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Terra
La Coctelera

Iconoclasta, la provocación en estado puro.

Relatos, ensayos, iras, sexo... Y a lo mejor, algo de risa.

Categoría: Reflexiones

Suturando horrores

Puntadas lentas y profundas suturan su vagina entre riadas de fluido lechoso.

Está desesperada y su coño es una fuente que la deshidrata. Ante el espejo de la habitación, sentada a los pies de la cama con las piernas abiertas, atraviesa los labios mayores con la aguja curvada, hace correr el hilo cerrando su coño con el esfuerzo de un dolor mortificante. Una baba sexual y densa se derrama de su vagina; la aguja resbala entre los dedos y una gota de orina que se escapa por una puntada especialmente dolorosa se esparce por el plástico transparente que protege la sábana de raso negro.

La sangre que sale perezosa entre las puntadas enturbia la claridad de sus dedos y de la carne que cose.

Una boca sellada a cualquier polla que quiera entrar sin su permiso, sin su venia.

Ojalá fuera tan sencillo, un deseo tan claro…

Entre dos puntos asoma el clítoris duro e irreverente, por muy fuerte que sea el dolor, se eriza, se desespera, se rebela ante el encierro. Entre todo ese dolor, una caricia suave en ese duro botón provoca que un jadeo profundo y oscuro se escape de su boca.

Siente la tentación de tocarlo más tiempo, de oprimirlo. Abre más las piernas y la sutura en su vagina se tensa. Un trallazo de dolor le provoca un escalofrío en los muslos y algo de excremento asoma por sus nalgas; una marea oscura deslizándose por el protector plástico.

Sexo, sangre, orina y mierda. Y el dolor lo enmarca todo: deseo y paranoia.

Un horror que la realidad esconde…

Un fotógrafo enfermo oprime el obturador y las lágrimas del deseo oscuro crean ríos negros en el rostro de la degenerada.

El fotógrafo desaparece de su mente enfebrecida y ante el espejo se muestra una mujer con algo sangrante entre las piernas sellado por negros hilos. Inflamado y tumefacto. Unos pechos llenos que se rebelan contra el sujetador, rebosando las areolas por las copas, parecen recibir los ecos del corazón. Suben y bajan con desasosiego con el suave roce de su dedo en un clítoris palpitante que deja hambriento.

Se reconoce puta y cierra su coño al mundo, a ella misma.

Se encierra en el dolor.

Se derrama yodo en el coño herido y el frío líquido da sosiego a su corazón acelerado.

Se traga un analgésico ayudada por un sorbo de café frío y se deja caer de espalda en la cama aspirando un cigarrillo, sin hacer caso al excremento frío que ahora toca su coxis.

—Soy una cerda… —y ríe olvidando el tormento de su mutilación.

La humillación es otro dolor, está bien.

Despierta de un sueño que no es más que el desmayo de una mente perturbada y las piernas no se atreven a cerrarse, su vagina está dura, encostrada y siente que late con furia. Alza la cabeza para mirarse en el espejo. Su coño está dilatado, los labios son carne enrollada y prieta. No conocía la magnitud de su sexo.

Sus nalgas están sucias de mierda.

Grita cuando se incorpora para dirigirse a la ducha, la sutura está dura y siente ganas de orinar.

Con la ducha en la mano, dirige el chorro a la vagina. El agua tibia le da paz y deja escapar la orina que se filtra por sus heridas y la obliga a doblarse de dolor.

No seca la vagina, no puede ni rozarla. Con cuidado, se coloca una compresa.

Camina con cuidado y se acuerda de cuando parió hace diez años. La habitación apesta y recoge con cuidado y asco el plástico protector.

Se prepara un sándwich de queso que vomita al instante. Se deja caer en el sofá con las piernas abiertas. La compresa está sucia de sangre y se transparenta en la braga blanca calada. Es un reflejo deforme ante el televisor apagado.

Hace cuatro horas que cosió su sexo y le duele como si solo hubieran pasado cinco segundos. No puede sacar de su mente su imagen reflejada en el espejo, el hilo corriendo y tirando de esa carne suave que tanto placer le proporciona. Su clítoris vuelve a rebelarse a pesar de todo ese daño auto-infligido.

No lo toca, en lugar de ello, toma hielo del congelador y lo mete entre la compresa y su carne.

Su hijo la observa con una sonrisa desde el marco de una foto en la mesita. Sonríe con una cacatúa en el hombro, hace cinco años de aquella foto en la reserva de aves; su padre estaba tras la cámara. Ella se sentía feliz y no tenía el coño hecho mierda.

Llora ante su hijo muerto y rememora el accidente. Un automóvil invade el carril y consigue evitar el choque completo frontal. El impacto lo recibe el lado derecho, donde su hijo va sentado y todos los vidrios del mundo les van al rostro, lacerando la piel lentamente. La puerta se dobla y se convierte en una cuchilla que se clava en el lado derecho de su hijo, rompiendo costillas y cortando pulmones.

Entre la sangre que lloran sus ojos, observa a su hijo intentar coger aire. Solo se le escapa sangre por la boca. Los coches unidos por el impacto, por fin se detienen y queda frente al conductor muerto que asoma su cabeza deshecha y vaciándose de sesos por el parabrisas roto. No le importa, intenta tomar a su hijo en brazos, pero el metal casi lo ha partido en dos y lo aprisiona. Ella desespera y no se da cuenta cuando un médico le inyecta algo y la desconecta.

Era un día hermoso, claro y con un cielo saturado y salpicado de enormes nubes de algodón. Cristian tenía siete años y miraba arriba soñando con algún día poder saltar en esas nubes. Clara se reía ante la ocurrencia, sonreía cuando vio demasiado cerca la cara del conductor que los iba a destrozar.

Despertó en el hospital con un intenso dolor entre las piernas, una parte del eje del volante, se había roto y se había incrustado en el monte de Venus desgarrando la vagina y parte del vientre. Gaspar, su marido se encontraba a su lado cuando despertó. Era médico en ese mismo hospital.

Aprendió que un dolor podía ocultar otro. Y su mente se abrió al placer enfermo a través de las manos de su marido actuando en su espantosa herida.

Las curas dolorosas: gasas empujadas al interior de la carne, coño adentro para limpiar y prevenir la infección. Los tirones de la sutura en su parte más sensible. La monstruosidad de un coño reventado… Su hijo casi en partido en dos a su lado competía por ser un dolor más agudo que el que había entre sus piernas y su vientre.

Los dolores se pelean por ser importantes.

Y la mente aprende a sacar provecho de ello. Aún a costa de la cordura.

La depresión es un caldo de cultivo para las paranoias. Y ahora su coño late de ansia esperando a su médico, a Gaspar.

—¡Clara! ¿Lo has hecho otra vez?

La despierta zarandeándola, tras abrir su bata y descubrir las bragas manchadas de sangre.

Se abraza a él aún sentada y besa sus genitales a través del pantalón.

—Me duele mucho, Gaspar. Me duele hasta el mismo corazón.

Hace meses que el tiempo ha dado un protagonismo demente al dolor de su coño. Es necesario hacerse daño para combatir el horror de Cristian muerto.

Hace meses que Gaspar no puede evitar sentirse arrastrado por su mujer a la misma depravación del dolor. A él también le duele.

Se arrodilla ante ella, y ante la mirada de Cristian.

De su maletín de primeros auxilios saca las tijeras y corta la braguita de Clara.

—Abre más las piernas —le exige con rudeza.

—No puedo, me duele mucho.

Gaspar separa con las manos las rodillas con fuerza y decisión, ella gime. Siente una erección húmeda crecer entre su ropa cuando ve el humor sanguíneo que mana de la sutura prieta.

Se saca el pene por la cremallera del pantalón ante la incomodidad y la visión del clítoris brillando entre todo ese daño.

Ella ha desabotonado completamente su bata y le ofrece los pechos endurecidos, Gaspar coloca una pinza quirúrgica en cada pezón y las aprieta hasta que Clara gime, hasta que los dientes de metal, están a punto de romper la tenue y sensible piel.

Por la vagina se desliza una baba rojiza que Gaspar lame suavemente a pesar de que ella intenta aplastarle la boca contra su sexo, agarrando su nuca con las manos.

La tijera entra veloz en el primer punto, el más cercano al ano y corta de golpe. La mujer eleva las piernas por el dolor intentando apartarse de su marido, él no lo permite y corta otro punto más.

—No te muevas… —le dice al tiempo que pellizca su vagina en la zona superior, sobre el clítoris.

Clara hace rechinar los dientes de dolor y placer. Permanece quieta y expectante con el corazón bombeando pura adrenalina.

Él frota ahora sus labios cosidos con el pene, presionando con fuerza, sintiendo las contracciones de dolor de su mujer. Ella tira de las pinzas consiguiendo desgarrar la piel de los pezones.

Gaspar corta rápidamente los once puntos de sutura que aún restan y Clara se muerde los labios por no gritar. Siente el placer de la liberación de su coño y el dolor que la lleva al placer más insano.

—Métemela ya. Jódeme, cabrón.

—Tendrás que hacer algo por mí —dice Gaspar incorporándose y abandonando el coño húmedo de sangre y baba sexual.

Se arrodilla en sillón, a su lado, y le hace coger su pene.

—Descubre el glande, Clara.

La mujer cierra el puño y tira del prepucio. Exhala un suspiro de placer al observar el meato cosido con dos puntos de sutura, los cabos están sueltos.

—Tira de ellos con los dientes.

Con los dientes estira los hilos y la sangre mana cubriendo el glande. Gaspar empalidece ante el dolor y sus testículos se contraen. Se ha mordido el labio hasta hacerlo sangrar.

Clara le da consuelo metiéndose profundamente el bálano, hasta la úvula y provocándose una arcada.

Ante la mirada de Cristian, hacen un coito ensangrentado con un dolor que le haría girar la cara a dios si existiera.

El dolor es el remedio a su horror.

Un día aparecerán desangrados unidos por sus sexos mutilados.

Suturando horrores, combatiendo el dolor con más dolor. Como si fuera posible…

Cristian continuará sonriendo con su cacatúa al hombro.

Todos muertos, ya no hay dolor.

Iconoclasta

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Iconoclasta, la bestia

He decidido no existir, he decidido que toda vuestra mierda no me atañe. Conjuro el cáncer de pulmón y de garganta para hacerme miseria ante vosotros y que sintáis asco. Que sepáis que os puede ocurrir, que vuestros sueños sean gobernados por el miedo a la decadencia del cuerpo y de un alma corrupta como la mía. Soy un ejemplo de miseria y quiero que sigáis mi camino.

Si yo me jodo, que se joda la humanidad.

Es justificable sentirme infectado, es lógico que os infecte también. El respeto y el amor por mis semejantes (que no lo son) es una tira de papel de periódico que me salva cuando no hay del suave para limpiarme el culo.

Los muertos no hablan y yo he de demostrar mi odio antes de morir.

Iconoclasta, la bestia.

Iconoclasta

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Teofilia

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Un texto de Aragggón, con su voz, con su belleza, seducción y provacación posando. Un montaje íntegro de mi reina.

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Los colibríes no tienen alas

Si fuera tan fácil no infectarse del pensamiento ajeno…

Ojalá fuera sordo para no oír los sonidos de los labios secos de la chusma que pretende saber, que cree ser inteligente. Que todo lo sabe de mierda.

Hay que esforzarse mucho para luchar contra la razón. Y aún así la razón a veces me salva y la uso contra la amorfa y estéril realidad.

Hay un colibrí quieto en el aire, flotando ingrávido; aparece en mi ventana ostentando su gracia. Con rápidos movimientos de su cuerpo sin alas aparece y desaparece asegurándome que no es una ilusión. Se mueve por la magia, porque tiene el poder de flotar. No tiene un retrocohete en su espalda, no hay sonido de reacción, ni olor de queroseno quemado. No tiene casco ni gafas de piloto. Solo pía.

Dicen esos, los ajenos a mí, que tiene alas.

No me lo creo.

El pensamiento de los otros alega una velocidad tan alta en su batir de alas, que las hace invisibles. Tienen alas, repiten.

No les creo, no les hago caso.

Hay que ser más listo y explicar lo invisible. Joder la gracia.

Y la gracia no está en el vientre de una virgen infectada por un semen divino. Los dioses no nacen de un vientre humano, por una vagina impoluta de himen cerrado.

La gracia está en que los colibríes no tienen alas.

Yo solo veo que flota.

Lo racional me da la razón: lo que no veo no existe. Y sus alas no existen.

No vuela: flota frente a mí y mi gata lo observa fijamente. Mi gata no se cuestiona la razón, solo observa y se maravilla con sus pupilas amarillas fijas en esa posible presa que flota. Como yo.

Puedo ser tan racional como todos esos capullos encargados de elevar la gracia de una penetración divina y joder mi sueño de un colibrí flotando. No me sale de los cojones hacerlo.

Algún imbécil de ponzoñosa envidia perdió el tiempo buscando sus alas. Tal vez, mató a varios colibríes para dar explicación lo que él no podía hacer. A lo que él no podía flotar.

Y extendió frente al público las pequeñas alas muertas del colibrí que no volaba.

Sé que no hay mucha magia; pero no tengo prisa alguna en descubrirlo.

El hombre que está muriendo no quiere más información del cuando, no le apetece, no le estimula saber que muere. Ni cuando.

Un colibrí que se mantiene en el aire es un espejismo hermoso, es una verdad absoluta. Nadie tiene que matarlo, nadie tiene que estrangularlo para exhibir sus alas a la razón, a la verdad. A una verdad infame de irisados colores de mediocridad.

El amor es como el vuelo de un colibrí: si se racionaliza se mata.

Lo real es la podredumbre de los envidiosos que buscan la razón y la verdad por encima de todo. Por su frustración. Sus cerebros con alas y su amor de tarjeta de crédito es lo que tienen, es lo que son.

No hay alas de colibrí, solo mi fantasía poderosa y racional.

Si no veo sus alas, es que no existen. Que se metan este supositorio de racionalidad.

 

Iconoclasta

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Soy onomatopeya

Soy solo una onomatopeya, en un mundo ruidoso. Algo que pasa desapercibido.

La onomatopeya del perro aplastado por un coche, la caída de un vaso. Un chasquido de rama seca. Un trago mal dado.

Una tos. Una enfermedad. Algo convulso e involuntario en un mundo que me asorda y roba mi voz y sonido.

Soy uno con la basura auditiva. Un ruido más que no destaca ni trasciende más allá de unos centímetros al filo de una oreja sorda.

Soy el ¡oh! de lo que falta, de lo que no tengo.

Soy el ¡ooooh! de un público decepcionado.

Soy un ¡ja! de lo ridículo, una burla a veces sutil. Otras burda: ¡jo!

Soy el ¡bang! de un tiro en la cabeza.

He sido el ¡chaf-chaf! de un pene penetrando una húmeda vagina; o no lo fui, tal vez fue un sueño. Tal vez no era un húmedo sexo, solo estaba acatarrado.

Y me confundí. Me engañé.

Soy el ¡crak! de mi alma rota. Soy el ¡fru-fru! de las heladas y estériles sábanas.

El ¡ras! de una tela rasgada, de los ojos deslumbrados ante un engaño. Soy el ¡plof! de mi ánimo aplastado, el ¡uf! de un cansancio.

El eco de unos rencores viejos como el mar.

Soy el atroz silencio de una noche estrellada de guiños fríos y lejanos, de imposibles distancias de entender. No llegaré a las mortíferas estrellas. Ni mi alma llegaría.

El coro de mil voces que ríe mi fracaso, mi ridículo: ¡je, je, je!

El  zumbido de un video porno que no veo. El ¡aaah-aaah! sucio de esos cerdos que se tocan mirándolo. Que follan en el sucio lavabo.

Soy la onomatopeya muda de una corrida ajena.

El ¡zas! de la bofetada que te despierta a la realidad de un nuevo error.

El ¡fuuu! del aire que sale de la boca por un puñetazo en la barriga.

Unos labios sangrando, sin sonido. Son demasiado blandos y se deforman en una mueca de pena.

Soy la tranquila y aburrida palabra: ¡joder! que concluye lo que se negaba a admitir: no existe el viaje a la felicidad por mucho que lo recorra.

Soy el que escupe en toda esa mierda, con un sonoro ¡tchu!

Una ¡mierda! deprimente.

El ¡chan-chan! de una sorpresa final que nunca lo fue.

Soy el ruido de la orina en el inodoro, lo real, lo que no engaña, lo que debe ser.

Iconoclasta

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Repulsivo

¿Quién puede temer a estar solo? No puedo entender a los humanos y su miedo a la soledad.

No solo me gusta la soledad, busco el aislamiento perfecto y total. El absoluto vacío de todo rastro de humanidad a mi alrededor.

Es una necesidad para no ser tan patético, para sentirme digno. Tengo mi amor propio a pesar de todo.

Ella estaba triste como jamás la había visto. Las cosas no ocurren por casualidad, soy yo el que provoca esa desesperación en el ánimo. Lo sé, me conozco.

Es mejor estar solo que hacer daño a quien amas. Hay que ser valiente con uno mismo y confesarse mierda si se da el caso.

Conmigo se ha dado el caso por mucho que me pese.

No creo en el ser humano, lo conozco tan bien que me aburre incluso como mascota. La insensibilidad se ha ido apoderando de mí a lo largo de los años con cada dolor, con cada desilusión. Con la comprensión absoluta del medio en el que me desarrollaba.

Estoy desencantado y desencanto todo lo que me rodea. Tienen razón; aún así me da apuro reconocerlo en voz alta. Tengo mi orgullo.

No es agradable ser un fracasado confeso.

Es por eso que conociéndome, sé que no hay arreglo posible.

La mujer que amo es la tristeza y la decepción en estado puro. Es lo menos que puedo hacer por ella: pudrirme en un tanque de aislamiento.

Castigo, castigo, castigo…

Ni siquiera extraño el sexo, me sondo el pene con un lápiz de madera que introduzco por el meato con facilidad gracias a la vaselina. Hay que tener en cuenta que una cosa es que se deslice con relativa facilidad, y otra es el insoportable dolor que me lleva a un estado de aislamiento superior y que por mucho lubricante que le ponga, siempre duele y requiere muchos cojones seguir con ello. Ser repulsivo no tiene porque hacer cobarde a nadie.

Es horroroso; pero provoca lo más parecido a una erección. Y eso me hace parecer más cínico, a salvo de esta tristeza profunda. Y es que nada humano me excita.

Cuando tienes la polla dura, nada te afecta. Soy un macho.

Con un alma de madera y grafito en la polla.

Cuando extraigo el lápiz en mi absoluta soledad, con la dificultad añadida de que me resbalan los dedos; en un alarde de degeneración absoluta eyaculo.

Nadie puede ver como me retuerzo de un extraño dolor-placer. No hay vergüenza alguna. Mis alaridos y gemidos son mis únicos compañeros.

Soy mi propia banda sonora en una película sórdida y sin público.

Solo yo me soporto.

Y en el aislamiento estoy a salvo del ridículo. Cuando se está acompañado, se está sometido al juicio y al asco. Cuanto más me conocen, más repulsión provoco, más pesar provoco. Lo noto día a día.

Y no me gusta, por decir poco.

Por decir lo mínimo.

Soy capaz de hacer sentir a alguien desgraciado y deprimido en un tiempo récord. Soy hábil de una manera inconsciente para hacer mierda todo lo que está cerca de mí.

Ella lloraba casi cada día, rápidas surgían sus lágrimas y tras el primer momento de ira, llegaba la profunda decepción. Prefiero el insulto a esa frustración que la dobla y vacía de sonrisas.

No puedo evitar emocionarme en un alarde de inexistente filantropía, pensando que me gustaría hacer feliz a alguien y que esa felicidad durara al menos un par de meses.

Es imposible y ya soy viejo. Me siento asqueado de intentarlo. Es la hora del dolor, de castigarme a mí mismo.

Es mi naturaleza. Los hay simpáticos, antipáticos, atractivos y repulsivos. Yo soy lo último, tengo un diploma que lo acredita en el oscuro comedor de mi apartamento.

Mi técnica para enclaustrarme en mí mismo es demasiado invasiva, causa muchos daños. El fin justifica los medios, aunque mi polla no esté de acuerdo.

Puedo pasar hasta dos días sin mear porque me sangra por dentro y se me inundan los testículos de sangre y otras cosas.

Nadie tiene nada bueno que decirme. No quiero saber nada ni de quien me quiera ayudar. Es más, debería estar muerto con estas infecciones, hay zonas negras en mi pene que huelen muy mal.

Tengo razón: soy mala hierba y la mala hierba nunca muere.

Estoy lejos de ella, muy lejos de su mundo; pero noto aún la tristeza con que la he contaminado. Su pensamiento a veces me llega como una intuición y siento su repulsión y el tiempo que ha perdido conmigo como otra desgracia más en su vida. Estas cosas las experimento y no quiero… Me duelen.

Necesito el lápiz…

Soy consecuente, acepto con valentía la solución que he encontrado y la demencia que provoca; pero desearía morir en algunos momentos en que la fiebre de la infección y el dolor se apoderan de mí y me roban la frialdad para convertirme en un perro herido y temeroso. Lamento ser cobarde en algunos momentos porque se suma al asco que provoco.

Sé que no hay arreglo: cualquiera que me conozca sabrá en poco tiempo de mi deprimente carácter. Hace siete meses llegó el momento de hacer las cosas bien y de no volver a caer en la tentación de enamorar ni enamorarme.

Es el momento de un dolor más soportable.

Un dolor tapa otro dolor; se solapan como los naipes de los jugadores en sus manos, ocultando valores por temor a que otros jugadores miren.

He perdido mi partida, ya no tengo con que apostar; solo me queda la dignidad y la quiero íntegra.

He de romper de alguna forma la tristeza que contagio y retribuir así con mi dolor y aislamiento las penurias que he provocado en la vida que amo, la de ella. Cuando mi aislamiento sea total ya no sentirá más tristeza. No se sentirá desgraciada.

No lo hago solo por ella, yo también me doy repulsión y me deprimo al verme la cara cada día.

Mi sola existencia es causa de malestar en otros, yo ya estoy acostumbrado a mirarme en el espejo cada mañana.

El pus que a veces escupe mi pene son restos de humanidad. Esas bacterias son lo único vivo que me acompaña desde hace meses.

Añado pus en el tintero para que huela a podrido el papel. También hay algo de sangre. Me gusta escribir y saber que nadie me leerá en los próximos cientos de años.

Todo es muerte y la muerte es el aislamiento total.

Eso espero, porque los muertos solo existen como restos de huesos. No existen ciudades llenas de almas, lo sé porque de lo contrario, me estarían molestando ahora mismo. Todos muertos…

En cuerpo o alma, los humanos son igual de hediondos.

Tras sondarme, durante dos semanas me es imposible introducirme el lápiz de nuevo. Es un tiempo razonable para que se cure la polla y los antibióticos hagan efecto. Mientras se cura, si se le puede llamar curación a orinar sin sangre un par de días, me duele y sentarme a escribir es lo mismo que aplastar mi pene en un acerico lleno de agujas sin cabeza.

Mi soledad sana a quien está lejos de mí, de la misma forma que el dolor anula mi carácter repulsivo. Cuando el pene parece partirse en dos, no soy consciente de que doy asco.

Podría ser que la felicidad, la alegría fuera mucho más pura en soledad. No lo puedo saber, no sufro de algo así.

Nací sin razones para ser feliz. No sé porque, pero es así.

No me he de preocupar por  estas cosas.

Ella llora aún de vez en cuando, la conozco. Se encuentra bajo los efectos de mi repulsión, lo presiento porque aún quedan restos de nuestra complicidad, de nuestro amor. Y me duele tanto  su llanto que necesito extirpar mi vergüenza para no darme demasiado asco.

No sé cuando ni donde se torció el amor para luego quebrarse como una rama seca, con un chasquido apenas imperceptible que iluminó con un brillo metálico de  total entendimiento sus oscuros y hermosos ojos.

No tengo buena memoria, solo sé que un día me miraba con asco, que sus ojos estaban tristes. No comprendía como podía haberse enamorado de mí. Yo me sentí desnudo ante su mirada certificando la repulsión absoluta.

No tengo cerebro para otra cosa más que para desencantar, para frustrar.

Ya no puedo perder más tiempo pensando, buscando razones. Soy así y cualquier otra reflexión, prolonga la tristeza de ella y mi vergüenza.

Aunque estoy seguro de que ahora poco influyo en ella, ha pasado el tiempo y hay espacio entre nosotros: la nada.

Aún así temo ser causa de sus recuerdos más repugnantes, no hay dignidad en ello.

Desenrollo la venda embadurnada con la pomada antibiótica que cura mi maltratado pene. Y el hedor de lo podrido sube hacia mi nariz de forma rápida y ofensiva saturándola; en apenas unos minutos ya no soy consciente de la podredumbre que descubro con cada vuelta que desenrollo.

El meato tiene un color púrpura de edema y el glande está pálido, apenas le llega sangre. A lo largo del lacio bálano aparecen manchas oscuras por donde supura una serosidad rojiza y espesa.

Me cuesta caminar hacia la mesa para tomar el lápiz, porque el pene se balancea y me duele con cada movimiento. Es un pene pequeño, mediocre. No tengo complejo con ello, es simplemente la puta verdad.

Nunca supe darle placer, y ella a pesar de todo, insistió en amarme.

Y yo le pagaba con tristeza…

Qué cabrón soy.

Siento el puto remordimiento de conciencia en forma de un dolor pulsante en las sienes que me curva la boca hacia abajo. Tengo la impresión de que la piel de mi rostro cuelga como una gelatina.

Se ha roto la punta, he de afilar el lápiz para que entre más dulcemente.

No sé si es la madera del lápiz lo que huele mal o una corriente de aire ha removido la atmósfera del apartamento y sube el hedor de mis genitales marchitos como una vaharada que me pilla por sorpresa.

Lanzo un vómito que es pura bilis, aún no he comido. No sé cuanto hace que no como…

Tras ponerme unos guantes de látex, unto todo el lápiz con vaselina. Y la vergüenza me provoca premura, con lo que se me cae dos veces al suelo sucio como mi pensamiento. Quedan pelos y pelusa pegados que no consigo limpiar.

Enciendo las luces del salón.

Tomo asiento en el sillón de relax, quedando medio incorporado, con los pies en alto. Tengo una buena visión de mi polla.

Por enésima vez cumplo el ritual y hundo la afilada punta del lápiz que entra indoloramente en el meato. Es muy difícil este primer paso, porque está tan relajado el pene, que se encoge entre los dedos y debo pinzar con fuerza el glande. Y con una sola mano no es fácil.

Antes este primer paso me dolía, ahora no. Y es algo que lamento, porque el tiempo que no me duele la polla, es tiempo que duele mi repulsión natural en mi conciencia. Tengo prisa por dejar de pensar que soy un cerdo.

No puedo evitar que los dedos de los pies se me doblen y se crispen, creo que a ellos les duele más que a mí.

Cuando comienzo a hundir la parte más gruesa del lápiz, mana una baba amarillenta; es entonces cuando el dolor adquiere la fuerza y la rapidez de un trallazo y tengo que esforzarme en que mis manos sigan con el proceso, ellas no quieren hacer todo eso; pero yo mando.

Lo que no puedo evitar es el temblor de las manos, de los pies, de los ojos y de la cabeza.

No es solo por el dolor, se trata de que en un alarde valentía, estoy yendo contra mi propia vida, y el cuerpo se resiste a estos actos de heroísmo gratuito.

Pero mi mente es voluntariosa, es fuerte y no cede ante el lamento del organismo.

Con el lápiz a mitad de recorrido, el pene ya ha perdido su flaccidez manteniéndose erecto de una forma extraña, en ángulo de aproximadamente cuarenta y cinco grados. Me enciendo un cigarrillo mientras me miro la polla. Observo la brutalidad de mi acto, me maravillo ante mi capacidad para sufrir y pienso en lo doloroso que sería que me masturbara, cerrando los puños ante tal idea. Dejo que la escasa sangre se derrame perezosa por el pequeño trozo de carne que es esta polla.

Ceden los temblores y hago acopio de más concentración. Dejo de hundir el lápiz cuando siento el dolor que provoca la afilada punta de grafito en algún lugar de los testículos. Hay un tejido que da la voz de alarma para que no siga y no perfore así algo que no debiera. Y ahí, quieto y respirando con dificultad, dejo que el dolor se extienda como una corriente de alto voltaje por los nervios del vientre y las piernas. Lo siento hasta en las uñas de los pies.

Como por arte de magia desaparece toda presión en mi cabeza, ya no me siento sucio ni repulsivo, todo lo que me rodea es dolor y me duermo cansado.

No es dormir, es desfallecer.

No sé cuanto tiempo ha pasado desde que me he metido el lápiz en la polla. Solo sé que me he despertado con un dolor atronador. El dolor puro es como un grito infame en los oídos que oculta todo sonido de vida.

Unos auriculares con agujas que se clavan en los tímpanos y te hacen sangrar las muelas.

Tengo un latido constante en todo el glande, se ha creado una presión enorme: es el pus que intenta salir; pero la madera no le deja.

Y ahora viene la segunda parte del dolor, la que me lanza directamente al espacio, la que me arranca el alma y hace jirones mi propia conciencia. Lo que me depura de asco de mí mismo durante unas horas.

La vaselina no solo es importante para introducirlo, es necesaria para que la sangre y tejido no queden pegados a la madera. Estoy seguro de que no podría mantenerme entero y consciente para extraer el lápiz si tuviera que tirar tanto como para despegar la sangre que se adhiriera en caso de no usar vaselina.

A pesar de que está bien lubricado, siempre noto que el tejido sigue pegado al lápiz y el primer tirón provoca tal dolor que el esfínter se abre y me cago. Debería hacerme un enema antes de meterme el lápiz; pero aparte de repulsivo soy impaciente.

Aprieto los dientes y me muerdo la lengua con cada milímetro de madera y grafito que consigo extraer. La sensación con cada tirón, es que me arranco el glande y una piel interior se desprende. Algo que me abrasa. Como si deslizaran un hierro al rojo vivo en ese lugar que no he conseguido mirar nunca más que en las láminas de anatomía.

Cuando consigo sacarlo entero, me doy cuenta de que he gritado porque mi garganta está hinchada y me cuesta respirar.

Siento el placer de la liberación de la mente luchando contra el dolor del nabo. Olvido lo repulsivo que soy. Ha sido un orgasmo-tormento seco, no ha habido eyaculación como otras veces; mis huevos ya no fabrican leche, están demasiado dañados.

Fumo recuperando el aliento e ignorando los excrementos que hay pegados en mis nalgas.

Y así, mirando fijamente al objetivo, acciono el control remoto del disparador de la cámara. Una luz roja parpadea rápidamente durante cinco segundos antes de que el fogonazo del flash me contraiga las pupilas.

No sonrío a la cámara, todo lo contrario, me esfuerzo por mostrar todo el dolor y el cansancio que he acumulado.

Con la cámara en la mano me dirijo al cuarto de baño. No tengo analgésicos, solo antibióticos. Sería estúpido tomar un calmante si lo que quiero es que el dolor dure toda la puta vida. ¿No?

Me ducho para quitarme mierda, sangre y otros miasmas. Me subo a la báscula y anoto el peso.

En el ordenador descargo la fotografía y la titulo con fecha y quilos.

Selecciono las veintitrés que tengo y hago funcionar la visualización de diapositivas.

Empecé mi trabajo de aislamiento por dolor cuando acabamos nuestra relación hace siete meses. Entonces pesaba noventa y seis kilos. Ahora peso cincuenta y cuatro y tengo el rostro repleto de llagas y eccemas. Mis manos parecen artríticas y el pene ha menguado en longitud y se ha hecho más gordo por causa de la infección y el trauma. Está inflamado. Está ya podrido como mi conciencia.

No creo que pueda soportar sondarme otra vez y tener fuerzas para levantarme.

Yo solo con mi degeneración, me basto. No necesito a nadie más. No necesito hacer daño a nadie, ni causar repulsión.

No entiendo como alguien puede temer a la soledad.

Solo yo podía arreglar esto.

Mala hierba...

Lo cierto es que mirando bien las fotos, sí que la mala hierba muere.

Muere como todo ser vivo. Lo demás son romanticismos que me distraen del dolor.

Queda poco para el aislamiento perfecto y total. El camino del dolor hace larga la vida, muy larga.

Repulsivamente larga.

Tal vez deje de tomar antibióticos a ver si pasa más deprisa la vida, la repulsiva vida.

Soy repulsivo.

E impaciente.

 

Iconoclasta

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Mi hijo, mi amigo (Pablo López Bergós)

Te digo sin voz que cuando estuve a punto de morir, todo mi afán era evitarte la angustia de sufrir mi muerte como yo sufrí la de mi padre.

Respiraba despacio escupiendo la sangre que había en mis pulmones, respiraba poquito para que no reventaran. Y aguanté dolor y miedo por más de veinticuatro horas.

Es lo que un padre debe hacer: mantenerse vivo para su amigo, para su hijo.

Eras el motivo por el cual valía la pena ese esfuerzo.

En la maldita silla de despacho con ruedas me movía con la pierna rota porque el dolor era insoportable, la sangre en los pulmones arde como nada que haya conocido.

Una tos y una sangre en el pañuelo…

Medía la sangre que escupía para controlar mi mejoría. Necesitaba que vieras que dejaba de escupir sangre de una puta vez.

Porque desde que jugábamos peleando en la cama, sé de tu cariño. Nunca te he preguntado si me quieres, porque lo sé de la misma forma que sé que voy a morir.

Amarte me hizo Supermán.

Imaginar mi muerte y el dolor que comportaría no era aceptable. Una mierda. No en aquel momento, eras muy pequeño, amigo mío.

Y lamento aquel largo año del dos mil cinco en el que con doce años te hiciste responsable de mí. Me ayudaste en la invalidez y con tu prematura madurez, me diste ánimo y combatiste mi miedo y mi inutilidad.

Siento mucho haberte fallado todo aquel año, amigo-hijo.

Hijo mío…

Por ti caminé de nuevo. Un padre ha de pasear al lado de su hijo, han de salir a desayunar y comprar juntos. No siempre, pero de vez en cuando.

Es una constante universal como la idiotez en el ser humano.

Como los idiotas sin cerebro que van a ver a los travestis al campo del Barça.

Pronto hará un año que nos despedimos en un sórdido aeropuerto; pero toda mi voluntad y toda mi fuerza trabaja para encontrarnos en un abrazo, para repetir desayunos de silencioso placer (a veces cerrabas los ojos dejando que el paladar disfrutara), para un paseo tranquilo charlando de intrascendentes cosas.

Intrascendentes cosas que se convierten en valiosos datos que uso para concluir lo que tu inmensa personalidad es capaz de observar y analizar.

Recuerdo tu valentía y hombría para realizar tus deseos como algo de lo que yo carecí.

Yo no te di esa valentía, no la he tenido nunca; es solo tuya. No debes agradecer nada a genética alguna heredada. Eres tú solo, tú irrepetible.

Tú mi hijo y mi amigo.

¡Qué orgullo siento!

Y aquí es donde un hombre ama a otro hombre. Sin ningún tipo de concesiones.

Hablamos de hipocresías y “santos varones” cuando otros padres e hijos hablaban de fútbol, películas y músicas baratas. Criticábamos profesores y padres sin cerebro.

¿No está mal verdad, compañero?

No importa lo lejos, no importa el tiempo.

No importa lo que quedó por decir, por ver y hablar. Por vivir…

Queda tiempo, amigo.

Llevo cada instante de mi vida contigo profundamente escarificada en el alma.

Recuerdo tu nacimiento con miedo, esa lucha por tomar la primera bocanada de aire. Recuerdo la inmensa inocencia de tu mirada como un trallazo hiriente a mi cinismo.

Recuerdo lágrimas que provoqué en esa inocencia con altas voces. Recuerdo con vergüenza momentos en los que puse a prueba tu valentía infantil con gritos de impaciencia y cansancio adulto. Pequeñas lágrimas que apenas trascendieron; pero para mí fueron las primeras y más dolorosas. Y no pesan, son solo una pequeña venganza por un error de padre idiota. Uno de esos errores que hacen mi vida más vergonzosa. Pero hasta la vergüenza que llega de ti me da paz y sosiego.

No puedo olvidar que cuanto más crecías más eras mi amigo y menos mi hijo. Estábamos a cada hora más cerca de ser hombres ambos.

Sentía la cercanía de esa amistad, el desarrollo lento y seguro.

Te esperaba en cada momento, que un día me alcanzaras.

Te quería por encima de todo como hijo. Te necesito como la única amistad que jamás podré tener.

No importa amigo-hijo lo poco que nos podamos encontrar. Sé que eres hombre y mi compañero.

Mi único y posible amigo.

Un día nos encontraremos de nuevo y no necesitaré decirte cuanto te eché de menos. Solo me sentiré mierda en silencio por no haber sido testigo de tu vida. No me necesitas amigo-hijo.

Soy yo el necesitado de ti.

Tú eres la prueba de que en algún momento hice algo bien.

Tus fotos demuestran que eres mejor que yo, tus logros ya han superado todo lo que jamás hice. Con eso me basta. Con eso me siento como un padre genial. Un amigo privilegiado.

Soy tu compañero y da la casualidad que también padre… A veces todo fluye como debe.

Te espero, te busco e imagino en todo lugar.

Y callo porque soy muy hombre, la fatiga del tiempo que pasa sin sentir tu voz, tus sonidos, tu música y la tranquila noche disfrutando de una película que nos gusta.

Echo de menos despertarte y decirte: Pablo… A dormir.

Y aunque somos amigos, muchas noches (todas) siento que a mi mejilla le falta el roce de la tuya.

Es mi única maldición como padre. Porque como amigo y compañero de vida, eres lo que siempre creí que debían ser dos hombres.

Te debo yo a ti el milagro de la madurez. De las conversaciones trascendentales.

A veces siento la necesidad de arrancarte unas palabras, pasear contigo.

Y perdona que te eche en cara estas añoranzas, amigo Pablo.

Pero si algunas veces he sido injusto o poco paciente, ahora lo soy con voluntad y firme decisión para sacudir tu alma con todo mi cariño. Porque es lo único que tengo.

Y es tan palpable que a veces este cariño avasallador detiene mi corazón como el golpe de un ariete imparable.

Así pues, mi amigo, recibe la admiración y el abrazo de tu amigo lejano.

Recibe el beso de tu padre en el mismísimo corazón.

Nos vemos mi amigo, no lo dudes un segundo.

Dile a Draco que lo echo de menos.

Iconoclasta

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Romper el silencio

Sorbo un café con el cigarro entre los dedos y Tchaikovsky suena dando ritmo al delicioso silencio.

La pluma se desliza en el papel derramando ideas, orquestando emociones como un virtuoso director.

Hay espectaculares momentos de hermosa intimidad. Para llegar a esto, lo imprescindible es amar y ser amado; solo así es posible escribir con serenidad.

Tal vez este estado es lo que llaman plenitud; sin embargo no me siento pleno. No es algo que se dé en mí esporádicamente: estar en el lugar y momento adecuados es mi privilegio habitual, mi día a día.

Es mi estado natural.

Lo terrorífico era antes, lo tortuoso era no sentirse a gusto con Tchaikovsky. Ni con mi buena estilográfica.

Es el momento de trazar unas letras de armonía esperando que llegue mi amada a desbaratar el silencio.

Solo podría aguantar unas pocas horas más sin ella. No soy resistente, no soy paciente más que para un corto tiempo pactado. Cuando su ausencia se prolonga más allá de mi paciencia, la música se distorsiona y me irrita. Los violines son un chirrido de alta frecuencia que arrasa mis oídos y evapora el silencio para agitar mi ánimo con los sonidos de banales vidas ajenas a mí, a nosotros. Sonidos de deprimente cotidianidad.

Y todo está mal y voy a morir pronto.

No importa la lógica, la razón queda fuera de mi alcance cuando la necesito, cuando la añoro. Todo el amor pesa, todas las ansias destrozan mi paz.

El paso del tiempo es una lija para el alma cuando amas y esperas.

Desesperas…

Pero no es el momento, ahora no.

Ahora me pregunto como ingeniármelas para hacer algo bello. Aún que la paz está conmigo y siento en mis labios el calor de los suyos.

Estas cosas se resuelven solas cuando se ama, la belleza está en cada rincón, en cada momento. Solo hay que prestar atención para encontrar la obra maestra de cada día; hermosa, efímera y profunda como un mar.

El sonido de la pluma rasgando en la cuartilla se eleva por encima de la música (qué bellos son los Cantos Canarios que obligan a mis ojos vencerse ante los violines). El sutil golpeteo al trazar tildes, comas y puntos. El crujido del papel…

Bendito universo…

Hay quien siente un placer especial por el pan caliente a la mañana, por el agua fría en la cara al mediodía. Yo solo quiero mi papel, mi crujiente y melódico papel lleno de amor y emociones. Necesito pasar las cuartillas que se acumulan a mi diestra. Su sonido es la banda sonora de mis días como ella es mi reposo.

Solo por ella escribo de amor y sosiego. El amor aglutina la música, la tinta, el papel y el silencio.

Pronto vendrá, ya queda poco.

Tic-tac…

¡Joder, ya debería estar aquí!

Tic-tac…

La vida es una mierda. Lleva casi media hora fuera de casa.

Tic-tac…

Las personas mueren desesperadas de soledad. Esas cosas ocurren.

Tic-tac…

Ya me está dando por culo esta puta música.

Tic-tac…

No te preocupes cielo. Es broma, aún disfruto del concierto de música y letras que cada día te dedico.

Tic-tac…

Pero no tardes, ven pronto.

Hay un hombre que pende de ti.

Tic-tac…

Sé que vendrás, nunca me abandonaste hace años. El médico miente por envidia.

Tic-tac…

La succinilcolina que me inyecta el enfermero en el brazo es como tú: rompe mi silencio con dulzura. Todo está bien.

Tic-tac…

Tengo sueño, mi amor. Es hora de dormir. Has tardado más de lo habitual.

Tic-tac…

Afloja las correas cuando llegues, cielo. Me hieren la piel y sangro.

Iconoclasta

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