentas y profundas suturan su vagina entre riadas de fluido lechoso.

Está desesperada y su coño es una fuente que la deshidrata. Ante el espejo de la habitación, sentada a los pies de la cama con las piernas abiertas, atraviesa los labios mayores con la aguja curvada, hace correr el hilo cerrando su coño con el esfuerzo de un dolor mortificante. Una baba sexual y densa se derrama de su vagina; la aguja resbala entre los dedos y una gota de orina que se escapa por una puntada especialmente dolorosa se esparce por el plástico transparente que protege la sábana de raso negro.

La sangre que sale perezosa entre las puntadas enturbia la claridad de sus dedos y de la carne que cose.

Una boca sellada a cualquier polla que quiera entrar sin su permiso, sin su venia.

Ojalá fuera tan sencillo, un deseo tan claro…

Entre dos puntos asoma el clítoris duro e irreverente, por muy fuerte que sea el dolor, se eriza, se desespera, se rebela ante el encierro. Entre todo ese dolor, una caricia suave en ese duro botón provoca que un jadeo profundo y oscuro se escape de su boca.

Siente la tentación de tocarlo más tiempo, de oprimirlo. Abre más las piernas y la sutura en su vagina se tensa. Un trallazo de dolor le provoca un escalofrío en los muslos y algo de excremento asoma por sus nalgas; una marea oscura deslizándose por el protector plástico.

Sexo, sangre, orina y mierda. Y el dolor lo enmarca todo: deseo y paranoia.

Un horror que la realidad esconde…

Un fotógrafo enfermo oprime el obturador y las lágrimas del deseo oscuro crean ríos negros en el rostro de la degenerada.

El fotógrafo desaparece de su mente enfebrecida y ante el espejo se muestra una mujer con algo sangrante entre las piernas sellado por negros hilos. Inflamado y tumefacto. Unos pechos llenos que se rebelan contra el sujetador, rebosando las areolas por las copas, parecen recibir los ecos del corazón. Suben y bajan con desasosiego con el suave roce de su dedo en un clítoris palpitante que deja hambriento.

Se reconoce puta y cierra su coño al mundo, a ella misma.

Se encierra en el dolor.

Se derrama yodo en el coño herido y el frío líquido da sosiego a su corazón acelerado.

Se traga un analgésico ayudada por un sorbo de café frío y se deja caer de espalda en la cama aspirando un cigarrillo, sin hacer caso al excremento frío que ahora toca su coxis.

—Soy una cerda… —y ríe olvidando el tormento de su mutilación.

La humillación es otro dolor, está bien.

Despierta de un sueño que no es más que el desmayo de una mente perturbada y las piernas no se atreven a cerrarse, su vagina está dura, encostrada y siente que late con furia. Alza la cabeza para mirarse en el espejo. Su coño está dilatado, los labios son carne enrollada y prieta. No conocía la magnitud de su sexo.

Sus nalgas están sucias de mierda.

Grita cuando se incorpora para dirigirse a la ducha, la sutura está dura y siente ganas de orinar.

Con la ducha en la mano, dirige el chorro a la vagina. El agua tibia le da paz y deja escapar la orina que se filtra por sus heridas y la obliga a doblarse de dolor.

No seca la vagina, no puede ni rozarla. Con cuidado, se coloca una compresa.

Camina con cuidado y se acuerda de cuando parió hace diez años. La habitación apesta y recoge con cuidado y asco el plástico protector.

Se prepara un sándwich de queso que vomita al instante. Se deja caer en el sofá con las piernas abiertas. La compresa está sucia de sangre y se transparenta en la braga blanca calada. Es un reflejo deforme ante el televisor apagado.

Hace cuatro horas que cosió su sexo y le duele como si solo hubieran pasado cinco segundos. No puede sacar de su mente su imagen reflejada en el espejo, el hilo corriendo y tirando de esa carne suave que tanto placer le proporciona. Su clítoris vuelve a rebelarse a pesar de todo ese daño auto-infligido.

No lo toca, en lugar de ello, toma hielo del congelador y lo mete entre la compresa y su carne.

Su hijo la observa con una sonrisa desde el marco de una foto en la mesita. Sonríe con una cacatúa en el hombro, hace cinco años de aquella foto en la reserva de aves; su padre estaba tras la cámara. Ella se sentía feliz y no tenía el coño hecho mierda.

Llora ante su hijo muerto y rememora el accidente. Un automóvil invade el carril y consigue evitar el choque completo frontal. El impacto lo recibe el lado derecho, donde su hijo va sentado y todos los vidrios del mundo les van al rostro, lacerando la piel lentamente. La puerta se dobla y se convierte en una cuchilla que se clava en el lado derecho de su hijo, rompiendo costillas y cortando pulmones.

Entre la sangre que lloran sus ojos, observa a su hijo intentar coger aire. Solo se le escapa sangre por la boca. Los coches unidos por el impacto, por fin se detienen y queda frente al conductor muerto que asoma su cabeza deshecha y vaciándose de sesos por el parabrisas roto. No le importa, intenta tomar a su hijo en brazos, pero el metal casi lo ha partido en dos y lo aprisiona. Ella desespera y no se da cuenta cuando un médico le inyecta algo y la desconecta.

Era un día hermoso, claro y con un cielo saturado y salpicado de enormes nubes de algodón. Cristian tenía siete años y miraba arriba soñando con algún día poder saltar en esas nubes. Clara se reía ante la ocurrencia, sonreía cuando vio demasiado cerca la cara del conductor que los iba a destrozar.

Despertó en el hospital con un intenso dolor entre las piernas, una parte del eje del volante, se había roto y se había incrustado en el monte de Venus desgarrando la vagina y parte del vientre. Gaspar, su marido se encontraba a su lado cuando despertó. Era médico en ese mismo hospital.

Aprendió que un dolor podía ocultar otro. Y su mente se abrió al placer enfermo a través de las manos de su marido actuando en su espantosa herida.

Las curas dolorosas: gasas empujadas al interior de la carne, coño adentro para limpiar y prevenir la infección. Los tirones de la sutura en su parte más sensible. La monstruosidad de un coño reventado… Su hijo casi en partido en dos a su lado competía por ser un dolor más agudo que el que había entre sus piernas y su vientre.

Los dolores se pelean por ser importantes.

Y la mente aprende a sacar provecho de ello. Aún a costa de la cordura.

La depresión es un caldo de cultivo para las paranoias. Y ahora su coño late de ansia esperando a su médico, a Gaspar.

—¡Clara! ¿Lo has hecho otra vez?

La despierta zarandeándola, tras abrir su bata y descubrir las bragas manchadas de sangre.

Se abraza a él aún sentada y besa sus genitales a través del pantalón.

—Me duele mucho, Gaspar. Me duele hasta el mismo corazón.

Hace meses que el tiempo ha dado un protagonismo demente al dolor de su coño. Es necesario hacerse daño para combatir el horror de Cristian muerto.

Hace meses que Gaspar no puede evitar sentirse arrastrado por su mujer a la misma depravación del dolor. A él también le duele.

Se arrodilla ante ella, y ante la mirada de Cristian.

De su maletín de primeros auxilios saca las tijeras y corta la braguita de Clara.

—Abre más las piernas —le exige con rudeza.

—No puedo, me duele mucho.

Gaspar separa con las manos las rodillas con fuerza y decisión, ella gime. Siente una erección húmeda crecer entre su ropa cuando ve el humor sanguíneo que mana de la sutura prieta.

Se saca el pene por la cremallera del pantalón ante la incomodidad y la visión del clítoris brillando entre todo ese daño.

Ella ha desabotonado completamente su bata y le ofrece los pechos endurecidos, Gaspar coloca una pinza quirúrgica en cada pezón y las aprieta hasta que Clara gime, hasta que los dientes de metal, están a punto de romper la tenue y sensible piel.

Por la vagina se desliza una baba rojiza que Gaspar lame suavemente a pesar de que ella intenta aplastarle la boca contra su sexo, agarrando su nuca con las manos.

La tijera entra veloz en el primer punto, el más cercano al ano y corta de golpe. La mujer eleva las piernas por el dolor intentando apartarse de su marido, él no lo permite y corta otro punto más.

—No te muevas… —le dice al tiempo que pellizca su vagina en la zona superior, sobre el clítoris.

Clara hace rechinar los dientes de dolor y placer. Permanece quieta y expectante con el corazón bombeando pura adrenalina.

Él frota ahora sus labios cosidos con el pene, presionando con fuerza, sintiendo las contracciones de dolor de su mujer. Ella tira de las pinzas consiguiendo desgarrar la piel de los pezones.

Gaspar corta rápidamente los once puntos de sutura que aún restan y Clara se muerde los labios por no gritar. Siente el placer de la liberación de su coño y el dolor que la lleva al placer más insano.

—Métemela ya. Jódeme, cabrón.

—Tendrás que hacer algo por mí —dice Gaspar incorporándose y abandonando el coño húmedo de sangre y baba sexual.

Se arrodilla en sillón, a su lado, y le hace coger su pene.

—Descubre el glande, Clara.

La mujer cierra el puño y tira del prepucio. Exhala un suspiro de placer al observar el meato cosido con dos puntos de sutura, los cabos están sueltos.

—Tira de ellos con los dientes.

Con los dientes estira los hilos y la sangre mana cubriendo el glande. Gaspar empalidece ante el dolor y sus testículos se contraen. Se ha mordido el labio hasta hacerlo sangrar.

Clara le da consuelo metiéndose profundamente el bálano, hasta la úvula y provocándose una arcada.

Ante la mirada de Cristian, hacen un coito ensangrentado con un dolor que le haría girar la cara a dios si existiera.

El dolor es el remedio a su horror.

Un día aparecerán desangrados unidos por sus sexos mutilados.

Suturando horrores, combatiendo el dolor con más dolor. Como si fuera posible…

Cristian continuará sonriendo con su cacatúa al hombro.

Todos muertos, ya no hay dolor.

Iconoclasta

Safe Creative #1202231182565

compártelo Tags: dolor, sexo, tristeza Categorías: Reflexiones

Iconoclasta, la bestia

He decidido no existir, he decidido que toda vuestra mierda no me atañe. Conjuro el cáncer de pulmón y de garganta para hacerme miseria ante vosotros y que sintáis asco. Que sepáis que os puede ocurrir, que vuestros sueños sean gobernados por el miedo a la decadencia del cuerpo y de un alma corrupta como la mía. Soy un ejemplo de miseria y quiero que sigáis mi camino.

Si yo me jodo, que se joda la humanidad.

Es justificable sentirme infectado, es lógico que os infecte también. El respeto y el amor por mis semejantes (que no lo son) es una tira de papel de periódico que me salva cuando no hay del suave para limpiarme el culo.

Los muertos no hablan y yo he de demostrar mi odio antes de morir.

Iconoclasta, la bestia.

Iconoclasta

Safe Creative #1202221132716

compártelo Tags: misantropia Categorías: Reflexiones

Teofilia

http://ultrajant.blogspot.com/2012/02/teofilia.html

Un texto de Aragggón, con su voz, con su belleza, seducción y provacación posando. Un montaje íntegro de mi reina.

compártelo Tags: dios Categorías: Reflexiones